La presentación de las obras recientes del artista argentino Nicolás Robbio en la Galería Nueveochenta de Bogotá abre el escenario, a través de una excelente individual, a un diálogo necesario entre jóvenes artistas de Latinoamérica y de otras latitudes, que comparten inquietudes por formas representativas en las que lo real se entiende como un universo incierto, y en tanto, de rico contenido abstracto.
Se comienzan a relacionar de esta manera en Colombia nuevas visiones que hacen evidente el agotamiento de muchas líneas críticas marcadas por la fuerza de lo documental, y en consecuencia, se empieza a dirigir así la atención hacia los autores de otros procesos interpretativos, en los que lo concreto y testificable del mundo visible han pasado a ser objeto de serios cuestionamientos. La importancia de este tipo de señalamientos radica en que a través de ellos pueden madurar las dudas que necesariamente deben surgir para dar paso a nuevas formas perceptivas, y por lo mismo, a nociones de realidad más amplias y capaces de incluir órdenes hasta el momento fuera de foco, poco conocidos y excluidos por la mayoría de sistemas actuales.

En la propuesta de Nicolás Robbio, como en la de otros jóvenes creadores colombianos —entre los que cabe destacar a Mateo López y a Nicolás París—, la más delicada expresión del dibujo constituye un herramienta expresiva fundamental para generar una idea inestable de lo aparente y para reubicar así al observador común en las olvidadas problemáticas de la visión y de la perspectiva. Estos aspectos, en esa medida, conducen también a una reconsideración de la poética de la imagen, que ha sido desplazada, e incluso, desacreditada, a causa de la popularización de la fotografía y del video, así como de la afirmación insistente de una concepción mediática de la realidad.
Por esa misma razón, es claro que resurjan en las obras de estos jóvenes artistas problemáticas clásicas o prefotográficas de la percepción, que en la complejidad de este punto histórico tienen aumentada la potencia y la magia del pensador que sabe descomponer y descodificar el mundo que organiza, aplana y condensa cualquier forma de representación, como puede ser la fotografía. En ese sentido, es claro también, que en las obras de estos artistas gane tanta importancia la expresión del espíritu de lo visible, es decir, de la esencia a partir de la cual se configura una imagen o una idea.
Específicamente, en la obra de Nicolás Robbio, en la que en un gran número de casos la imagen es un asunto intangible, la expresión de lo esencial se reconoce en todas sus preocupaciones expresivas, en los planos filosófico y material.
Las imágenes con que este artista enfrenta al espectador se estructuran en lo fundamental a partir del encuentro de la luz y de la sombra, de lo representado (el dibujo) y de lo real (el objeto, o también la luz y la sombra). Por lo general, las creaciones visuales de Nicolás Robbio son una combinación de lo que es reconocible para todos con aquello fugaz y abstracto que sólo en los ojos de un artista se torna perceptible, y que, por lo mismo, él enfatiza. El ejemplo más claro de esta forma de proceder lo constituyen las “geometrías accidentales”, que son las configuraciones geométricas que el artista detecta en una dinámica de vida pública cualquiera, como puede ser el cruce aleatorio de los transeúntes en una vía de circulación cualquiera.
En el video de un aspecto tomado al azar del paso de la gente en la cotidianidad urbana, el artista traza conexiones móviles de un transeúnte a otro, de las cuales se ven surgir triangulaciones y otras estructuras básicas, que dibujan algo así como un mapa astronómico que aparece espontáneamente para luego desvanecerse en las mismas calles en las que se arma.
Esto, instante tras instante, entre la actividad de múltiples y anónimos sujetos y en el continuo cambio de las circunstancias entre las que ellos se mueven.
Esta lógica contribuye a interpretar de paso los detalles imperceptibles con los que el artista interviene los espacios de exhibición en los que trabaja, que se logran entender como conectores mínimos de profundo significado. Lo propio ocurre con las proposiciones dibujísticas y objetuales que Nicolás Robbio organiza en las mesas-cajas que construye. Esas imágenes son imposibles de descifrar sino se activa la luz que el artista dispone estratégicamente para que sean traspasadas. Cuando la luz se enciende, aparece el verdadero universo creado por el artista, a partir de los trazos y los volúmenes generados por las sombras.
Sin el poder de la luz, el escenario está únicamente dispuesto a ser activado, su significado está a la espera del interlocutor que le da un sentido. Así, con la admirable eficacia de poquísimos elementos, el artista le otorga una voz diáfana a la conversación mutuamente transformadora que mantienen el mundo inmanente y el corpóreo o material.
Con esos mecanismos mínimos el artista conduce al espectador por los circuitos en que se mueven los secretos del mundo de las formas. Éstos, a pesar de la sencillez de las estructuras a las que recurre el artista, de ninguna manera se pierden en el simplista sendero de lo explícito. Por el contrario, mantienen su expresividad en un sentimiento leve, suspendido.
MARÍA IOVINO
