Se trata de hombres de diversas
estirpes, que profesan diversas religiones y que hablan en diversos idiomas.
Han tomado la extraña resolución de ser razonables.
Han resuelto olvidar sus diferencias y acentuar sus afinidades.
–Jorge Luis Borges, Los conjurados
De la primigenia oxidación al ciberespacio, esas huellas en polvo de estrellas que son las fotografías conforman una vasta constelación de imágenes: la captura de nuestro imaginario cultural, el mapeo en plata de imagos pasajeros, el espejo del inconsciente lacaniano, la sobreimposición de nuestro carácter efímero.
Abundan los íconos manipulados. Muchos diseñadores reinterpretan estereotipos. Los artistas los denominan intervención y, mediante la misma, buscan cuestionar modelos identitarios, historias oficiales. Tal no es el caso de los retratos de Alberto Tovalín Ahumada (México, 1961), autor de la muestra fotográfica Los conjurados, donde aparecen escritores mexicanos tanto de punta como noveles. Pero la luz nos llega cuando las estrellas han muerto.

No sólo algunos nativos sino también no pocos occidentales, desde el daguerrotipo hasta la fecha, se niegan aún a posar, pues temen que la lente del otro reduzca su alma, o su identidad, o la imagen que de ellos mismos se han construido. Quizás por ello el autorretrato ha cobrado un auge inusitado, siendo al parecer uno mismo el más autorizado para hablar de sí, cual si documentar la experiencia bastara para legitimar nuestro devenir. Comoquiera, registrarnos a nosotros mismos ha liberado la composición autobiográfica, generando impresiones estéticas que van desde la instantánea multitudinaria (y con ello el anonimato, personajes tipo perfiles, sombra) hasta la imposición de una perspectiva (la supuesta búsqueda de evadir el constructo).
Roland Barthes afirmó que la fotografía no puede ser cómica, pues el humor necesita movimiento en tanto se provoca al repetir el error. Susan Sontag, al considerarla lucha contra el paso del tiempo, critica la reificación del sujeto. Si Jeff Wall exacerba el efectismo al exagerar personajes y escenarios, Witkin ironiza por medio de tácticas de shock, provocándonos con naturalezas muertas que apelan a la ambigüedad perceptiva. A este respecto, Alberto Tovalín logra impregnar sus retratos de literatos mexicanos con el humor que lo caracteriza. Bien, pues aquí los autores no son cosificados; por el contrario, al despojarlos de los lugares donde comúnmente se les sitúa en cuanto literatos, aparecen sin plumas ni bibliotecas detrás: los humaniza. Mejor todavía, imágenes despojadas de efectismos, los rostros encarnan como tras el ojo de un fantasma que, como diría Javier Marías justamente respecto al escritor, “habla e influye, pero no siempre se deja ver; a veces desaparece o calla durante largo tiempo, en otras ocasiones arma grandes estrépitos con sus ficticias cadenas o intenta ahuyentar con su sábana blanca de intangibles palabras”. Así, Tovalín socava la recepción pasiva de lo que capta la cámara.
Jurar es afirmar o negar poniendo por testigo a Dios o a una autoridad. Y conjurar reside en exorcizar, dialogar con el Otro, sea demonio, canon o autor, en su versión de autocritas. Para llevar el verbo o a su cantor a su representación impele tanto salvaguardar del óxido al actor cuanto sublimarlo a través de una toma áurea más que argéntea, patinando cuando menos al representar al personaje, como sucede en Los conjurados, donde Alberto Tovalín logra abducirnos, en el sentido de que rapta, acaso por un instante, el alma efímera, nuestro sentido. Lente osmótica la suya, una vez más Tovalín atrapa a literatos mexicanos para despojarlos de sus armas, las letras, orillándolos a conversar con su cámara.
Si para Luis Felipe Fabre aquí la literatura es el fantasma, tales son algunos de los espectros que protagonizan cuatro generaciones dedicadas a las letras, los cuales en esta muestra fotográfica aparecen sin levadura editorial, sin solapas librescas ni almidonados cintillos. Con una curaduría propia, Tovalín capta a los escritores mediante una composición anticonvencional, poco canónica, por lo que sus retratos escapan del marco del retrato tradicional, sin llegar pese al blanco y negro, al experimento compositivo retro, tan en boga, o a la llana intervención pseudoconceptual. Si se temía que la fotografía raptara el espíritu, Tovalín potencia al autor empírico, su ágrafo poder encantatorio, de palabra mágica y chamánico perfil capaz de amordazar con la pura lengua. Aprisiona, así, el rostro, la muerte que ríe en el cráneo de mortales literatos.
Y es que, al modo de ver de Tovalín, “La exposición es una radiografía de los escritores mexicanos… Mi preparación como lingüista la fui desarrollando a la par que la fotografía… El rostro, la cabeza —esa parte pensante del cuerpo que es la cabeza; esa parte expresiva de la cabeza que es el rostro— concentran, a manera de una fuerza gravitatoria; las presencias humanas son casi accidentes del terreno, apariciones pensantes que rompen la textura premeditada del entorno”.
Autor de imágenes inusitadas, mentor de posturas que retan caras y cuerpos imprevisibles, Tovalín conjura a los autores para desmitificarlos, los baja del pedestal libresco para tener acceso a una imagen más terrena, aterrizado en Los conjurados otro rostro de las letras, como nos perfila a quienes conjuramos a san Jerónimo, abduciéndonos con una lente hipnótica, documentaria, enciclopédica y al mismo tiempo magistral.
MAYRA INZUNZA
