Mucho se ha hablado del vínculo estrecho entre la obra de Humberto Castro y la realidad cubana, del deseo imperativo del salto, del vórtice entre lo vivido y lo soñado; de lo aprehendido y lo recóndito. En ella vemos la confrontación de situaciones límites y recuentos donde el hombre aflora en solitario con sus monstruos, miedos, deseos y quimeras.
La galería ArtSpace/Virginia Miller (169 Madeira Avenue, Coral Gables, Miami) nos deleitó durante el mes de octubre con una muestra Fábulas contemporáneas, que abarcó la más reciente etapa de creación de la obra de Humberto Castro. Esta misma galería, en otoño de 2006, puso a consideración del público la primera exposición retrospectiva de Humberto Castro, un resumen de la carrera artística de este artista que vista en la distancia, actuaba como el compendio necesario antes de emprender una nueva etapa.

Los años de formación de Humberto Castro son cómplices de un movimiento de renovación sin precedentes en las artes visuales cubanas. La generación de los 80, denominación con la que fue conocido este movimiento dentro y fuera de Cuba, se rebeló contra las maniqueas nociones de identidad marcadas por una simbología ortodoxa que dominaban el discurso artístico insular.
En un primer período de exploraciones y aciertos, la obra de Castro va desde la serigrafía monocroma, que le hizo maestro de la depuración y la figura humana, hasta el estilo vibrante y flayé que le caracterizó en la segunda mitad de la década de los ochenta, en el que rasgos neoexpresionistas develaban la violencia del mundo contemporáneo.
A su llegada a París (1989), Castro explora la metáfora y la fuerza del mito. Aparece así la serie Signos del Zodíaco donde el hombre, al fin, se libera de la limitación impuesta por la frontera física para ingresar en el cosmos y renacer como hombre genérico. El artista hace una exploración de los signos, formas y metamorfosis de ese cuerpo, que definitivamente ya es un receptáculo, el continente desesperado de la tragedia humana.
Los Signos del Zodíaco dan paso, en 1993, a una etapa de rojos ocres donde la síntesis y elegancia, la economía de recursos y efectividad hablan de una propuesta madura y seductora. El espacio depurado acoge a la figura, una silueta esbelta, el trazo prefigurador de un mundo interno voluptuoso y trágico. Diríase pasajes de ensoñación dominados por el recuerdo, la nostalgia y el anhelo. Es una atmósfera impregnada del halo telúrico que refuerza el sentido alegórico de esta etapa.
En la segunda mitad de la década del 90, el artista comienza un tránsito hacia el recuento. El espacio empieza a cobrar protagonismo en la obra. La figura deja de ser introspectiva, para volverse incluso propositiva.
Su llegada a Miami en 1999 significa un regreso a la narrativa: el artista es confrontado con su pasado, la memoria o, incluso, el reencuentro. La Isla se vuelve un leitmotiv, también el mar. La necesidad de narración o recuento lleva al artista a montar secuencias, acciones paralelas. Nuevos símbolos secundan la obra de Castro en este período cuyo discurso versa ahora más que nunca sobre el hombre y su tierra, el hombre y su espacio originario, el hombre y su memoria.
Fábulas contemporáneas es un nuevo giro en la producción de Humberto Castro. Durante los dos últimos años su obra parece alejarse del mito, al menos en su sentido más tradicional. Ícaro y Tauro parecen ceder paso a seres no menos mitológicos pero sí más contemporáneos. La obsesión por la maquinaria y el elemento locomotor se impone. Avionetas, helicópteros, botes, tanques, se fusionan con lo humano generando un nuevo sujeto únicamente entendible desde el presente.
La idea del laberinto como incertidumbre sigue siendo una constante, lo mismo que el individuo abandonado a su suerte, a solas consigo mismo. El bosque encantado (óleo sobre lienzo, 2008) presenta un ser mitad árbol, mitad persona. Dispuesto en el centro y rodeado de otros seres similares a él, la obra pareciera discursar sobre la alteridad cultural. Inmóvil, al centro de la composición, está este ser atado a la tierra. Sólo su torso goza de lo humano. Puede ver y pensar, sus manos inútiles se afanan en el vacío. En su derredor, como en fatalidad shakesperiana, árboles con extremidades humanas se aproximan, lo interrogan, pero no lo entienden. Este símil es abordado una y otra vez en esta muestra.
Formando parte también de esta exposición, encontramos Babel (óleo sobre lienzo, 2008), cuya poética refuerza la problemática migratoria y la idea del viaje. La maleta aparece aquí como símbolo del bagaje cultural, de la memoria y la identidad conformadoras del individuo. Un lastre demasiado pesado para cargar, un peso demasiado querido para olvidar. Esa identidad que nos descubre como alteridad ante al tiempo nos incomunica, nos separa y nos sentencia.
Siguiendo esta idea del equipaje, el artista presentó paralelamente durante el mes de octubre la exposición New Cities, en la galería Allen Sheppard de Nueva York. En ella la maleta deviene arquetipo edificador, camino y muralla a la vez.
Emplazado desde la diáspora y el interminable viaje del humano, entre el pasado y el futuro, el yo y el otro, la memoria y el anhelo, ambas muestras funcionan como necesario complemento. El hecho de que se hagan en latitudes disímiles no hace sino enfatizar la idea de desmembramiento a la que ya nos vamos habituando cada vez más. Al final, La Habana, París, Miami, Nueva York, da igual. Cada latitud deviene lugar de tránsito, referencias de un periplo que no acaba jamás, al tiempo que nos va modelando. Nos queda, eso sí, como último refugio y sesgo certero de quiénes somos: el equipaje.
JANET BATET
