Estéticas olímpicas

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Monografíadic 2008 - feb 2009· Por Luis Camnitzer

Estéticas olímpicas

Se estima (según las autoridades chinas) que el espectáculo de inauguración de las Olimpíadas el 8 de agosto de 2008 fue visto con profunda admiración por cuatro mil millones de espectadores provenientes de todas las clases sociales e intelectuales del mundo. Fue un evento memorable y uno desearía que se hayan establecido ciertos estándares con respecto al gusto, lineamientos que limpien para siempre el nivel estético deplorable al que nos someten las noches de los Óscar y espectáculos similares. Sin embargo, esto no significa que se haya logrado un modelo para seguirlo al pie de la letra. Lo admirable en la inauguración fue que se haya logrado un nivel tan alto de calidad, y al mismo tiempo que se haya salvado tantas distancias y divisiones culturales. Algunas de la implicancias, sin embargo, son menos admirables.

Los Juegos Olímpicos proclaman un cierto idealismo. Pretenden ser apolíticos, competitivos en forma caballeresca (son, después de todo, una reproducción decimonónica del original), y tratan de dar un ejemplo que subraya tanto los logros individuales como los de equipo. Los estatutos del Comité Olímpico Internacional dicen que sus propósitos son “establecer el deporte al servicio del desarrollo armonioso del hombre, con vistas a la promoción de una sociedad pacífica preocupada por el mantenimiento de la dignidad humana”. Es, por lo tanto, un evento que aspira a ser un homenaje a la virtud, con la esperanza de que no haya drogas (cinco atletas fueron descalificados por su uso ilegal). Pero a pesar de todo, las Olimpíadas siguen siendo un foro para la expresión del chovinismo.

No es coincidencia que tanto la Bienal de Venecia como las Olimpíadas fueran creadas o revividas alrededor de la misma fecha (1895 y 1896, respectivamente). El propósito de ambas fue dar un escenario más para que los Estados territoriales pudieran afirmar sus identidades nacionales, unificándose internamente por medio de la competencia con otros Estados. En los Juegos Olímpicos este orgullo nacional y este chovinismo se expresan no solamente en la competencia atlética sino también en la competencia por adquirir el honor de albergar el evento e incluso de lograr la cobertura informativa más grande. En 2008, NBC negoció una fecha anterior a la inicialmente prevista, para evitar un conflicto con su transmisión de los juegos de la Liga Nacional de EE.UU. (fútbol estadounidense, no el soccer) y logró que las competencias de natación y de gimnasia se desarrollaran durante las mañanas chinas para que el público estadounidense pudiera verlas en tiempo real durante las horas de mayor audiencia.1 Las Olimpíadas como un espectáculo global sirven como una enorme ocasión para difundir imágenes que promocionan las relaciones públicas del país en donde tienen lugar los Juegos. También sirven para que los países que poseen los medios corporativos que financian la cobertura televisiva más extensa se lucren con la publicidad. Además, dan la oportunidad para desarrollar innovaciones arquitectónicas que después quedan como símbolos afirmativos de la nacionalidad por mucho tiempo, una vez finalizados los Juegos. Un ejemplo impresionante de esto en esta ocasión fue el estadio conocido como “Nido de Pájaros”, concebido por los arquitectos suizos Herzog y de Meuron.

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Es, sin embargo, la producción de la inauguración de los Juegos de Pekín la que invita a la discusión. Zhang Yimou, el famoso director de cine chino, logró introducir los efectos dramáticos cinematográficos utilizados en sus filmes (Casa de dagas, Héroe) dentro de la realidad del estadio. El término “realidad” necesita algunas acotaciones en este caso, ya que algunas de las imágenes de los fuegos artificiales fueron manipuladas e introducidas en la transmisión televisiva, y Lin Miaoke, la niña que parecía estar cantando, se limitó a mover los labios. Yang Peiyi, cuya voz fuera seleccionada para que todo el mundo la escuchara, aparentemente fue quitada de la presentación visual porque los oficiales chinos encargados del espectáculo no la consideraron suficientemente atractiva.2 Estos pequeños engaños pretendían ayudar a la perfección.

