A dos años de su muerte, Pablo Suárez (1937-2006) accede con esta exposición a la clase de homenaje que suelen recibir los artistas mucho tiempo después de su desaparición, cuando la verdadera dimensión de su talento aflora con ayuda de la distancia histórica. En el caso de Suárez no era necesario esperar: hace tiempo que es considerado uno de los artistas más destacados de Argentina, y su temprano fallecimiento no hizo más que acelerar el deseo de revisar su producción mediante una muestra voluminosa que abarcara sus diversas etapas. La magnitud de esta exposición, curada por Patricia Rizzo, no se agota en la cantidad de obras seleccionadas, sino que también se mide en su atípico y extenso cronograma de itinerancia nacional, que comienza en el museo Castagnino-macro de Rosario, continúa en el Centro Recoleta de Buenos Aires y sigue viaje luego hacia los museos Caraffa de Córdoba y MNBA de Neuquén.
Pintor y escultor figurativo, artista cultísimo y a la vez enamorado de lo popular, Suárez acuñó un estilo que no temió al exceso narrativo y al guiño paródico, rasgos que lo identificaron aun en tiempos dominados por otras tendencias menos estridentes como el conceptualismo en su versión más aséptica, el minimalismo o el abstraccionismo. Siempre un poco a contramano, y a la vez siempre vigente, Suárez hizo de su figuración grotesca una bandera, un cartel luminoso que sigue cosechando adeptos en el mercado y seguidores entre las nuevas generaciones de artistas, que desde los años 90 lo reconocen y admiran.

La exposición comprende formatos y técnicas variadas como corresponde a una muestra que, aun sin postularse bajo la idea de “retrospectiva”, en definitiva comprende la producción de distintas décadas y da cuenta de sus cambios y continuidades. En el nivel técnico, se trata de óleos y acrílicos de los años 70 y 80; piezas de resina epoxi con o sin inclusiones de otros materiales y objetos, característicos de su trabajo en los 90, y algunas pinturas y esculturas de los últimos años. En el nivel temático, se diferencian varias zonas de su interés, que avanzan y retroceden a lo largo de los años, pero sin dudas el sector más amplio se asienta en la mirada de Pablo Suárez —un poco burlona pero siempre afectuosa— sobre las clases populares urbanas, con sus personajes hiperestereotipados que buscaban, como él solía decir, una comunicación directa con el público. Los protagonistas anónimos de la marginalidad, las prostitutas, mendigos, taxi-boys, desocupados, sobrevivientes en general y buscavidas —personajes que también había tomado en su obra Antonio Berni, reconocida influencia de Suárez— son los héroes de su panteón personal, plasmado con un amaneramiento costumbrista pocas veces asumido por un artista contemporáneo con tanta libertad.
Otra zona temática rinde culto a la tradición paisajista rioplatense, y es acaso la más bucólica de Suárez, la más silenciosa y no necesariamente habitada por personajes. Pero la gran cualidad de su obra bidimensional y tridimensional tiene que ver con su modo peculiar de representar al hombre, y esto se verifica en una tercera rama, de corte más universalista, más humanista, en la que Suárez se plantea problemas metafísicos y existenciales. Son esos hombres desnudos de Suárez —hombres genéricos aunque sean velludos y tengan sus genitales a la vista; no es casual que entre sus figuras en resina no haya mujeres—, los que encarnan preocupaciones ahistóricas y atemporales, los que denuncian y llaman a reflexionar acerca de moralidades dudosas, callejones sin salida e injusticias de todo tipo.
Suárez daba un exacerbado sentido ético a todo lo que hacía, y en ese marco deben ser leídos otros aspectos de su obra, como su activa participación política en los años 60. Su famosa carta de 1968 a Jorge Romero Brest, entonces director del Instituto Di Tella, sentó las bases de un inconformismo radical que el propio Suárez fue moderando con el transcurso de los años, pero cuyo halo irreverente sin dudas flota entre las obras incluidas en esta merecida exposición antológica.
EVA GRINSTEIN
