Montevideo, debe ser la ciudad latinoamericana menos afecta a la creación de nuevos museos. El Estado no se preocupa en ampliar el espectro museístico ni tampoco de actualizar los existentes que, si bien hay muchos dedicados a diferentes áreas de la historia nacional, pequeños y deficientes en su acervo, los referidos a las artes visuales se reducen a dos, el Museo Nacional de Artes Visuales, fundado en 1911 y renovado en 1969, y el Museo Municipal Juan M. Blanes, de 1928, el nombre del mayor pintor nacional del siglo XIX. Ambas instituciones cumplen, con el pasado y el presente, especialmente el primero por donde circulan las grandes muestras del exterior. No obstante, falta un museo de arte contemporáneo para poder ver en permanencia los nuevos lenguajes surgidos en las últimas décadas y que varios talentos nacionales han incursionado con hallazgos dignos de difusión como las instalaciones.
Las iniciativas privadas han cumplido más que las públicas. Así se mantiene el monográfico Museo Joaquín Torres García y ahora, desde 2005, el Museo Gurvich, emprendimiento de la Fundación Gurvich. Ubicado en la Ciudad Vieja, un circuito de centros culturales importantes, que ha tomado incremento en la actualidad, el Museo Gurvich ocupa un antiguo local, rentado, adaptado a las nuevas necesidades funcionales y cuya fachada fue declarada patrimonial. Ocupa una superficie de 750 m2, consta de seis salas distribuidas en tres plantas, y un acervo de 256 obras (murales, óleos, esculturas, dibujos y objetos), Las obras pertenecen a la colección de los descendientes del artista, María Julia Añorga de Gurvich y Martín Gurvich, cedidas en calidad de préstamo durante treinta años. Cuenta con sala de exposiciones temporarias, biblioteca, archivo a disposición de investigadores (con más de mil fotografías, cartas, escritos originales, colección de catálogos y publicaciones relacionadas con el Taller Torres García y el propio artista), cafetería y una pequeña tienda de objetos varios.

La dirección ejecutiva del Museo Gurvich pertenece a Silvia Listur y su objetivo es establecer una política de participación y diálogo con la comunidad, en la exhibición temporaria de artistas estrechamente vinculados a la escuela torresgarciana pero también a otras tendencias estéticas de actualidad. Desde el comienzo, desarrolló propuestas educativas de acuerdo a diferentes niveles etarios y de intereses, conciertos, charlas, conferencias, entrevistas a personalidades, teatro infantil y visitas guiadas a escolares. Además, el museo promueve tareas de investigación sobre la obra de José Gurvich y áreas temáticas más abarcativas como el arte en espacios públicos.
El Museo Gurvich, como otros museos monográficos centrados en un solo artista, permite conocer su obra en profundidad, recorrer las diferentes modalidades expresivas, ver los diferentes períodos transitados a lo largo de una vida, establecer comparaciones y extraer observaciones más intensas.
En la muestra que transcurrió de abril a julio de 2007, con el título Murales TTG (Taller Torres García), el Museo Gurvich sorprendió por el extraordinario esfuerzo de juntar en sus salas numerosos murales dispersos y trasladables de los integrantes: Francisco Matto, Augusto y Horacio Torres, Gonzalo Fonseca, Manuel Pailós, Guillermo Fernández, además de proyectos, bocetos y fotografías de aquellos no trasladables. Así, fue posible verificar la vocación torresgarciana de la integración del arte a la ciudad, la democratización de un lenguaje colectivo, hecho para la colectividad. La experiencia fue estimulante. Lejos de unificar en una componente única, se pudo observar la diversidad dentro de la unidad, la marcada personalidad de cada artista, de un discurso personal fácilmente identificable, así como la vigencia a través del tiempo, la originalidad de que informa cada propuesta, la gozosa libertad de sus integrantes.

