La muerte y el río, la más reciente exposición personal de Juan Manuel Echavarría, tiene nombre de fábula y fondo de leyenda popular. Puerto Berrío, a orillas del río Magdalena, en Colombia, es testigo de una “operación de salvamento espiritual”. En el cementerio del lugar se yergue un mausoleo con los restos humanos que los habitantes del pueblo han encontrado y rescatado del agua. Son los “NN”, título con que Echavarría llegó a identificar el proyecto, y qué significa “Ningún nombre”, desconocido.
Durante una mesa redonda realizada en El Museo del Barrio con motivo de la exposición Los desaparecidos (2007), Echavarría había comentado sobre este conmovedor hallazgo. En su recuento narraba cómo los habitantes del lugar rebautizaban los restos, les atribuían milagros y traían ofrendas. Los atendían como a sus propios muertos, a gente de la misma carne. De ahí surgió el título con que ahora se denomina el proyecto: Escogidos.

En la galería, Echavarría reconstruyó parcialmente el Monumento de Puerto Berrío. Constaba de 65 nichos de 20 x 20 pulgadas reproducidos fotográficamente y colocados en cinco filas de trece columnas. El mural resultante ocupaba la pared principal del espacio. En términos plásticos, es de notar que el artista no utilizó las imágenes de todos los nichos –lo que podía comprobarse gracias a que se incluía en la exposición una fotografía panorámica del mausoleo de marras, rodeado de un intenso verde del césped–; por el contrario, Echavarría seleccionó nichos que aparecen intervenidos y poseen atractivo visual. Luego los reagrupó en una composición única. (Podría decirse que el mural fue la única pieza de la exposición, si no fuera por la foto panorámica y otras impresiones con detalles de los nichos. Por cierto, este efecto de zoom-in zoom-out resultaba acomodaticio y restaba fuerza al monumento.)
Al construir el mausoleo reajustándolo, Echavarría se separa de la línea de trabajo que venía desarrollando con Bocas de ceniza (2003-2004), una serie de videos que lo catapultó al reconocimiento internacional. En esa serie, el artista recogía y mostraba sin alteraciones las canciones populares compuestas y entonadas por sobrevivientes de masacres y otros actos de violencia. En otras palabras, Echavarría ofrecía reemplazar literalmente su propia voz con la de estas personas; testigos que temían ofrecer su relato por temor a represalias. Asimismo, emplazaba una ambivalencia en el título de la obra (Bocas de ceniza), pues el espectador podía entenderlo como una alusión directa al drama de los protagonistas, mientras que se refería también a la toponimia colombiana, en específico a la desembocadura del río Magdalena en el Caribe, que así se conoce. Así, la pieza infundía cierto aliento trágico al paisaje local.
En el Mausoleo de Puerto Berrío, la voz de la gente común está sugerida en inscripciones lapidarias como “Gracias NN por los favores recibidos”, “Especial Carlos Mario saltan senderos” o “Milagros”. Pero también al vocabulario visual que cada individuo utiliza para homenajear a su “protegido”. A diferencia de los videos, en donde el registro documental de los cantos era el meollo estético, en Escogidos la imagen pasa a ser la protagonista. Ella determina la selección, el registro y la eventual configuración del mural. En otras palabras, este proyecto consolida una mirada de artista visual sobre la narración y el contexto.
Echavarría procede de la literatura, habiendo publicado varias novelas. No es extraño, pues, que su acercamiento haya adquirido por momentos la forma de una historia contada. En ese sentido, el video le había servido como vehículo idóneo. Lo importante, sin embargo, es que su transferencia de un campo a otro no se dio como el típico juego intertextual-erudito que ha caracterizado a muchos escritores-artistas. Por el contrario, él procuró limpiar el lente y girar su atención hacia las manifestaciones de la cultura popular como los creadores de un discurso poético desde el punto en que se cruzan los fuegos del conflicto colombiano. Primero Echavarría las presentó, en lugar de representarlas; luego las interviene con sutileza y respeto. Eso explica la frescura –no reñida de dramatismo– con que llega al espectador el tema de la violencia.
Al servir de canal para transmitir el mensaje articulado por los sobrevivientes de Bocas de ceniza o los cuidadores de restos anónimos en Puerto Berrío, Echavarría parte del tema que ha definido gran parte del discurso sobre el arte colombiano desde hace décadas, pero también lo rebasa. Como tuvieron que hacerlo los protagonistas de sus historias, el artista nos ofrece la salida humanamente posible a las situaciones inhumanas con las que se enfrentaron aquéllos.
ELVIS FUENTES
