Bejarano, Fabelo y Diago

Roberto Diago. Utopía, 2008. Instalación. Técnica mixta. Dimensiones variables.

Colectivadic 2008 - feb 2009· Por Nelson Herrera Ysla

Bejarano, Fabelo y Diago

La multiplicidad y la pluralidad están haciendo zafra en el arte cubano contemporáneo. En otros sectores de la sociedad de nuestro país, y en tiempos pasados, se hubiese denominado multi oficio a este fenómeno, respondiendo así al argot oficial puesto de moda paradójicamente mientras la época exigía, en los niveles tanto locales como globales, cada vez más especialización para enfrentar los numerosos desafíos del conocimiento y de las innumerables actividades humanas.

Muy pocos artistas se contentan hoy con un solo modo de expresión o por expresiones familiarizadas por su soporte y técnica, las cuales tienden, por lo general, a identificarlos dentro de los complejos territorios de una determinada cultura visual: fulano es pintor, dibujante; mengana es escultora, grabadora. A muy pocos les gustan ya tales clasificaciones con algo más de 500 años de vigencia: los más recalcitrantes ni siquiera desean que se les diga artistas. Y como nota curiosa, los hay que rechazan cualquier alusión a su nacionalidad, a su lugar de origen, a su cultura: son los fundamentalistas del arte; contemporáneos, por cierto, de otras tantas corrientes extremas del pensamiento y la acción que abundan en el mundo hoy, aún sin poseer una clara conciencia de ello, o quién sabe si para ser parte de ellas mismas o de una nueva que no ha encontrado aún su definición mejor.

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Roberto Fabelo. Volcán, 2008. Instalación. Técnica mixta. Dimensiones variables.

La tendencia actual es explorar nuevos caminos, nuevas estructuras y formas, nuevos lenguajes e intentar dominarlos. Es una operación difícil, pues el artista debe cambiar estereotipos y códigos originados en otros momentos y lugares de la historia del arte, o de su propia historia personal, que ha hecho suyos y lo han nutrido de muy diversas maneras y conformado su obra a lo largo de años. Se requieren grandes dosis de audacia, voluntad y riesgo, actitud proclive al cambio, sed de curiosidad, deseos de aprender cosas hasta entonces desconocidas, ensayos continuos durante largos períodos. Si después de salir al encuentro de todo esto lo producido no culmina en obras valederas, capaces de marcar cierta diferencia o proponer elementos nuevos en cualquiera de los terrenos del arte, o al menos de otorgar visibilidad a ciertos hechos y fenómenos de la vida hasta entonces ocultos, se requiere entonces de grandes dosis de honestidad para abandonar o torcer la exploración hacia otro rumbo, regresar tal vez al punto de partida, dar por concluida esa etapa ambiciosa en su creación… y a otra cosa mariposa.

De los artistas que se han desplazado del trazo planimétrico al volumen en los últimos años, y que por estos días exponen juntos por primera vez en la galería Habana de nuestra capital en la exposición Del trazo al volumen, Agustín Bejarano es el de menos experiencia en esta etapa plena de sorpresivos referentes, pues Roberto Fabelo y Roberto Diago han incursionado tanto en los objetos, la pintura objetual, la escultura, como en la fotografía, las instalaciones, el video y la videoinstalación.

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Agustín Bejarano. De regreso, 2007. De la serie Los ritos del silencio. Instalación. Técnica mixta. Dimensiones variables.

En mayor o menor grado los tres realizan operaciones de traslación del plano al volumen sobre la base de sus códigos y símbolos propios. Podemos “identificarlos”, casi de inmediato, cuando nos enfrentamos a estas nuevas construcciones realizadas en el espacio de una galería moderna que se caracteriza por ser anfitriona de exploraciones indistintas de singulares artistas contemporáneos cubanos, sin distinción de generaciones, tendencias o modos expresivos. Esa obra es de Fabelo, aquella otra de Diago, la de más allá de Bejarano.

Hablando en plata, esto no aporta elementos sustanciales para una valoración profunda de sus respectivos oficios y trayectorias pero dice mucho acerca de una nueva actitud en los artistas que comienza a calar hondo, al punto de que pudiera sospecharse que se trata de un modus operandi con visos no de provisionalidad, de épater la bourgeoisie al estilo francés, sino de permanencia y continuidad sobre todo en artistas mayores de 40 años, motivados al parecer por las energías, la vitalidad y la versatilidad de las más jóvenes generaciones que orientan sus propuestas de una técnica a otra, de un soporte a otro, de un medio expresivo a otro.

Son los artistas de los 70, los 80 y los 90 los que están cambiando pues los más jóvenes nacen y crecen ya con una predisposición total para el cambio sin prejuicios ni inhibiciones, similar a la que poseen —se puede decir que innata, congénita— para manejar gadgets y tecnología de punta en el terreno de la informática, el video, la computación, la telefonía y la digitalización.