La experiencia cinematográfica de Zhang fue invaluable para crear una experiencia sobrecogedora y memorable. Con ella logró crear una referencia contra la cual se tendrán que medir todos los espectáculos celebratorios por venir. Pero hay, sin embargo, una diferencia entre los filmes y la realidad: la conciencia de que se está viendo una producción en vivo y no una ficción cinematográfica influye en la percepción y también en la reacción. En las películas de acción mítica de Zhang la coreografía tiene un aura de cuento de hadas. El conocimiento de que el espectáculo que se ve es una imagen manufacturada, una irrealidad, da una cierta distancia imaginativa que crea un espacio para soñar. El espectador puede seleccionar y respaldan héroes y puede ver corrientes de sangre como color en lugar de ríos que fluyen hacia la muerte. En los filmes las masas de guerreros y de armas no son más que formas y pigmentos utilizados para crear pinturas cinéticas. Nunca llegan a ser vehículos para la expresión de violencias o sadismos reales.

La noche inaugural de las Olimpíadas tuvo elementos visuales similares, pero sin armas ni sangre. El efecto, por lo tanto, pudo haber sido inocente, incluso más inocente que los filmes operáticos. Y, sin embargo, a pesar de la belleza, quedó un residuo de amenaza como resultado de los ecos inevitables dejados por eventos masivos precedentes. Los Juegos de Masas de Corea del Norte, que se vienen desarrollando desde 1946, son un ejemplo en el cual 100.000 gimnastas se mueven sincronizadamente mientras 25.000 niños voltean cartones de colores para crear fondos perfectamente realistas. En un reportaje, Zhang expresó su admiración explícita por este modelo coreano.

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Los Juegos de Masas surgieron asociados con los espectáculos de gimnasia durante el siglo XIX (se cree que se originaron en las tierras checas del imperio austrohúngaro, y con fines nacionalistas). Corea del Norte llevó estos juegos a extremos increíbles, pero también hay otros ejemplos de eventos masivos. En 1918 el fotógrafo estadounidense Arthur S. Mole juntó a 18.000 soldados para reproducir la imagen de la estatua de la libertad. El día elegido hizo muchísimo calor, alrededor de 40 grados centígrados, causando el desmayo de muchos de los soldados durante las horas que llevó el ejercicio. El espectáculo fue organizado para vender bonos de ayuda al ejército. En 1932, en una versión más modesta si se compara con Mole y los coreanos del norte, el Radio City Hall de Nueva York inauguró lo que se convirtió en el espectáculo famoso de las Rockettes. Consiste de una muestra de cuerpos femeninos de tamaño similar (y también de complexión: hasta 1987 eran todas blancas) levantando las piernas perfectamente sincronizados.3

Un precedente cinematográfico de las Olimpíadas de 2008 fue la película de Leni Riefenstahl, cuya Olimpia estetizó las Olimpíadas de 1936 en Berlín. Si bien la película se hizo famosa por haber servido a las aspiraciones del régimen nazi, de hecho idealizó más a los atletas que a Hitler y su política. Riefenstahl exploró la abstracción sentimental de moda en la fotografía de la época, y se concentró más en la documentación que en la estética de la sincronización de las masas. En su filme las actividades masivas aparecen más que nada en las secuencias no atléticas, y una masa no coreografiada aparece saludando con el brazo extendido del “Heil Hitler”.

En el reportaje en el cual Zhang expresó su admiración por los espectáculos de Corea del Norte, dijo: “Esa clase de igualdad subraya la belleza. Nosotros los chinos podemos hacer eso muy bien”. Pero también dijo algo que reveló su posición esencialista con respecto a la cultura: “Los actores obedecen órdenes; pueden hacerlo como una computadora. (…) Ese es el espíritu chino”.4 En el mismo reportaje criticó al Occidente, observando que los espectáculos en el estilo que él prefiere nunca podrían ser puestos en escena con éxito porque el contexto cultural occidental tiene costumbres de trabajo demasiado laxas, porque los sindicatos en las artes teatrales son fuertes y porque existen ideas exageradas con respecto a los derechos humanos.

