La obra sin fin. Cuerpos y objetos en cajas obsesivas es el título de la exposición que exhibe la Galería Durban Segnini, entre junio y agosto del presente año. Con un montaje sobrio y mesurado que incluye quince piezas de distintos tamaños, el artista expone una producción realizada durante los últimos siete años. El recorrido permite apreciar una selección temática depurada, como resultado de un proceso de reflexión y decantación continuo y sostenido. Mediante una combinación de disciplinas y de invenciones técnicas en cuanto a la puesta en escena y al formato utilizado, esta muestra resume las tendencias y destrezas a través de las cuales se ha expresado el autor a lo largo de su trayectoria artística: el dibujo, la pintura, el collage, el modelado y la escultura son integrados ingeniosamente para formar elocuentes ensamblajes en los que confluyen múltiples técnicas.

En sus inicios, Herrera se interesó por la escultura, después trabajó el hierro soldado en construcciones geométricas y estilizadas. A finales de los años setenta y comienzos de los ochenta se inclinó por el dibujo para indagar en torno al plano, la perspectiva, el volumen, las texturas y los contrastes, los cuales obtiene mediante el hábil manejo del claroscuro. Por esos años, su dominio en este oficio lo convierte en uno de los representantes del boom del dibujo en Venezuela. Durante esa época se inspira en la literatura fantástica que nutre su desbordada imaginación como creador y hacedor de imágenes; será este hábito el que marcará su discurso con el transcurrir de los años. Lo pictórico, lo metafórico, lo insólito, van ganando terreno en una obra signada por el preciosismo y la perfección del trazo. Desde entonces construye una iconografía conformada por cuerpos humanos, caballos, musculaturas, tendones, árboles, tableros y piezas de ajedrez, cartas de juego y componentes arquitectónicos, entre otros. Posteriormente, intenta salirse del plano y construye lo que él denomina los dibujos-relieves; luego aparecen los ámbitos, una suerte de instalación en la que se incluyen personajes y elementos fragmentados. El artista explora el aspecto escenográfico de estas creaciones para conjugar lo plano y lo volumétrico en composiciones que evidencian un acentuado barroquismo. A comienzos de los años noventa inicia la serie de los Dibujos-cajas, experimenta con yeso, madera, resina, hierro, vidrio, entre otros materiales, a los que agrega hechuras industriales. La yuxtaposición de objetos, reales o representados, la intervención del espacio y su proyección ficticia sobre el soporte otorgan a la experiencia visual una dimensión que desdibuja los límites entre lo verdadero y lo ilusorio.
Las etapas por las que ha transitado su obra se encuentran implícitas en esta exposición, en estos cuerpos y objetos atesorados dentro de estas “cajas obsesivas”; Herrera logra integrar lo real y lo onírico, lo artístico y lo utilitario, cruzando significados que propician incongruentes asociaciones que van de lo físico a lo metafísico. 13 cajas obsesivas, 2007, por ejemplo, es una instalación conformada por trece módulos de pequeño formato que evidencian la interacción entre la imagen plana (dibujada, pintada o pegada) y la imagen corpórea, maciza, volumétrica, en la que intervienen figuras modeladas, como manos, manzanas, corazones, o instrumentos cotidianos, como relojes, cuchillos, plomadas, etc. Las disposiciones de estos módulos en forma de maleta portátil, de un libro abierto o de una simple caja que se cierra para guardar en su interior cosas que nos son preciadas, y que suelen ser portadores de algún recuerdo, parecen instancias de la memoria que se materializan para acoger vivencias pasadas, presentes o futuras. Mujer planta, 2008, es una pieza de base rectangular, una suerte de caja-maleta que alberga la representación de un rostro femenino, de un lado esculpido y por el otro esbozado en grafito, a la que se le incorpora la raíz de un árbol que se extiende, al igual que el modelado del brazo, fuera de los límites del marco; de este modo, el espacio interior y el espacio exterior entran en un diálogo que debilita las fronteras entre arte y vida, o entre arte y realidad. “Las obras de Felipe Herrera —dice Bélgica Rodríguez, curadora de la exposición— son entidades plásticas que están regidas por una estricta concepción de distribución espacial de los objetos, sean pintados o esculpidos sobre el soporte, por la estrecha relación entre lo bidimensional y lo tridimensional, por la ausencia de color y por el mensaje cifrado que envían; representan, simultáneamente, la interioridad individual del artista y la otra, la colectiva. Como en código morse, cada objeto, cada elemento, interactúa con el que está a su lado y, como extensión de la vista, el público hurga en el interior de estos mensajes para descifrarlo en la paradoja de considerarse protagonista y espectador. En consecuencia, se genera una relación asociativa de los sentimientos y afectos personales del artista con los del espectador…”.
GLADYS YUNES
