Hay un gran consenso en las características que se le atribuyen a la obra escultórica de Saint Clair Cemin y en los juicios críticos sobre él. Gran parte de esto está presente en su actual exposición, titulada como una de las obras de la muestra, Witness (Testigo). Si es que —como se ha dicho—, el título de cada obra invoca “asuntos universales filosóficos”, tal afirmación parece un poco, bueno, ¡forzada! El eclecticismo es la característica más mencionada y todos le reconocen que es un ser creativo inquieto y a menudo alegórico. ¡Veamos!
No tiene sólo un estilo ni utiliza sólo un medio, aunque sí se aferra a medios que se identifican con la escultura, como el metal, la piedra, la arcilla, la madera y el plástico. No hallaremos aquí pintura, vidrio, papel, metales frágiles ni objetos encontrados. Hay una inclinación ocasional hacia la instalación pero no mezcla géneros. El artista está enamorado de los materiales físicos tradicionales, su textura y contorno, su formación y cambios de superficie, sus efectos y procesos. Tiene una devoción seria aunque conservadora por la historia de la escultura, como escultura, a pesar de toda la retórica que ha provocado su así llamado rechazo a ser un escultor tradicional.

Sus referencias también son eclécticas dentro de su amplia gama de fuentes. Un espectador escribió que muy probablemente se podía encontrar un precedente escultórico histórico para cada una de sus obras. Otros han hecho énfasis en la proliferación de referencias no escultóricas, que van desde el mobiliario hasta los juguetes y la cultura popular. En esta exposición, ambas observaciones son acertadas.
The Artist (El artista) es un ensamblaje de bronce fundido de una figura colocada sobre una base de metal. La figura tiene el color blanco del yeso (con toques de rojo) y la base es de un bronce oscuro. El color y la superficie rugosa evocan un cruce de efectos de superficie entre Medardo Rosso y Jean Dubuffet. El cuerpo arqueado hacia arriba, con la cabeza hacia atrás y el cuello expuesto, invita a un paralelo con Woman with Her Throat Cut (Mujer con el cuello cortado, 1932) de Giacometti. Pero ésta es una estrategia tradicional, la grandeza por asociación, más que una creatividad inherente. ¡Pero el artista sí es creativo!
Mucho de su eclecticismo tiene la característica de ser divertido, a veces irónico y ciertamente “infantil”, un concepto preciado en el mundo del arte porque incita y guarda un ingenuo estado de creatividad. El retozo jovial está por todas partes. Los tiernos contornos biomórficos de Portrait of the Word ‘Why’ (Retrato de las palabras “Por qué”, 2008), nos dan la bienvenida al entrar. La obra evoca a las juguetonas criaturas vernáculas del surrealismo de Miró y Arp, pero ésta es uno mismo. El acero inoxidable muy pulido y brilloso, que poco coincide con el tacto orgánico de la forma, refleja nuestro rostro en su parte cefálica pulida y plana. Somos el retrato del porqué sin estar solos en nuestro “cuestionamiento”. El mundo que nos rodea también se refleja allí.
El antropomorfismo de los surrealistas, el movimiento con el que se alinea más a menudo, continúa en Testigo. Ha utilizado formas de sillas antes pero ésta parece una de las mejores. Otras han resultado aterradoras; ésta, a pesar de su altura de casi cuatro metros, nos hace querer tomarnos de las manos —o de las patas— con ella y dar un brinco de conejo por la senda que la lleva hasta la madriguera. Pero testigos ¿de qué? o ¿cómo? Es aquí donde reaparece el grueso de la problemática de Saint Clair Cemin.
La obra más espectacular de la exposición es el pulpo de tres metros en pátina de cobre que sostiene dos pequeñas casas en sus tentáculos. Se titula Allegory (Alegoría) y llega al núcleo de esa misma problemática. Cuando todo puede ser una alegoría, entonces nada lo es; la creatividad no logra informarse y se regodea consigo misma. La brecha entre, la destitución de la intención —tal vez— y lograr algo, es demasiado grande como para construirle un puente encima.
A lo largo de los años muchos han recalcado las divergencias en la obra de Clair Cemin, y aún más en su propio talento traicionado por sus propios coqueteos con el cambio, velados bajo el nombre de creatividad. Ya sea que uno escoja ver la parte desfavorable de esto —una calidad desigual en las obras podría ser un abordaje válido— o la positiva (que no le teme a tomar riesgos) o la negativa (la carencia de un discernimiento crítico), ya depende de nuestra propia estructura valorativa. Un ejemplo para mí es Violoncego, una viola de tamaño real, hecha de madera, pintada de rosado y con una manija de bronce superpuesta con la forma de una protuberancia, como la de los nudos de madera que se forman en los troncos de los árboles. Sin cuerdas, lo que la hace de un silencio ciego, podría vagamente recordarnos una fotografía de Man Ray, El violín de Ingres, pero su insípida parodia de carne rosada muere en el ámbito musical. ¿O es que se trata de un divagar alegórico?
Veo que mucha de esa ambigüedad se cubre bajo la rúbrica de una visión poética, del simbolismo, de la alegoría e incluso en nombre de un carácter crítico, es decir, el necesario destape de la antigua pretensión de buscar una totalidad, como reconociendo que la realidad es incompleta. Sin duda, nuestra realidad es parcial y hace parte de un mundo lleno de signos. Pero yo me pregunto, como lo hicieron Benjamin y Derrida (sin su profundidad), dónde y cómo trasladamos nuestro pasado vivencial hacia la imaginación alegórica. Cuándo, o es que ¿necesitamos realmente enfrentarnos al Retrato de las palabras ‘Por qué’?
RICHARD LESLIE