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Es posible ver a Zhang como a alguien que se autopercibe como un artista omnipotente que controla la voluntad y el tiempo de una masa de gente desindividualizada. En las culturas occidentales el ejemplo más claro de esto es la estética militar del “paso de ganso”. Este paso marcial fue desarrollado por el ejército prusiano durante el siglo XIX, continuado por la Wehrmacht pero también adoptado por la Unión Soviética y los ejércitos de Chile e Irán, y más sorprendentemente, por los cubanos. El nombre original de esta forma de desfile es Stechschritt, cuyo significado agresivo es “paso puñalada”. Es un paso incómodo y bastante difícil de ejecutar bien y obliga a prácticas interminables, por lo cual, entre otras cosas, es usado para el consumo público como un espectáculo que demuestra la disciplina extrema. En el caso cubano la estética fue copiada de los soviéticos para personificar y promover la transición de un movimiento guerrillero anárquico a un gobierno maduro que necesitaba la imagen de un ejército nacional capaz de defender la Revolución.

El “paso de ganso” es un buen ejemplo de estética de masas, en cuanto la intención original y su atractivo duradero en los países donde lo usan es presentar la despersonalización entretejida con una máquina humana que expresa ideales machistas y es capaz de un aguante físico notable. Uno de los mensajes de esta estética es que los soldados están tan bien entrenados y en tal buen estado físico que no solamente son capaces de aguantar el dolor, sino que pueden mantener su amenaza a pesar del ridículo de sus movimientos.

Obviamente, los recursos utilizados por Zhang no son ridículos. Pero Zhang sí trata de lograr la total desaparición de la individualidad (salvo, presumiblemente, la propia). Las células humanas en su espectáculo, al igual que los hombres armados y sus pasos de ganso, carecen de interés propio. Ninguno se supone que deba atraer la atención, todos tienen que desaparecer como gotas en el océano en donde solamente importan los diseños que hacen las olas. Una nota al pie interesante es que cuando los tambores de la inauguración estaban ensayando con las caras impertérritas, tal como se les había indicado al principio, el efecto pareció potencialmente intimidatorio para un público mundial y Zhang accedió a que tuvieran algo de expresión. Al final hizo que sonrieran y con ello diluyeran en algo el anonimato de la ejecución.

Dada la dimensión nacionalista del espectáculo de masas, tanto en Juegos Olímpicos como en otros contextos, vale la pena notar, sin embargo, que el uso del arte como una expresión del orgullo nacional siempre es preferible al uso de lenguajes agresivos. A diferencia de los países occidentales, China todavía no ha desarrollado una política de afirmación internacional a través de la exportación de cultura. El reciente éxito del arte chino en el mercado occidental es un fenómeno independiente de la política oficial del gobierno y es más bien el producto de la combinación de una innegable calidad con la codicia de las galerías y lo exhausta que en el momento está la creación artística occidental. Los artistas chinos combinan una afirmación de la individualidad con un respeto por los lenguajes establecidos en su cultura. Producto de una formación académica mucho más prolongada en años y en horas por día, los artistas chinos integran el respeto por la artesanía con un sentido especial de lo espectacular, sin someterse a ninguno de ellos. Frente a esta situación se puede ver el gran espectáculo de Zhang como teniendo algo en común con los artistas chinos que se muestran en las galerías, pero con diferencias marcadas en su espíritu. Estéticamente sus puestas en escena están más cerca de las producciones de las Rockettes que de las obras de artistas como Xu Bing o Cao Guo-Quiang, dos de los artistas chinos que han tenido gran reconocimiento en Occidente y son conocidos por sus instalaciones espectaculares. Xu Bing en particular mantiene una seriedad y sutileza notables en sus piezas referidas al lenguaje, aun cuando sus instalaciones pueden llegar a tener tamaños enormes.

La obra de Zhang, por supuesto, trasciende la banalidad de las Rockettes, pero utiliza el mismo principio de anonimizar al individuo dentro de una multitud. Zhang afirma que esto refleja una corriente presente en la cultura china tradicional, y, ciertamente, la enorme escala de la estética de masas de Zhang excede los estándares occidentales de sincronización. Por este motivo, desde el punto de vista cultural occidental, el espectáculo de Zhang tiene algo de amenazador. La perfección de la ejecución es deslumbrante y el resultado es increíblemente bello. Es la anulación del yo por parte de los participantes lo que nos presenta la amenaza.

