Sandra Cinto colocó en todo el centro del espacio de exposiciones de la galería una instalación que atraía al espectador a examinarla más de cerca, pero una vez se hacía, también realzaba las otras obras de la artista que se encontraban a su alrededor, y hacía que todo el salón pareciese un solo proyecto unificado, así todas las piezas no hicieran parte de la instalación. La pieza se refería al título de la exposición misma: The Journey after Gericault, y representaba varias impresiones de la famosa pintura de este artista, The Raft of the Medusa, que se encuentra ahora en la entrada principal del Louvre. Colgadas en una pared había siete impresiones que en realidad se identificaban con los tradicionales siete mares de antiguos relatos. La artista instaló un gran número de barcos de papel que llegaban hasta el piso, como si hubieran navegado a través de la galería, o caían al suelo desde la pared donde estaban las copias de la famosa pintura. La sensación de desplazamiento, viaje peligroso y la fragilidad de la migración tuvieron allí una representación verdaderamente poética.

Sobre otra pared la artista colocó tres marinas con las que formó un triángulo. La representación marina fue hecha en una forma que sugería en gran manera la estilización de Great wave at Kanagawa, de Hokusai; allí, estilizadas olas simulaban la fuerza del mar en movimiento, en una postura detallada y monumental. Las dos pinturas a los lados sustentaban la ilusión de una pirámide acuática, que parecía amenazante y opresora desde el punto de vista de los pequeños y frágiles botes de papel que se extendían ante ella. Aunque las pinturas no eran parte de la instalación, el hecho de que el espectador las viera todas en forma conjunta establecía una dialéctica que quizás no haya sido intencional pero que sin duda fue efectiva, por cuanto reforzó el tema de los viajes por mar. Aquí debemos observar que el tono de azul empleado por la artista en las marinas fue un preámbulo para el salón azul al final de esta exposición, donde todas las paredes estaban dedicadas a un azul celeste profundo que formaba gran parte del vocabulario de color de las marinas.
El comentario de Cinto sobre la inmigración y el desplazamiento es sutil y estético a la vez. Incorpora pensamientos perturbadores a un entorno por lo demás hermoso, que resuena con los muy atractivos matices de azul y la virtuosidad de sus pinceladas. Era precisamente debido a estos efectos embellecedores que la presencia de los barcos de papel se tornaba más conmovedora; el estar rodeada de pinturas que representaban mares embravecidos fue una adición muy acertada para la instalación de los botes. Además, tenía la cualidad especial de hacer que el espectador tuviera la ilusión de caminar por entre un sueño, un espacio fuera de la agotadora realidad de la vida cosmopolita contemporánea, que tenía visos perturbadores y, sin embargo, era muy atractivo.
La segunda sala de la exposición estaba cubierta de pinturas murales, formas muy delicadas que semejaban plantas que se arrastraban por las paredes, también en matices oscuros de azul, pero allí la sensación era de tranquilidad y paz contemplativa, como si la artista estuviera creando una capilla para brindar alivio después de las sensaciones percibidas en la otra área de exposición. Yo diría que esta capacidad de transmitir serenidad y paz es la característica más llamativa de la obra de esta artista; invita al espectador a un viaje de reflexión, replanteamiento y contemplación interior. Sin duda, era un paraíso, después de los pensamientos que despertaba el primer salón sobre la fragilidad del viaje y la incertidumbre del mar, y hacía que uno quisiera quedarse por más tiempo a saborear la experiencia.
ALBERTO BARRAL