El nomadismo caracterizó a José Gurvich siguiendo el destino de tantos otros artistas judíos. Nació en la aldea de Yestmev, Lituania (una de esas pintadas por Chagall, también lituano), con el nombre de Zusmanas Gurvicius, el 5 de enero de 1927. Creció allí hasta los seis años y el recuerdo nostálgico de la tierra natal, de su infancia poblada de cuentos y leyendas, a la que nunca volvió, permaneció después que sus padres emigraran a Montevideo. Siempre ligado a la comunidad judía, continuó su educación, alternando largas jornadas de trabajo, con una vocación dividida entre la música y la pintura, hasta predominar la expresión plástica finalmente al contacto con el maestro Torres García, figura carismática del arte latinoamericano. Vivió luego como pastor en un kibutz en Israel, otra experiencia fundamental, decisiva, viajó por Europa, volvió a Uruguay y finalmente se radicó en Nueva York, donde tuvo una muerte joven, repentinamente, a los 47 años.
Esa errancia geográfica, propia de la diáspora judía, no le impidió mantener su identidad cultural y su adhesión insobornable al terruño adoptivo, de preferencia uruguayo, aunque su obra va registrando, como un libro de vida, las instancias israelíes y estadounidenses. Es que Gurvich tenía esa rara cualidad humana de sentirse a gusto en suelo extraño, de plegarse, aún con dificultades, a sensibilidades e idiomas desconocidos. Era un espíritu abierto y dadivoso, con capacidad de establecer vínculos inmediatos con los demás, como lo hizo con los diversos materiales que ejercitó en su producción artística. Todo le resultó familiar: el lápiz, la acuarela, el óleo, el barro, el grabado, el tamaño pequeño y lo monumental, la música y la poesía. Inquieto y vivaz, fue obrero y pastor, discípulo y maestro, ilustrador y decorador, artesano y artista. Todo lo hizo con ritmo sostenido y experimental, sin prisa y sin pausa, depositando en cada realización la tierna aceptación de la otredad y la alegría de ser aquí y ahora.

Fue en 1944, a pocos años de su desaparición, que entró en contacto con Joaquín Torres García. Los cánones establecidos por el constructivismo torresgarciano lo atraparon al principio, con su sistema de composición ortogonal y la multiplicidad de los signos, como una regla que corrige la espontaneidad, pero su inconformismo natural ajeno a cualquier regulación se acentuó en un viaje juvenil a Europa donde lo conmovieron las imágenes de Brueghel y El Bosco, tan ajenos a los referentes hispanos, de Velázquez en particular que sedujeron a Torres García en el mismo Museo del Prado en Madrid. Pues la sensibilidad de Gurvich era una sensibilidad agarrada a lo material, a la sensualidad de los objetos y los seres, a lo táctil. En esa experiencia de viajero por los museos europeos comenzó el deslizamiento de Gurvich hacia el descubrimiento de sí mismo, de un estilo intransferible que irá afirmando en sucesivas etapas, con la convicción interior de una meta a conquistar, ajena a cualquier satisfacción inmediata o al aplauso circunstancial. El largo proceso que lo tuvo como profesor, en el Taller y en su propio estudio, incentivó la imaginación, al contacto con alumnos de abrían nuevas interrogantes en los diálogos socráticos, abiertos al misterio de la creación y de la aventura artística.
Procuró, no sin cierto asombro, una narrativa de carácter popular y barrial, judaica casi siempre, enlazando sus recuerdos infantiles lituanos, con lo local de los montevideanos Barrio Sur o del Cerro, la granja colectiva israelí o el distrito de Manhattan. En ese periplo vital fue incorporando a Torres García otros maestros que admiró en su talante surrealista, los signos de Klee y Miró de opuestos significados, la fantasía narrativa de Chagall, la poética de Max Ernst, el organicismo de Henry Moore y Hans Arp, la fragmentación corporal de Horst Antes para incorporar una fuerte componente erótica, muy evidente en la cerámica y las representaciones de parejas, un tema recurrente y altamente simbólico en Gurvich.

