La Galería 23 y 12 de la capital habanera ratifica su tradición de espacio de vanguardia, muy a pesar de los embates como espacio perteneciente a la red de galerías comerciales de la ciudad. Ellos han intentado resolver el viejo dilema vanguardia/mercado en exposiciones que tienen por fin su implicación con las problemáticas culturales y sociales de esta realidad. Su más reciente muestra, Loop, de los artistas Osvaldo Yero e Ibrahim Miranda (febrero/marzo) indaga en conexiones de carácter local y translocal al propiciar una perspectiva de acercamiento que nace de la propia génesis y evolución de ambos artistas, así como de sus respectivos destinos como individuos relocalizados de manera eventual o transitoria.

Para quienes no tenemos una estructura mental que se corresponda con la condición desde la cual se articula el discurso del arte parecería imposible entender cómo estos artistas logran traducir en imágenes experiencias y trayectorias tan disímiles y a la vez convergentes, y que tienden a la interacción y el devenir. Su estrategia se enmarca en la creación de círculos concéntricos de experiencias personales, que en su fluir se tornan públicas o más bien sociales. Formados en las aulas del Instituto Superior de Arte de La Habana, en lo que fueron las generaciones de artistas de los años 80 y 90, sus primeras obras estarían marcadas por la incursión en la esfera pública, donde se transformaban y tomaban nuevos sentidos las más caras expresiones de lo personal. Recordemos la primera etapa de grabados de Ibrahim Miranda: los que parecían recoger una sabiduría ancestral, ecuménica, en la parodia de estilos y funciones de antiguos bestiarios y manuscritos medievales, imponiéndose como código y experiencia universal, aun cuando vinieran de sus percepciones más personales. Sin embargo, experiencias posteriores lo remontaron al Proyecto Cubrecamas (1997-1998) que rebasaba los contornos habituales de la obra autónoma para, a través de cubrecamas, cobertores, alfombras y manteles hechos en la técnica popular del patchwork, ofrecer la vivencia de involucrar a sus amigos con la obra, hecho que a su vez trascendía museográficamente como juego que implicaba contextos de circulación, como la casa y los espacios públicos. En esta misma dirección Yero, con sus instalaciones de los años 90, se apropiaba de los prototipos de la yesería tradicional cubana y del kitsch vernáculo nacional, y aunque muy abarcadoras y transculturales en sus citas y referencias (Sueño de una noche de Verano, I love New York, El obrero y la kolhosiana, El corazón sangrante de Jesús, etc.), salvaba para el repertorio y la memoria cultural cubanos, todo aquello proveniente de otras fuentes.

Para esta ocasión, Ibrahim Miranda recicla, a través de pinturas y grabados que conforman instalaciones, todo un imaginario de mapas desde el cual hace algún tiempo nos habla de una cultura contemporánea nómada y del cuerpo como anclaje entre lo privado y lo público, el aquí y el allá. Islas monstruos que transitan por aquello de la insularidad. Viajes al infinito geológico, biológico e histórico de una isla en perpetua transformación. Nuevas cartografías de Islas devenidas ciudades, ciudades devenidas mapas; indagando siempre en el espacio de la mutabilidad, obsesionado con ese discurrir que va del pasado al presente y viceversa. Sus Mapas pueden ser constelaciones vistas desde cualquier punto; como el hombre de Nazca o como la nueva idea de un mundo global; se visten de síntomas de otras culturas, la asiática, por ejemplo, para mostrarse internacional y hablarnos de un conocimiento superficial y limitado del mundo, de una compleja y parcial “mundialización”, y de alguna forma de regreso, si se quiere, a lo individual.
En 1997, Osvaldo Yero se radicó en Canadá. El conceptualismo vernáculo de sus primeros años es depurado con una técnica y un material que permitían un mejor acabado y una rigurosa relación entre imagen y título, aludiendo a fenómenos como la migración por mar (Landmark) o los desplazamientos (Transplant). En una, 750 manos de porcelana en forma de lágrimas, y en diferentes tonos de azul, creaban un mar ondulante sobre la pared. En la otra, refería a la sustitución de un órgano viejo por uno nuevo a través de vasijas (órganos vitales con plantas sembradas), para abordar el cambio inminente que supone cualquier desplazamiento. Pero Yero también quiso retornar a imágenes de su país que han devenido universales y que también sintetizan las caras del viejo dilema vida-muerte-resurrección a través de la figura del héroe, en este caso, la famosa foto del Che de Korda y la también conocida foto del Che muerto en Bolivia, superpuestas digitalmente en una instalación.
Osvaldo Yero vuelve ahora a exhibir en La Habana, con su pieza Loop, 2008, que es la que da título a la muestra, a pesar de que numéricamente la museografía va a favor de Ibrahim Miranda. Un círculo rojo y otro negro se rozan para continuarse en el otro como opuestos y semejantes, iguales y diferentes. Conformados por hojas de cerámica cuyos dibujos se mueven entre lo vegetal y lo humano pero uno relativo a la vida y el otro a la materia orgánica putrefacta, ambos crean una suerte de mandala doble, vinculados a esos procesos continuos, a esa complementariedad que es Vida y Muerte, como ciclos que comienzan y terminan, que se excluyen o se atraen en el permanente sentido de sacrificio que es la existencia.
Osvaldo Yero ha vuelto a encauzar sus pasos hacia el punto de la partida; Ibrahim Miranda los encamina hacia el más allá de sus límites físicos y geográficos. Un juego perpetuo que empieza, termina y vuelve a empezar.
DANNYS MONTES DE OCA MOREDA