Durante el siglo XIX los gobiernos occidentales se embarcaron deliberadamente en políticas de cultura oficial. Las metas eran principalmente dos: construir una identidad “nacional” para las diversas poblaciones que vivían dentro de las mismas fronteras territoriales; y asegurar los imperios coloniales sellándolos con la cultura “superior” de la metrópolis. Un libro de texto utilizado por el gobierno colonial francés en África Occidental francesa en 1950 contenía la frase “Nuestros antecesores los galos…”

Durante las décadas que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, la mayoría de los países de Europa occidental, como también los Estados Unidos y la Unión Soviética, desarrollaron políticas culturales para el exterior que se basaban en la manutención de bases extranjeras para promover el intercambio cultural. Uno de los objetivos era establecer una reputación de espíritu internacionalista y de generosidad; el otro era difundir los logros nacionales y establecerlos como modelos a seguir. Las estrategias fueron variadas.

La Unión Soviética no hizo mucho más que inundar los países del Tercer Mundo con libros y revistas adoctrinantes. Se podían comprar las obras completas de Marx, Engels, Lenin y Stalin por casi nada y en todos lados, desde Montevideo hasta Zanzíbar. España, por otro lado, ha invertido en la renovación de sus vínculos con los países hispánicos, vínculos que se habían debilitado durante la dictadura de Francisco Franco.

La política de Estados Unidos ha sido promover “valores” que los extranjeros puedan identificar como estadounidenses. Con este propósito, en 1964 se creó el programa Arte en las Embajadas. El concepto del programa fue sintetizado en una publicación que celebraba el 40 aniversario de su fundación, en 2004.

La comprensión de que el arte influye en las relaciones internacionales se remite a la historia antigua, manifiesta en las instalaciones de estatuas y de arquitectura que los romanos pusieron en las ciudades del imperio. La “estadounidez” consciente y orgullosa del arte estadounidense permaneció prácticamente sin declarase hasta la década de 1980. Allí, de golpe, Estados Unidos llegó a ver la gloria de su arte, a creer que esta nación, que sobresalía en tantas clases de actividades, era capaz de igualar y a veces exceder los logros culturales de otras naciones”.5

Más adelante en el mismo texto, Lee Kimche McGrath, directora del programa, aparece citada diciendo en 1984 que “El arte comunica directamente la sustancia de la cultura de la cual se deriva el poder político”.6

Esta forma de pensar parecería coincidir con la manera en que el gobierno chino concibió la celebración de las Olimpíadas de 2008 en Pekín. Se estima que China usó un millón de voluntarios y gastó 43 mil millones de dólares para pulir su imagen internacional. El espectáculo olímpico en Pekín se apoyaba claramente en la idea de que el “arte comunica directamente la sustancia de la cultura de la cual se deriva el poder político” y, también claramente, trató de demostrar que China “era capaz de igualar y a veces exceder los logros culturales de otras naciones”. El monto de la inversión hecha excede en tanto lo que cualquier otro país podría permitirse, que las Olimpíadas de Pekín quedarán como un hecho irrepetible. Bolt, Phelps y otros superhombres y supermujeres también serán recordados. Pero por encima de sus logros individuales quedará la imagen de este espectáculo inaugural extraordinario creado por los recursos de la nación y el genio artístico de Zhang.

El acto de clausura comenzó con el mismo nivel de calidad de la inauguración. Siguiendo algunas más de las creaciones de Zhang, la arena se abrió para una entrada anárquica y refrescante de todos los participantes. Por un rato el espectáculo se convirtió en un carnaval de fraternización. Con pompa militar la bandera olímpica fue entregada al alcalde de Londres, lugar donde tendrán lugar las Olimpíadas de 2012. Desde ese momento todo fue cuesta abajo. Leona Lewis cantó moviendo sus labios tratando de seguir su propia canción grabada que estaba saliendo de los parlantes, y David Beckham pateó una pelota hacia el público, supuestamente simbolizando el pasaje de las responsabilidades olímpicas a Inglaterra. Se continuó con una coreografía patética de invención inglesa, que dio un pequeño adelanto del sabor de lo que vendrá en cuatro años. El encanto quedó destruido y el espectáculo de Zhang nunca llegó a reponerse. Degeneró en el kitsch más puro de Las Vegas, algo que tampoco los fuegos artificiales finales lograron arreglar.