Los últimos cuatro años de su vida transcurrieron en Nueva York, entre 1971 y 1974. Una ciudad difícil, en un momento de plena efervescencia de las corrientes innovadoras (el pop, el op, el conceptualismo, los happenings y performances), con una furiosa dinámica comercial que parecía avasallar cualquier individualidad que no encajara en sus parámetros establecidos.
A Gurvich le costó la adaptación y aunque acompañado de su mujer e hijo, la soledad, la incomunicación (no sabía inglés) lo hostigaron en los primeros tiempos. El coraje y la determinación de seguir adelante, venciendo limitaciones, se impusieron. En sus libretas de apuntes, recorriendo el barrio y la ciudad, fue registrando las diversas instancias de su apropiación territorial. Dibujos y acuarelas figurativos, señoras y señores, calles y plazas, comercios y rascacielos, rincones descubiertos, más naturalistas algunos, más complejamente construidos otros, incorporando a la realidad visible historietas cómicas, propias de la estética dominante. Esas hojas, desprendidas de la libreta, debidamente enmarcadas, se exhiben por primera vez en el Museo Gurvich y testimonian la fecundidad creativa superando desencuentros varios, objetivos y subjetivos.
Es la segunda muestra del año que permanecerá habilitada hasta marzo de 2008. Se titula J. Gurvich: N. York. N. York. La serenidad del lento transcurrir en Montevideo se transforma al vértigo de la Gran Manzana. Aún en el desconcierto de Nueva York, de la arrolladora dinámica de la megalópolis, Gurvich internaliza la compleja problemática de la ciudad y la convierte en una festiva, vital celebración. Hurga entre personajes variopintos, sobrepone realidad y ficción, seres de la vida diaria y de las historietas, en composiciones complejas de anécdotas diferenciadas y acumuladas que imponen una lectura, a veces en sentido vertical y otras horizontal, más figurativas o más abstractas, entrecruzando presente y pasado, pero sobre todo rescatando la urgencia de lo inmediato, de la vida vivida en acto. Pero también proyectos para monumentos, de extraña simbolización y quizá de difícil concretización. El humor invade varias composiciones. Hombre señal, en su pequeña dimensión, (15.5 x 10 cm) concentra una enorme carga expresiva, otras son abigarradas multitudes que sobrevuelan espacios infinitos, parejas acopladas monocromáticas fuertemente dibujadas
Pero son las cerámicas que en que su facundia inventiva y renovadora adquieren una dimensión extraordinaria. El impulso erótico se instala en cada pieza, con evidente regocijo en el modelado, los hundimientos y ondulaciones, las guiñadas cómplices al receptor, más visible o elusiva en sus representaciones sexuales, que indican una dirección diferente en su investigación plástica. Reencuentro con la artesanía de sus años mozos y una alegría de vivir en soberbia libertad creadora interrumpido por la inesperada muerte cuando Gurvich culminaba un sistema de representación personal, suplantando “las ortogonales racionales del constructivismo por el torbellino vitalista”, según escribió con acierto Angel Kalenberg y agregando que la espiral implícita de Torres García, Gurvich la hizo explícita, sometiéndola a una fragmentación estructural. Partiendo de las coordenadas del maestro logra desprenderse por una inmersión en la religión judía, una nota que lo distanciará nítidamente de los restantes discípulos y colegas torresgarcianos. Como escribió en su cuaderno de apuntes: “He roto casi todas las reglas para encontrar el espacio infinito y libre. He liberado las escondidas reglas de mi espíritu y voy como con un fuego en las manos. En las puertas de la imaginación.al principio me asomé temeroso… Después pasé a negra noche. Un silencio profundo. Y comencé a caminar. Un espacio infinito y una música nueva comenzó a surgir. Y súbitamente de la nada, nuevos mundos aparecen.”.
NELSON DI MAGGIO
Crítico de arte del diario La República de Montevideo, Uruguay. Curador, profesor e historiador de arte contemporáneo.

