Exposición Individualdic 2008 - feb 2009· Por Dermis Pérez León

Hugo Marín

Museo Nacional de Bellas Artes (MNBA)

Reducirse al máximo no responde a una propuesta minimalista en la extensa carrera del artista chileno Hugo Marín (1929). Por el contrario, siendo que se refiere a su obra, es hasta una contradicción. Dadas las condiciones precarias de las instituciones en Chile, los artistas deben realizar exposiciones sin presupuesto, y Marín ha respondido con el traslado de su taller a la galería. Allí, en la sala Roberto Matta del MNBA, se ha instalado como en su casa para recibir amigos, atender al público y trabajar junto a su asistente.

Marín nos recibe desde la barra de desayunar o nos invita a sentarnos en un pequeño living que recuerda el de su casa-taller. Alrededor se despliegan sus sorprendentes cabezas, algunas sobre plintos de metal rígidos que recuerdan los de santos de candelero de utilería (aquellos que escondían bajo los espléndidos atavíos la estructura). Otras esculturas de cuerpo entero yacen sobre el piso, como el Chasqui (2007) en su pose animada de corredor, y el Chasqui en descanso (2007), sorprendido en el gesto de mirar al cielo con la expresión abierta de su boca de barro, dejando ver los dientes humanos de prótesis dental.

Exposición Individual: Hugo Marín — imagen 1
Hugo Marín. Chasqui (correo del inca), 2007. Fibra vegetal, conchas, barro y pigmentos.

Los títulos de las obras pudieran, equívocamente, crear una conexión antropológica con el pasado, de curiosos seres en algún cabinet de curiosidades. Por el contrario, las esculturas de Marín nos interpelan desde un tiempo evocador y atemporal sobre la condición humana en nuestro convulso presente. La contemporaneidad de su obra escultórica y el asombro que provocan trascienden la idea de lo moderno o lo clásico. Es, en el contexto chileno, una de las pocas producciones que verdaderamente interpretan de manera sofisticada y creativa uno de los problemas acuciantes del arte hoy: la tensión entre lo global y lo local, la identidad y el profundo conocimiento del ser humano.

Conservo la misma sensación de mi primera visita a su taller en la galería del MNBA, al observar sus esculturas. Entro y me siento rodeada de miradas, bocas, posturas y personajes que te interpelan con el “sonido” de su silencio; producen una viva impresión por la fuerza expresiva y la teatralidad de los gestos congelados: y es que la idea de la materia callada es completamente errónea en Marín. El color del barro crudo, material principal que utiliza para revestir y armar sus figuras, identifica la piel mestiza de la tierra andina. El corazón de las esculturas y cabezas es el aislante utilizado como protector en los embalajes. Mezcla de lo artificial y lo natural, tensiones entre lo masivo del volumen y su liviandad, adaptación y aprovechamiento de las condiciones precarias y del reciclaje. Las conchas, el mármol, la fibra vegetal, el yute, las plumas, y otros materiales deleznables son combinados para crear la belleza y el asombro. “Tecnologías” y maneras de hacer que evocan y nos reconectan con la memoria de un pasado que nos pertenece. Presencia de un intercambio material y cultural que continúa y del que nos apropiamos en el presente en procesos continuos de transculturación y antropofagia. Utilizar criterios como lo popular y la reminiscencia de lo precolombino es quedarnos en la superficie.

A través de la materialidad de la escultura se realiza la unidad del sentido con la forma táctil y de la mirada con el color. El trabajo del volumen permite sintetizar la pintura como elemento expresivo, junto a otros materiales que visualmente potencial el carácter del personaje retratado. Los griegos pintaban sus esculturas y sus templos; la arquitectura era la manifestación por excelencia de la unidad en la diversidad, como es para Hugo Marín la escultura.

¿Que sus obras nos sugieren la idea de sentirnos en un espacio donde lo sacro, lo ancestral y recóndito perdido en estas sociedades consumistas vuelvan para transmitirnos algún conocimiento? Puede ser. El arte sigue siendo una forma de revelar la verdad de la realidad más profunda, oculta por el “velo ilusorio, maya”, que cubre los objetos percibidos con nuestros sentidos distorsionados por la esquizofrenia de la polución de imágenes.

En su obra, el artificio redunda lo teatral, para rescatar el misterio perdido en el arte. Paralelamente, encontrarmos una autenticidad y una síntesis rabiosamente bien lograda de ese mestizaje que nos caracteriza. ¿Y por qué no darle a la escultura un espacio desprejuiciado donde la figura humana trasciende la mera representación academicista narcisista y nos propone una mirada hacia lo que realmente somos? Hugo Marín nos devela la clave: en el mestizaje está nuestra potencialidad, nuestra identidad; y en la posibilidad de crear una línea de continuidad del pasado al futuro, cuyo hilo conductor sea el presente. Eso, digámoslo así: la identidad de un ser profundamente arraigado en este lugar austral, con una historia que comienza antes de la conquista de España, y que es a su vez universal en su conocimiento de nuestro presente. 

DERMIS P. LEÓN

Hugo Marín, por Dermis Pérez León | artnexus