Con todo dicho, sin embargo, la noche inaugural queda como un evento histórico, como también queda la pregunta de si un artista debe comprometerse con una actividad que sirve para promocionar el chovinismo. Quienquiera inventó el “paso de ganso”, probablemente estuvo muy orgulloso de su creación. Tener el poder de obligar a marchar a todo un ejército haciendo esas configuraciones debe ser una experiencia fenomenal para el ego. Pero a lo mejor él (y definitivamente fue un hombre) incluso se consideró un artista o, más específicamente, un coreógrafo. Es poco probable que se viera a sí mismo como un desequilibrado o un loco, o que tuviera duda alguna sobre la certeza de su gusto estético. La posibilidad de atribuirle el ridículo o la locura a esa empresa probablemente quede reservada a un pequeño grupo de esnobistas pacifistas.

Las preguntas más profundas que quedan subyacentes a todo el evento se refieren a cuestiones como ¿a quién se tiene que dirigir el artista y de quién es el mensaje que está llevando? Incluso si, como cree Zhang, darles formas a las multitudes es parte de la cultura china tradicional, ¿es eso realmente lo que quiere que el resto del mundo vea como un marcador de la identidad? Y dado que sus compatriotas también vieron el espectáculo, ¿es ese marcador también el que quiere que se utilice dentro de China?

Los diseños que Zhang ordenó funcionaron con la precisión de la maquinaria de un reloj. La falla, lo que sugiere que todo esto fue un síntoma de orgullo excesivo y de abuso de poder, está en las palabras “ordenó” y “maquinaria de un reloj”. La palabra “ordenó” separa al autor de aquellos que le sirven como módulos anónimos en el diseño. “Maquinaria de reloj” subraya la precisión de robot y la sumisión de cualquier individualidad en beneficio del “gran diseño”. Es allí donde hay que preguntar en beneficio de quién está funcionado ese gran diseño.

En el caso del “paso de ganso” o de cualquier otra manera de desfile militar, la misión es darle una forma estética a la máquina armada para matar. En el caso de Arthur S. Mole, fue para vender bonos militares. En el caso de Zhang, es la gloria de China o la gloria de Zhang. Pensar en cualquiera de las dos disminuye en mucho la posibilidad de placer.

NOTAS

1. NBC pagó 894 millones de dólares para los derechos de televisión. Bill Carter, “On TV, Timing Is Everything at the Olympics”, The New York Times, 25/08/2008, pp. C1, C4.

2. Gao Xialong, uno de los técnicos que trabajó en el proyecto, declaró al periódico Beijing Shibao que solamente una de las 29 huellas que se vieron en el cielo fue real y que las otras fueron el producto de animaciones hechas con computadoras. http://www.spiegel.de/kultur/gersellschaft/0,1518,571129,00.html. En cuanto a la sustitución, el director musical de las ceremonias, Chen Qigang, explicó, “Fue un asunto de interés nacional. La niña tenía que verse bien en cámara, ser expresiva”.

3. De acuerdo a Wikipedia, fue solamente en 1987 que las Rockettes fueron integradas. El argumento hasta ese entonces había sido que la diferencia de color de piel arruinaría el espectáculo.

4. El reportaje apareció en Südliches Wochenende y fue citado en SpiegelOn Line, Andreas Lorenz, “Chinesischer Starregisseur spottet über westliche Kultur,” 08/21/2008, http://spiegel.de/panorma/0,1518,573181,00.html

5. Andrew Solomon, “The ART in Embassies Program: The American Tradition of Cultural Diplomacy,” ART in Embassies Program, 40th Anniversary, U.S. Department of State, Washington, U.S., 2004, p. 1.

6. Ibid, p. 13.

LUIS CAMNITZER

Profesor emerito del SUNY College, Old Westbury.

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