Tres dibujos monumentales al óleo, carboncillo y pintura brillante sobre tela, realizados en 2007, y una instalación, constituyen la exposición de Nicolás Leiva, titulada Oscuro y verde ajeno. La instalación de pared, de más de un centenar de elementos realizados el año pasado y al inicio de éste, está resuelta en cerámica —mayólica con platino— y circunscrita por un delineado rojo de contorno trazado directamente sobre el muro. El espacio recibe al espectador con una sensación de sobrecogedor mundo ritual y lúdico. Uno parece penetrar y comenzar a formar parte de movimientos de un mar con navíos piratas, o de la visión de una extraña selva vista desde la terraza de un edificio, o bien uno parece enfrentarse al surreal crecimiento de chimeneas tortuosas, o de tener el poder de visualizar una ciudad, el exterior de un castillo y el interior de una vivienda. Casualmente, es esto, el interior de una vivienda, lo que generó esta exposición.

El artista comenzó a realizar los objetos en cerámica, en relación con distintos espacios de su casa-taller, reflejándola, pensando en formas complementarias y en signos propios de cada lugar del hábitat. Asimismo, en algunos sectores de los monumentales dibujos-pinturas, el tema de la casa también se desarrolla. De esta manera, referimos los sutiles puntos de unión entre las obras, para el espectador que no haya visto la exposición. En uno de los dibujos, la casa se ve desde arriba, en escorzo. Como relación entre los dibujos-pinturas y la escultura, se puede asociar el perímetro lineal del corte arquitectónico en la pintura y sus coincidencias con la línea roja de la instalación. Con este par de componentes de diversos materiales y técnicas, Leiva dinamiza una narrativa de orden surrealista personal, involucra al veedor en el exterior y en el interior de su espacio de trabajo y entrelaza elementos fantasiosos. La arquitectura real, arquitectura orgánica, arquitectura plena de tubos conectores y remates apuntados como cuernos, como satélites y herraduras, funge de invención a la par que de selva orgánica de seres gigantescos, no amenazantes, que en prácticamente nada se parecen a los humanos, excepto en los rítmicos movimientos que parecen danzar al compás de algún son afrocaribeño.
Dos metros setenta por tres metros noventa (9 x 13 pies) mide cada tela —llegan prácticamente del piso al techo—. Un burbujeo de imágenes habita intensamente la superficie de las telas, en un horror vacuis sui géneris. Las obras son cálidas, aun a través de una paleta que abarca la escala del blanco al negro y sólo algún ocasional elemento en otros colores. Son las formas y los movimientos los que vibran con algarabía. Es la multitud de cuerpos y formas, filamentos y remates, lo que lleva a imaginar que ese bullicio visual sólo podría darse en colores intensos y diferentes. Sin embargo, el movimiento y las infinitas texturas visuales dibujadas provocan imaginar una supuesta sonoridad colorística. Las comas plásticas en negros saturados son como navíos que transportan azules semiocultos y ángeles de diversos órdenes, en complementarios tonos arena-rosados.
La composición de las gigantescas telas incluye amplios caminos o alfombras mágicas que parecen invitar al espectador a entrar por allí. La simetría es evidente. En el curvarse y estirarse, se alternan paralelepípedos ‘vestidos’ de rayas blancas y negras, más anchas o más angostas, con otros ‘seres’ de cuerpos tubulares con colgijos, ‘brazos’ y numerosos aditamentos tribales. En dos de las obras, una especie de barda de gran altura limita el mundo interior, el cual a su vez está tratado con detalle. Se observan altos muros que…, como es frecuente (en Cuernavaca), estos altos muros rodean las casas y no dejan ver el interior. Otra de las configuraciones que constituyen el decir estético de Nicolás Leiva es el uso de la geometría que se va haciendo cada vez más sintética.
GRACIELA KARTOFEL