Roberto Fabelo, el “mayor” de estos tres, apunta como el más maduro en el manejo del objeto encontrado, del tradicional ready made, casi siempre de tintes domésticos, asociados a la vida cotidiana, al contexto económico, social y político en el que vive. No en balde su obra tiene un título epocal: Volcán, mejor entendido en nuestro medio cuando sabemos que pertenece a una serie cuyo nombre genérico es todavía más claro y contundente: Calentamiento local. Se trata de calderos, cazuelas, tapas de olla, sartenes, jarros, cafeteras, teteras, en estado deplorable, maltratados por el uso y el tiempo, tiznados algunos de éstos e intervenidos por el artista cuando lo ha estimado necesario hacer, acumuladas unos encima de los otros desde el suelo hasta una altura de 2 metros sobre una diámetro de tres metros en forma cónica.

Retoma aquí, esta vez en una sola y gran pieza compuesta por innumerables objetos pequeños, lo ensayado y mostrado en una zona de sus exposiciones personales, Un poco de mí y Mundos, años atrás. Se apropia de su obra pictórica, en especial aquella que magnifica las cazuelas desbordadas de un líquido espeso donde en ocasiones flotan pequeñas embarcaciones desoladas o con personas, mujeres desnudas al borde de un ataque de espanto, casuchas en medio de su extensión espectral. Resume así, sintetiza, al nivel de discurso personal, muchas de sus preocupaciones éticas y estéticas devenidas desde hace tiempo obsesiones en alguien sumergido en el vaivén de una época difícil, controversial, angustiosa, convulsa. De entre todas las posibles causas para que esta época se manifieste así, el hambre deviene la principal, la peor de todas junto al dinero, y ambas, cuando se unen, constituyen una explosiva mezcla que, contrario a toda lógica, resulta de sumo goce y deleite para los poderosos artífices del complejo militar industrial, quienes, ni cortos ni perezosos, echan a andar sin miramientos la maquinaria infernal de las guerras. Pero cuidado, ojo, no olvidemos aquel refrán popular que tienta a Fabelo día tras día: el hambre es mala consejera.

Las cazuelas, las sartenes, los jarros, se calientan, ya sea porque estén llenos o vacíos pero uno de esos estados alterados es más peligroso que el otro. El llamado Tercer Mundo constantemente da ejemplos de ello, no lo dudemos. El artista y su obra advierten una vez más, llaman la atención en medio de tanto espectáculo banal, frivolidad, pedantería, que día a día nos tiende lazos para el olvido y la desmemoria con su superproducción y sus desbordamientos de productos culturales y consumo material. Fabelo no desea que olvidemos lo que es capaz de provocar un fuego encendido en medio de una cocina desolada, inerte. Ollas desbordadas por un lado, ollas vacías por otro: la dramática y grotesca paradoja de nuestros días.

Diago, el otro Roberto de la muestra, juega de manera sutil con ciertos materiales de la precariedad: el agua, cubos de metal, casitas humildes, para desafiar su propia naturaleza y resignificarlos en el espacio de una instalación que no alcanza los niveles de la denuncia, la sátira o la parodia que otras obras suyas contienen, sino el de la reflexión sosegada, el de la meditación encubierta sobre problemáticas candentes de la actualidad, lo cual lo emparenta, de algún modo, con Fabelo.

En su pintura ya había dado fe de una cierta estetización de las condiciones difíciles del hombre en sectores de nuestra sociedad, de la pobreza, la cual ha balanceado eficazmente entre expresiones de un arte povera sesentista y del objet trouvé que permeó casi todo el siglo XX. Manipulador consciente de sus instrumentos expresivos y sus materiales, Diago construye esta vez la instalación Utopía, dominada por el discurso de lo efímero o endeblez de la vida: no representa un conjunto social y urbano al modo dramático que presentó en la novena Bienal de La Habana, 2006, sino la individualidad, el aislamiento que padecemos aún en medio de la precariedad.

Utopía parecería entonces un título irónico, o quién sabe si profético, pues en principio el artista insinúa un modelo de relaciones sociales y urbanas, de convivencia entre los hombres bajo la apariencia de casas individuales, aisladas la mayoría en unas aguas que marcan sus propios territorios, ¿aguas territoriales?, definidos por un cubo en cuestión. Otras casas-objetos penden del techo de la galería, aislándose aún más, confirmando la posibilidad del extremo al que podemos llegar.

La ambigüedad se apodera de la instalación y nos somete constantemente a la duda, a la reflexión, lo cual constituye, sin dudas, una de sus mayores virtudes. ¿Es ése el sueño del artista en una noche de verano? ¿O el sueño de todos? La cruda realidad que Diago muestra en pinturas, fotografías, videos, instalaciones, realizadas en años anteriores, ha sido trocada aquí en vaticinio, en especulación matérica en La Habana, bordeando múltiples significaciones y reafirmando la validez y el rol que desempeña el contexto económico, social y político en el arte cubano contemporáneo desde los años 60 hasta nuestros días.

