Este año el más prestigioso de los concursos de arte en Venezuela —el Salón Arturo Michelena— se llevó a cabo bajo condiciones sin precedentes, dividiéndose en dos versiones del mismo concurso que se realizaron simultáneamente y que lucharon por legitimarse con los artistas y el público. En julio de 2007 una disputa laboral en el Ateneo de Valencia (ente organizador del salón desde su creación en 1943) llevó a la expulsión de su Junta Directiva por parte de un grupo de trabajadores, circunstancias que, debido a la falta de resolución legal determinante, dieron origen al llamado salón “clon”.
Sin embargo, decidir cuál fue el “clon” y cuál el “verdadero” corrió por cuenta de cada quien, decisión que se complicó más debido a la politización de los salones. Bajo la actual gestión cultural el ministro de la Cultura, Héctor Soto, exhortó recientemente a los ateneos a “democratizarse” y ceder su espacio “elitesco”. Así, el salón de la “Clase trabajadora del Ateneo de Valencia” se perfiló bajo “la inclusión de los sectores marginados y excluidos”, según Juan Calzadilla, miembro del jurado, mientras que la Junta Directiva del Ateneo mandó invitaciones especiales a ciertos artistas para asegurarles que su envío sería “tratado en bandeja de oro”, y así poner en tela de juicio la calidad del otro salón.

Para algunos artistas, las irregularidades de los salones y los matices políticos desembocaron en confusión, rechazo o simple negación a participar. José Vívenes, ganador del Premio Alemán Sucre del Salón en 2006, solamente mandó al Salón de la Junta Directiva. Según Vívenes: “uno no sabe bien cuáles son las bases porque ese Salón (de los trabajadores) no tiene historia. Está bien que quieren que el arte se abra a las masas, pero hay que también tener un poco de respeto por el artista. Creo que aceptarán cualquier obra”.
Otros tomaron este año como oportunidad para exponer dos veces, de comunicar al doble. Éste fue el caso de Gustavo Zajac, quien dibujó la polémica situación a través de un autorretrato. El artista mandó una mitad a cada salón para hacer “un llamado al diálogo, a volvernos a reencontrarnos.” Para Zajac este salón y los salones en general padecen de “una fragmentación en la comunidad artística y un ensimismamiento entre los artistas. Creo que deberíamos salir a tomar posiciones artísticas con respecto a la realidad. No quise ceder un espacio en donde podía emitir una opinión”.
Domenica Aglialoro, cuyas obras también fueron aceptadas en los dos salones, lamentó que la politización llevará al abandono del salón por algunos artistas. “Yo no he dejado de participar en ningún salón o evento. Es a través de mi obra que yo me comunico. Es una obra que denuncia y es mi respuesta a la situación del país”. Describió el salón de los trabajadores como respuesta a la persistente centralización del campo de las artes en Venezuela durante décadas frente a la cual los espacios tradicionales cambian de rostro. “Debería haber muchísimos más salones y espacios alternativos. De alguna forma este salón retrata a otra gente.”
Para Zuleiva Vivas, miembro del jurado en años anteriores y en esta edición del salón de los trabajadores, el tema político de este año tiene poca resonancia. “Son muy pocos los artistas que aluden a la situación política. Han participado muchos más jóvenes porque los salones están abriéndose. Lo que importa es que se vean sus obras. Si algo es necesario en Venezuela, es que tengamos más espacios para los artistas. Mientras más espacios mejor”.
Sin embargo, a pesar de esa lectura positiva del evento este año, la situación de contingencia permanecerá por los dos lados a la espera de una respuesta legal contundente que concretará el futuro de los trabajadores, la Junta Directiva y, por supuesto, el Salón Arturo Michelena.
*Las fotos que acompañan este texto fueron tomadas por Francesco Spottorno.
LISA BLACKMORE

