Exposición Individualdic 2008 - feb 2009· Por Jesús Rosado

Heriberto Mora

Espacio 304

 Un artista que, al margen del celular y el laptop, programa sus horas de taller transitando realidades paralelas al fragor mundanal y estableciendo puentes de doble vía entre el prójimo y la sensibilidad interior, se pudiera aclamar no sólo como representante del ascetismo que intenta rebasar los embates de la postmodernidad, sino como auténtico adalid de la resistencia a la supratecnologización y las frivolidades de la convivencia moderna. Pero cuidado, porque sería un error atribuirle a Heriberto Mora un empeño meramente rescatista de corte conservador, cuando en realidad el pintor cubano ha sabido adaptarse a los vaivenes de la sociedad industrial de Norteamérica. Él no es lo que precisamente llamaríamos un abanderado de los discursos tradicionales del arte, sino al contrario: por tratarse su obra de la avanzada expresión de las actuales tensiones entre mundo espiritual y material, por su coherente contrapartida a los efectos de la incomunicación y la precariedad emocional de una modernidad ultrajada, y por esa manera convincente de infundirle luz interior a su época de pertenencia, podemos afirmar que el talento de Heriberto Mora se ha incorporado a los raros de la vanguardia metafísica.

Exposición Individual: Heriberto Mora — imagen 1
Heriberto Mora. La profunda sencillez del amor, 2008. Óleo sobre madera. 72,2 x 63,5 cm. (30 x 25 pulgadas).

En la más reciente muestra de su arte, Susurros de luz, acogida por la galería Espacio 304 (San Juan, Puerto Rico), donde se exhibe lo último de su cosecha, se aprecia el peso intelectual que pueden lograr paleta y pincel en manos de un místico contemporáneo, aun en momentos en que el acontecer artístico se conecta más con el megabyte y el high-resolution.

Sin desechar influjos de tendencias recientes para reciclar recursos visuales históricos, sus trazos, contrastes y texturas se deslizan por la impronta de impresionistas y de los pintores ambulantes rusos (particularmente, Serov y Levitan), para desplegar una poética de la indagación y del contacto extrasensorial que se surte de la propia evolución existencial del artista y de lecturas espiritualistas muy selectas. Mora se aleja de retóricas complacientes y hurga en los procesos depurativos que le posibilita el ejercicio de la meditación y la contemplación, y la construcción de sus alegorías proviene, precisamente, de esa conciliación entre éxtasis y discernimiento filosófico. Elige, a tal fin, una figuración, en contraste con el texto subyacente, que se erige naif y hasta ocasionalmente infantil, evocando con personal eclecticismo el onirismo de Magritte, los resplandores de Turner y la obsesión de Hopper por la mirada a través de los vanos.

El tema insiste en las necesidades de satisfacciones incorpóreas, expresadas en relaciones simbólicas con fragmentos sugestivos del entorno; lo trabaja Mora, distanciándose del tenebrismo que anteriormente tiñera algunos de sus cuadros, a partir de pigmentos elocuentes que se mueven desde serenos matices ecológicos hasta una reserva de colores más urgentes, arremolinados sutilmente por una espátula delicada y conciliadora.

Una de las imágenes más recurrentes es aquella que el artista denomina ventana-umbral, puente de luz entre dos dimensiones: una de evidentes referencias inmediatas, y otra insinuada y exhortante, cuya consumación depende de nuestra conexión subjetiva con valores como espiritualidad, tiempo, amor, belleza, paz, unidas.

Llama la atención el manejo de la configuración de multitudes en la mayoría de las composiciones. Multitudes que se aglutinan hasta prácticamente difuminarse en abstracciones sólo interrumpidas por un elemento único y diferenciado. Por ejemplo, en Renacimiento, un paisaje conformado por una multitud de cubos se extiende hacia el infinito. De uno de ellos asoma una flor que brota como símbolo de acto amoroso gestado en el seno de la frígida concurrencia geométrica. En Reconciliación, banderas de todos los países se agrupan en torno a una paloma blanca, composición alegórica que por su repetición en el panorama del arte resulta arriesgada y, sin embargo, Mora le imprime un encanto inédito. La reina del hilo, donde el hilar representa a la reina que convierte la luz en hilos multicolores, que a su vez surten a una multitud de carretes, funciona como metáfora de la urdimbre espiritual en torno a una inteligencia creadora. Toda esta reiteración congregacionista remite, inevitablemente, a la imperiosa necesidad de interrelación y búsqueda de motivaciones para la comunión humana en términos locales y globales, como una suerte de pastoral sobre la definitiva integración planetaria en base a principios no fundamentalistas, desprejuiciados y verdaderamente altruistas.

Mora hace regresar al hombre a la naturaleza en Retorno, tela cuajada en verdes y violetas en la que el artista reivindica la reverencia a la fuente originaria donde se gesta la vida. En Mensaje de luz, el autor reúne arte y sanación interior al presentar el reconocible ícono de Vladimir, la Virgen y el Niño, como invocación a la virtud, en contraposición a las vilezas del desempeño social. En tanto que en Atelier intenta recuperar el sentido del amor genuino, representando a un hombre y una mujer trabajando en armonía, tejiendo tapices, sentados bajo la sombra íntima de un umbral que separa el mundo doméstico en el exterior del otro más esencial y trascendente donde reside el misterio de la coexistencia presidida por la afectividad.

Definitivamente, la muestra fluye en conmovedora oratoria humanista, en la que casi la totalidad de los requerimientos constructivos para la convivencia plena es asumida a través de argumentos sencillos pero de contundentes y sensibles honduras. La visualidad, no por liviana y sosegada, renuncia al alcance laberíntico, y su “murmuración” es presumible que viajará luminosa hacia los depositarios afines: aquellos seres que mantengamos, receptivos y esperanzados, alguna puerta abierta a la luz. 

JESÚS ROSADO

Heriberto Mora, por Jesús Rosado | artnexus