Exposición Individualsept 2008 - dic 2008· Por Christine Frèrot

Leandro Berra

Galerie Claude Samuel

En la última exposición en París del argentino Leandro Berra (1956), se pudieron ver autorretratos realizados por enfermos del Hospital Psiquiátrico de Buenos Aires Doctor Domingo Cabred —también llamado “Colonia Open Door”-— asociados a fotografías de estos mismos enfermos tomadas por el artista. En la exposición se presentaba igualmente, un video de 20 minutos, concebido por Berra como otra serie de retratos, en el que los enfermos son filmados individualmente y en tiempo real. Estos autorretratos fueron realizados con ayuda de un software especial norteamericano llamado Faces, utilizado comúnmente por la Policía para realizar retratos hablados de delincuentes o criminales. Leandro Berra, que posee este programa, ya lo había utilizado en una exposición anterior1 en donde había invitado a personalidades culturales y familias anónimas a realizar su autorretrato.

Exposición Individual: Leandro Berra — imagen 1
Leandro Berra. Pedro, 2006. Identikit de Pedro realizado con el programa FACES y su retrato fotográfico. Impresión blanco y negro Piezography. 48 x 68 cm. (18 ¾ x 26 ¾ pulgadas).

En Open Door, los “creadores” ocasionales son personas marginalizadas social y psicológicamente, debido a su enfermedad mental, en la mayoría de los casos, esquizofrenia. Los veinte retratos dobles expuestos y presentados en dípticos corresponden a igual número de enfermos internados que aceptaron la propuesta de Leandro Berra y realizaron voluntariamente este difícil ejercicio sin espejo ni fotografía y en una sala común, bajo el ojo de la cámara del artista. Cada retrato doble de la exposición se compone de una fotografía en blanco y negro de la persona escogida, tomada por el artista, al lado de la cual se reproduce, también en blanco y negro y en el mismo formato (40 x 28 cm), su autorretrato imaginado, presentados ambos de modo frontal, con un encuadre cerrado, sin profundidad de campo, un poco como una fotografía de carné de identidad. La primera impresión que se desprende al observar los “verdaderos” rostros de estos hombres, de diferentes generaciones, es su actitud apacible o torturada, verdad externa que revela, en algunos de ellos, gran parte de su sufrimiento interno. Luego la mirada se dirige a sus retratos imaginados y descubre un contraste flagrante entre éstos y el retrato “original”, puesto que los enfermos prefirieron —en su mayoría— mostrarse bajo los rasgos de una juventud serena donde aflora una cierta feminización de los rasgos, que tal vez se deba al tratamiento de la imagen producida en computador, cuya textura aterciopelada se asemeja al dibujo. Evocación de una nostalgia de la infancia y/o rechazo a su estado actual, la memoria aflora a la superficie durante este acto excepcional, como una reminiscencia de ideal. Sus “nuevas” miradas, frontales y directas, parecen interrogar al tiempo. ¿Podrán escapar por un instante del sufrimiento de su historia?

Esta utilización particular de una técnica policíaca de búsqueda de la verdad —que tiene, por otra parte, sus propios límites en las normas físicas propuestas—, en beneficio de una aplicación al campo del arte, plantea varios tipos de preguntas, en particular, éticas. Lo que nos interesa aquí son las cuestiones filosóficas y estéticas que tal intervención suscita, fuera de las razones puramente psicoanalíticas que causaron el internamiento de los enfermos. El desdoblamiento del hombre en Dios o animal, o del animal en hombre y Dios, atraviesa la historia desde el arte del Egipto faraónico hasta las civilizaciones cristianas, exacerbándose durante la Edad Media. Creencias divinas y supersticiones dominan entonces el pensamiento. Habrá que esperar a Freud para que el hombre comience a conocerse y admitir la conciencia de sí mismo. Pero durante todo este tiempo, la conminación de Sócrates, “Conócete a ti mismo”, tomada de la inscripción que estaba grabada en el frontis del templo de Apolo en Delfos, y la conclusión de Voltaire en su Cándido, incitando al hombre a “cultivar su jardín”, no son más que dos caras de la misma incertidumbre, aquella en la que se confirma otra aserción del filósofo griego: “Sólo sé que nada sé”.

