Días atrás, una muestra de fotografía
en la Galería Servando Cabrera, La Habana, nos devolvió nuevamente el poder
seductor de imágenes entresacadas de la realidad objetiva, de aquello que se
ve, o que algunos no ven, y que están ahí, a simple vista, sin manipulaciones
técnicas ni complejas elaboraciones escénicas tan caras en estos tiempos, ni
siquiera apoyada en recientes efectos especiales más propios del cine y el
video.
Se trata de una sencilla exposición de fotografía de José Luis Díaz, joven y desconocido prácticamente en el ámbito de la visualidad cubana, cuya línea autoral y curatorial rehúye toda pretensión y obsesiones por llamar la atención de crítica y público. Puras imágenes de la cotidianidad: un muro con proyecciones de sombras, una tendedera de ropa, el reflejo de la lluvia sobre el cristal, la tapa de un registro eléctrico urbano, un bote olvidado, casi muerto, hundiéndose en sus aguas: eso son tales imágenes en blanco y negro de gran formato, a la manera de cuadros tal vez, de pintura abstracta y figurativa en coherente convivencia, matizadas por un minimalismo que apunta a la sencillez de cada composición.

Ya está exploración renovada del género, tendencia pictorialista si se quiere decir con más propiedad, había ganado adeptos en otras muestras de los últimos años en nuestro país, incluso expuesta de manera grupal, colectiva, como en aquella exposición de seis jóvenes fotógrafos cubanos, El arte no es para entenderlo, curada por Mabel Llevat, aun cuando sus propósitos eran otros al parecer. No hace mucho, Lindomar Plasencia daba fe de ello en registros de fragmentos arquitectónicos que exhibió en grandes formatos, como persiguiendo también un acercamiento a lo pictórico que la fotografía es capaz de dar y de sobrepasar si se lo propone.
Jóvenes fotógrafos estos que buscan el diálogo multidisciplinario, la cita culta, la complicidad con un espectador avisado, informado de tendencias y movimientos que han enriquecido la historia de la fotografía en Cuba: ahí está la excelente muestra de José Manuel Acosta, uno de los pioneros de la fotografía cubana moderna, en la Fototeca de Cuba, meses atrás, para corroborar esa tradición que se mantiene viva, como muchas de nuestras poderosas raíces culturales.
Hay pluralidad, por suerte, en la fotografía cubana, como en todo el espectro del arte contemporáneo, y cuando digo pluralidad estoy pensando, sobre todo, en René Peña, quien no descansa en sus indagaciones poéticas, formales, obsesionado por la riqueza del cuerpo, por la cantidad de lenguas y dialectos que éste es capaz de emitir sin usar una sola palabra. Nos sorprendió otra vez, gratamente, su muestra en la galería 23 y 12 a fines de 2007, fiel a un discurso personal que se remonta a los últimos tiempos del siglo pasado y que posteriormente le valió el Primer Premio en la IV Bienal Centroamérica y del Caribe, celebrada en 2001, en República Dominicana, así como otras revelaciones significativas a lo largo de su debut del siglo XXI. El más teatral de nuestros fotógrafos puso en evidencia la riqueza de la luz y de las sombras —caras como siempre a la fotografía—, del gesto humano, de su propia piel como un metalenguaje que nos acompaña siempre, y nos hizo reír de manera solapada, nos hizo pensar en medio de emociones encontradas que buscaban rasgos familiares con otros fotógrafos y otras culturas, libre de apropiaciones y entrecruzamientos plenos de belleza, sin prejuicios ante la creación. Aunque Peña es, quizás, el fotógrafo cubano más apegado a una estética personal basada en el cuerpo y que ya tiene largos años de existencia la cual asumen también con fuerza Cirenaica Moreira, Daniel Hernández, Eduardo Molto, se desmarca de lo que de manera colectiva se manifiesta en las más recientes producciones del género, y no por ello se hace raro, difícil, sino único, diferente, algo que no ocurre con José Luis Díaz Montero, quien continúa una de las líneas centrales de la historia de la fotografía casi desde su descubrimiento a mediados del siglo XIX.
Con el auge de las revistas de fotografía, especialmente norteamericanas, muchos fotógrafos, avanzado ya el siglo XX, trataron de prestigiar el género al acercarlo de manera evidente a la pintura, a sabiendas de que se trataba de expresiones bien distintas entre sí: no dudo que resultase un vano intento de rendir pleitesía a una de las más sólidas y sacralizadas entre las llamadas bellas artes, de aceptarla como una enemiga íntima, a pesar de que muchos vieron en aquel descubrimiento, en aquella nueva técnica, el inexorable fin del cuadro y de todos los retratos y paisajes que en el mundo habían sido.
Esto sucede en casi todas las expresiones artísticas: pareciera una eterna lucha de clases visual cada vez que surge una nueva, cuando no es otra cosa que una extraordinaria y fructífera carrera de relevos en busca del conocimiento, de enfoques y perspectivas inéditas en nuestra percepción, de hacer siempre más visible aquello que no podemos ver o alcanzar con nuestros sentidos empeñados a veces en otras cosas más comunes y terrenales.
En este sentido, el importante teórico alemán Boris Groiz, durante sus charlas en La Habana en fecha reciente argumentaba que el arte no es más que hacer visible aquello que el hombre ignora, desconoce, o no está en capacidad de ver adecuadamente y en esa línea se ubican dos de las series de las fotografías de José Luis Díaz: Sin pasar por alto y Sombras y reflejos, expuestas en su muestra Ubicuidad, quien propone, de modo coherente, orgánico, una nueva visión del paisaje, sea o no urbano. Para ello acude a sus fragmentos, desinteresado de la totalidad que hizo época tanto en la pintura como en la propia fotografía: un tornillo oxidado y colocado dentro de la imponente estructura de un poste de alumbrado público, pasa inadvertido en el conjunto de la ciudad, sin embargo, ahí está el fotógrafo para que no lo olvidemos y nos deleitemos en él, pensemos, reflexionemos.
Casi todos observamos el mar, el débil o poderoso río, pero en pocas ocasiones nos damos cuenta de ese maltrecho bote que un día los surcaba como dueño de todas esas aguas y que ahora se acerca a su fin o al total abandono humano. Lo mismo pasa con el movimiento danzario que propicia una camisa lavada y tendida al sol y al viento: parece una escultura, al quedar atrapada instantáneamente en su reflejo digital por una cámara nueva que deja atrás el laborioso mundo del revelado, los productos químicos y los cuartos oscuros.
Son objetos que articulan códigos estéticos propios ante nuestros ojos. No son metáforas de algo, de otras vidas e instancias sino renovadas articulaciones formales, gracias a la sensibilidad de este fotógrafo que se empeña en sacarlas del anonimato en que siempre han estado. Y lo hace mediante una rica asimilación de texturas, luces y sombras, en aras de transmitirnos componentes del lenguaje artístico tradicional, ahora puestos en función, una vez más, de la fotografía que nunca renunció a ellos a pesar de los cambios y transformaciones que se han suscitado en ella a lo largo del siglo XX.
Vuelve otra vez la fotografía a exaltarnos el ojo, la curiosidad por el mundo material en que vivimos.
NELSON HERRERA YSLA
