Los trabajos que Gonzalo Lebrija exhibió en la galería Laurent Godin de París, Toaster R75/5, originalmente realizados para el Museo Carrillo Gil de Ciudad de México, y la reciente serie fotográfica, The Distance Between You and Me, son modos alternos de autorretrato. Su función es la creación del mito del artista como un Prometeo que ya no roba el fuego a los dioses, sino que lo usa para iluminar, en plena posmodernidad, su camino de regreso a la naturaleza.
En lugar asumir la máquina (la moto, la cámara, el fuego robado) como signo del poder civilizador, la conjuga con su cuerpo (representado de modo directo o metafórico) y, ya sea exponiéndolo a condiciones extremas físicas externas o sumergiéndose del todo en el paisaje, el artista refleja en su propia vulnerabilidad la fragilidad común del género humano.

La iniciación estética de Lebrija ocurrió en una sala de exhibición de coches lujosos en el D.F. donde percibió el efecto de artefactos expuestos en el espacio. En los Auto-paisajes de los noventa ya estaba la presencia sugerida del cuerpo en movimiento del artista: armado de su cámara salía a buscar, en recorridos aleatorios por las calles, reflejos del paisaje en las superficies de los autos. Su Prometeo consistió en introducir un Ferrari en el interior de un museo para “robarse”, a través del reflejo de su brillante superficie roja escenas de los murales de Orozco. En la obra Entre la vida y la muerte (Breve historia del tiempo) un coche negro en picada se hunde en un apacible lago. La imagen transmite la belleza de una experiencia estética constituida por la máquina que se integra a las aguas y sugiere incluso la metáfora de la disolución del yo en la inmensidad.
En la serie fotográfica R-75, realizada con ese modelo de moto de —1972 año de nacimiento de Lebrija— hay un poderoso autorretrato. Su cuerpo no aparece nunca en las 66 fotografías que tomó en el mismo número de paradas en una vertiginosa jornada por el territorio de Baja California, aprovechando el efecto de espejo reflector del espacio exterior que permiten los dos paneles cromados que este modelo tiene al lado del tanque de gas. Pero la “Toaster”, apelativo de la moto, es una extensión de sí: no sólo soporte o vehículo sino metáfora del cuerpo que se desplaza en condiciones azarosas entre ese trayecto —atravesado por tantas dimensiones— que va de Ciudad de México a San Diego. Su acción es un performance ejecutado a alta velocidad, contra los límites de su propio cuerpo, y la asociación entre momentos míticos y lo efímero del gesto humano se realiza a través de éste.
Las anotaciones de la travesía —coordenadas, temperatura, kilómetros recorridos hasta ese punto— se inscriben en el marco de las fotos y funcionan con la cronología de un diario visual en el que la ausencia del autor se reemplaza por el (auto) retrato en blanco y negro de la moto tomado en cada punto de parada. “La uso como un pincel”, dice Lebrija, pero la imbricación es más intensa: la moto funciona articulada a su propio cuerpo. En contraposición a la impresión de distancia inicial que podría dar el hecho de que él no aparece en las fotos, el espectador puede leer las condiciones del intenso verano, reconstruir la velocidad de las trayectorias, su modo de encarar tiempo y distancia entre puntos (casi sin detenerse, sin dormir) y descubrir esa gesta que impulsa al ser humano a la aventura del riesgo, a hundirse en las cavernas o escalar nevados, desafiando el misterio del mundo natural —pero también los laberintos de la civilización— para encontrarse. En esa combinación entre la resistencia mecánica de la moto —que exige cambios de suspensión a medio camino— y los límites de la propia resistencia corporal hay una conexión con la atmósfera del film Easy Rider o con la gesta de Ahab cazando a Moby Dick, y un diálogo consciente con los performances de Nauman o de Chris Burden. No indaga en la condición humana desde la cómoda distancia conceptual, sino involucrando —bajo la presión del riesgo— lo más real de sí: su propio cuerpo.
Una vez Lebrija canjeó una fotografía suya por un paisaje inglés del siglo XVIII, y habría deseado estar dentro de los paisajes de José María Velasco o del Dr. Atl. En las fotografías análogas de The Distance Between You and Me enfoca paisajes que le gustan, y corre adentro del escenario de tal modo que el obturador se dispara automáticamente fijando su autorretrato en medio de la carrera. El momento atemporal ocurre en ese instante de confluencia del movimiento del cuerpo y de la máquina programada, cuando se borra la distancia entre naturaleza, instrumentos de la civilización y el gesto del artista que detiene para siempre la imagen de su cuerpo inmerso en un escenario natural. No hay otra vía de regreso que su propia obra. La lúdica implícita no es con todo sólo personal: es una solución artística que remite a lo colectivo, a la búsqueda de posibilidades orgánicas ajenas a las lógicas del poder en su acción con la naturaleza. El acto estético de dejarse absorber por el espacio vital del paisaje plantea igualmente el regreso al cuerpo como lugar de la verdad en el arte.
ADRIANA HERRERA