Esos autorretratos dobles son la prueba terrible y contundente de todo esto. El traduttore traditore se puso aquí manos a la obra. Si vemos a los enfermos claramente desconcertados (como se observa en el video) por la serie de elementos que han sido puestos a su disposición para reconstruir sus rostros, ya sea la nariz, la boca, los ojos, las orejas o los cabellos, se muestran, a pesar de todo, muy concentrados y atentos. Y lo más desconcertante para ellos no es sólo la infinita variedad de elementos propuestos –—variedad que provocaría el desconcierto de cualquier mortal — sino la solución de la famosa pregunta: “¿Quién soy yo?”, pues si bastara con decir “pienso, luego existo” y, en este caso, “existo, luego soy”, todo sería sencillo para todos los seres, sin excepción…

Del realismo de los retratos del Fayoum, en Egipto, a las representaciones idealizadas de los emperadores romanos, de las caricaturas grotescas de Goya y Velázquez a los autorretratos de Durero y Rembrandt hasta Francis Bacon, para no citar más que algunos, la cuestión de la identidad atraviesa el retrato, así como el autorretrato, e influye sobre su idealización o su veracidad. Lo que estos enfermos mentales hacen, consciente o inconscientemente, no es otra cosa que la difícil búsqueda de un detalle que les sea familiar, para encontrar una identidad perdida. Si la enfermedad es la pérdida de su propia imagen ¿Cómo medir entonces en estos enfermos el esfuerzo mental que exige la reconstitución de sus propios rostros? ¿Cómo no creer que sea un desafío casi insuperable para ellos, cuando la memoria se encuentra a ese punto alterada? ¿Cómo evaluar entonces el resultado y el valor estético del concepto aplicado por el artista?

Es en ese momento que uno puede plantearse la pregunta sobre la presencia/ausencia del artista, del creador y mediador Leandro Berra, sin el cual estos autorretratos no estarían organizados como están. Así, pues, unos artistas ocasionales (los enfermos) y un artista con estatus definido están presentes y conjugan sus esfuerzos para crear una obra. Si la responsabilidad del artista es indiscutible y si no se puede confundir el papel de cada uno, no por ello es menos cierto que estamos aquí ante una situación totalmente inédita en la que el trabajo se realiza a cuatro manos, con un mismo objetivo: el autorretrato de sí mismo y el retrato del otro. El artista se borra y se convierte, simultáneamente, en el artesano de ambos procesos en los que el acto de creación es doble, pero sigue siendo él quien tiene la última palabra para hacer posible la obra final, la que vemos aquí expuesta.

Renacimiento o transfiguración del yo o del ego, estos autorretratos son forzosamente incompletos y, por lo mismo frágiles, pues su “realidad” está sometida a los límites del programa de computador y al extravío de la memoria. Ante esos hombres que han sido puestos en situación de describirse, uno puede preguntarse respecto a la existencia de un discurso sobre ellos mismos y a cuáles son sus motivaciones para escoger los detalles del rostro. No podemos evitar pensar que hay algo de religioso en este gesto, como un milagro, el de recuperar, por un corto instante, una eterna juventud, para volverse inmortal. En efecto, los interrogantes son muchos y apasionantes puesto que se refieren a ese otro yo, ese doble yo que evocaba Rimbaud, tema atesorado por Leandro Berra y que atraviesa su obra desde hace largo tiempo. Lo físico y lo mental se involucran, y aunque las herramientas hayan cambiado, son los meandros de la memoria los interrogados. Selectiva, consciente o inconsciente, la imagen de su persona que escoge cada protagonista será siempre una parte de sí mismo que él quiere dar a conocer a los demás. Es el riesgo del juego, el de descubrirse, pero es también la posibilidad de comunicar esta parte oscura, soñada o imaginaria de cada uno, en un deseo simultáneo que hace que uno se esconda, al tiempo que se está exhibiendo.

Pánico y regocijo pueden entonces asociarse. Los retratos dobles de Leandro Berra provocan sentimientos contradictorios y nos invitan a esas muchas reflexiones que afectan la fragilidad de nuestra propia identidad. Ellas nos remiten a la parte de misterio, desconocimiento, rechazo u orgullo de sí que nos habita y que estos enfermos nos entregan sin estrategia, sin cultura de la imagen, en ruptura de vínculo con un mundo del cual tratan de reconstruir aquí un maravilloso fragmento.

NOTA

CHRISTINE FRÈROT

Leandro Berra, por Christine Frèrot | artnexus