Agustín Bejarano, igual que sus compañeros de aventura en esta exposición, corporeiza los temas esenciales de su obra pictórica al poner el asunto específico del destino del hombre en el centro de su atención. ¿Hacia dónde vamos? ¿cuántos pasos debemos andar? ¿bajamos o subimos? Debemos movernos, claro, ¿pero en cuál de las direcciones? Con el título De regreso, obra escultórica en forma de escalera de dimensiones variables fijada al piso y una pared de la galería y en la que una figura humana desciende por la misma, Bejarano acude a la metáfora del trayecto, del camino por transitar. ¿De dónde viene ese hombre? ¿decidió regresar o decidieron otros que regresarán?

Que yo recuerde, cerca de dos años atrás había expuesto un conjunto de obras donde llamó la atención, sobre todo, una de ellas: un hombre, no desnudo, bajando la escalera. Pieza objetual, de madera terminada, pulida, no mayor de un metro y encajada en la pared, con claras alusiones a esa región de su pintura en la que un hombre solo comulga consigo mismo, acompañado de su propia y profunda soledad. Variantes de este asunto las hallamos en esos cuadros matéricos, por momentos craquelados, en los que aparece una mesa larga, enorme, con un hombre sentado en uno de sus extremos, o en esos muelles de madera pobre donde también se observa a un hombre sentado al final de uno de los muebles, casi siempre con la cabeza baja y el mar o río debajo cruzando indiferente a lo que en el muelle ocurre ¿o no ocurre nada y es solo un hombre allí, sentado?

Escaso color, por lo general todos de una misma gama, tendente hacia lo gris, en otros casos hacia lo carmelita, marrón, Bejarano se aleja de estridencias cromáticas o yuxtaposiciones formales que lo pudieran asociar a una tradición cubana en la pintura, al tiempo que el fantasma de Fidelio Ponce de León asoma su cabeza por detrás de sus obras, con sombrero y cigarro humeante en los labios: ¿la misma soledad, el mismo desamparo que el camagüeyano nos lanza al rostro?

En el caso de este artista, su pieza se nos figura como escultura dibujada en el espacio: viene de todas partes, hacia todas partes va, parafraseando el verso famoso. Escultura que enseña sus interiores al público, pues basta rodearla para descubrir su estructura, sus materiales, porque a Bejarano no le preocupa el misterio que acarrean innumerables piezas en el mundo del arte sino su discurso, qué dice, qué nos quiere decir.

Esta obra es la única de las tres que tiene un comienzo y un final: el tiempo está ahí, por encima del espacio y de la forma, del modo que está en sus pinturas. La relación entre ambas expresiones es íntima, esencial, pues no se trata de complementaciones ni añadidos: no se trata del cómo sino del qué.

La exposición en su conjunto parte de una idea que merecería una cuota sustancial de investigaciones y reflexión: aquella de los cambios en el interior de muchos artistas reconocidos ya por una poética personal, distintiva, y amenazados quizás, en lo profundo de su creación, por ella misma.

La aventura se ha apoderado de estos artistas. Uno pertenece a la generación del 70, que hoy se proyecta sobre lo social y político con obras maduras y dispuestas a dialogar sobre la realidad al mismo nivel que otras más desenfadadas, irreverentes y controversiales realizadas por jóvenes artistas surgidos a principios de este siglo XXI. Los otros dos se dieron a conocer en los 90, en medio de un torbellino de pasiones y análisis en torno al paradigma estético, distanciados del paradigma crítico que hizo furor en los años 80.

Sin llegar a una franca actitud pendular, tan cara a nuestra idiosincrasia como pueblo y nación, estos artistas se sitúan en una región intermedia, sin ser, en lo más mínimo, una tierra de nadie: por el contrario, es una tierra de ellos, de muchos artistas que escapan a las clasificaciones y los grupos, para ubicarse en llanuras fértiles para pensar, meditar. Tienen de lo uno y de lo otro, pues conocen a fondo tanto los “oficios del arte” como la primacía de un concepto en un momento único.

No están situados en ninguno de esos extremos apasionados del arte cubano que generan tanto debate y polémica en el seno de la crítica. Su paso es lento, como el paso del mulo en el abismo lezamiano, pues no están apurados por llegar a sitio alguno puesto que. ¿A dónde es que hay que llegar?, tal como si preguntara el hombrecito de Agustín Bejarano, bajando la escalera para fundirse, en una hipotética decisión, con el público de la galería. ¿Vivir en la ciudad utópica de Roberto Diago? ¿encontrarnos ese volcán de Fabelo en la casa, en la ciudad, en medio de la Isla, sin saber qué hacer?

La galería Habana se suma así al calor de este tiempo que un día llamarán antiguo.

NELSON HERRERA YSLA

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