Acaso por una muerte demasiado prematura (1990), el poderoso impacto que en su momento ejerció la obra de Luis Frangella en Buenos Aires, la ciudad en que nació y vivió hasta los treinta y cuatro años, corre riesgo de debilitarse porque él no está. De alguna manera porque fue él mismo quien periódicamente lo fogoneó con su propia presencia, aun cuando pasó los últimos catorce años de su vida en Nueva York. Aproximarse a su fuerza personal pareciera en cierto modo necesario para comprender la densidad de su obra. Sin embargo el vínculo con ella ha podido mantenerse más allá de él. Y en gran medida gracias a las sucesivas exposiciones que curó la crítica Elena Oliveras, alguien que mantuvo un vínculo constante con el artista desde que partió. Sus muestras han funcionado hasta el momento como una continuación de aquella presencia regular que garantizó Frangella y que poco a poco fue develando distintas facetas de su creatividad.
La primera de estas exposiciones tuvo lugar en el Centro Cultural Borges, a ocho años de la desaparición del artista, y la más reciente vuelve al mismo lugar con pinturas sobre tela y dibujos sobre papel de los años 70 y 80. El título leonardesco la pittura e’ cosa mentale de algún modo apunta a sustraer a Frangella del encuadre que suele circunscribirlo sólo a la explosión pictórica de los años 80, sin duda su etapa más vital, y lo instala en un espacio reflexivo- experimental que, según Olivera, permite hacerlo convivir con el conceptualismo y aun con el minimalismo.

Radicado en Nueva York desde 1976, Frangella pasó antes por el Centro de Altos Estudios Visuales del MIT. Los conocimientos que allí obtuvo le sirvieron, entre muchas cosas, para la serie de cuadros 3-D que integraron la muestra de 2003 en el Centro Cultural Recoleta y lucen tridimensionales si se los mira con anteojos estereoscópicos, lo que revela la concepción espacial del artista arquitecto.
Típico representante del último momento en que el arte asumió una real actitud crítica, irreverente frente a las diferencias entre alta y baja cultura y la sucesión de estilos, Frangella abrió indistintamente su obra a las estrategias conceptuales o surrealistas, tal como se advierte en esta muestra en la que conviven obras grandes y pequeñas de los años 70 y 80, dibujos sobre papel e imágenes a escala mural pintadas sobre tela.
Es en estas grandes obras donde el espectador puede advertir la dimensión reflexiva que se desliza en la pintura de este artista, capaz de desmenuzar y sacar a la luz cada uno de los componentes de la representación y dejarlos allí sin solución, exponiendo sólo el drama que caracteriza a la representación en este tiempo. En esa temprana etapa en la que Frangella se concentró en el funcionamiento de la percepción, también sintonizó con la experiencia del conceptualismo. Fue entonces cuando colaboró en Lecture on the Weather (1976) y Empty Words (1981), las experiencias multimedia de John Cage, Pero sin duda fue el East Village de los 80 lo que contribuyó a desatar la singular potencia de su producción más reconocida. Junto a Jean Michael Basquiat, David Wojnarowicz y Mike Bidlo, Frangella formó parte de la movida del barrio neoyorquino en esos años, algo que en sus periódicas vistas a Buenos Aires le otorgó un aura especial. Y si bien participó en las exposiciones colectivas en los principales espacios institucionales de de esa década en Argentina, como el CAYC, la Galería Julia Lublin y el Museo de Arte Moderno, su figura se hizo legendaria en el universo underground del Café Einstein, donde emergió la cultura alternativa que reflejó el fin de la dictadura militar y el retorno a la democracia.
Son memorables sus performances pictóricas en este reducto “under”. Frangella solía pintar en público, obras del tamaño de Cabeza de Pescado de 1988 (2,20 x 2,90) o Detalle de mano con Coca Cola de 1985, que están en esta muestra; otras como Rata de 1985, de ocho metros por tres, que estuvo en la exposición del Centro Cultural Recoleta, y otras tantas que se perdieron al cabo de esas veladas. La suya fue una figura admirada y respetada en la efervescente Argentina de ese momento. Su inteligencia, su actitud crítica y su libertad de pensamiento le permitieron congeniar con los jóvenes de la nueva generación que vieron en él a un modelo capaz de pensar la pintura desde un lugar distinto, llevarla a una escala impensada o incursionar en el diseño de bolsos, valijas y carteras. Cualquiera sea la perspectiva de su obra que se aborde, el pensamiento que la estructura siempre aparece como algo que ha sido puesto a prueba y emerge renovado.
ANA MARÍA BATTISTOZZI
