Cuarenta obras, algunos bocetos y material documental son las piezas que conforman la exposición retrospectiva de Daniel Lezama (México D.F., 1968) basada en los últimos diez años de su producción artística. La sede de esta muestra es el Museo de la Ciudad de México, que pertenece al Gobierno local, lo que implica que el reconocimiento de este artista por instancias oficiales recién comienza a darse de manera afortunada. Su obra ha despertado muchos comentarios, algunos dicen que su obra es pretenciosa; otros, que es el mejor pintor de su generación y que es la reivindicación de que la pintura no ha muerto y tiene más vigencia que nunca; otros, simplemente, que es uno de los grandes artistas mexicanos mayormente reconocidos en el extranjero que en su propia patria.
Y, precisamente, es la patria uno de los símbolos más recurrentes de su obra. La patria como madre y la madre como origen. Madre Patria, madre-tierra, madre origen. La mexicanidad como punto de partida y sin embargo coexiste una yuxtaposición de tiempos, de acervos tradicionales y, al mismo tiempo, de situaciones contemporáneas, limítrofes, desconcertantes. El curador de la exposición, Erik Castillo, define a Lezama como el inventor de una inmensa maquinaria de mecánicas iconográficas, que encontró en la saga vernácula mexicana no simplemente un pretexto creativo, sino su único referente crucial. Así, la curaduría propuso una división museológica en tres apartados, basándose en tres obras del artista: Fundación de la ciudad, Nacimiento del amor y Origen de la pintura. Se explica igualmente en uno de los textos curatoriales que estos tres capítulos son tres leyendas acerca del principio, en cada caso, de la ciudad/nación, del amor/deseo y de la pintura/arte. No obstante, en el despliegue de los cuadros que componen cada módulo temático se observa que las tramas de las narrativas implican un desarrollo que desenlaza las fábulas del comienzo hacia imágenes de destino.

Otro de los elementos característicos de la obra de Lezama es el gran formato, lo que hace de cada obra un pasaje de sus personajes hacia la sensación de desasosiego, hacia un diálogo poderoso en donde cada parte, tan pensada, tan meticulosamente trabajada, nos grita verdades y analogías, nos susurra sueños y contradicciones.
Se ha hablado también del elemento social en la obra de Lezama: lo mismo retrata niñas de secundaria que mujeres prolíficas, niños pequeños, charros, mecánicos y toda una gama de personajes, históricos o mitológicos con una intención moderna que conjunta juguetes mexicanos, pulque, elementos religiosos, prehispánicos y mestizos. De igual manera, siempre está presente cierto academicismo en su obra, ya sea por los trazos, la excelente factura de la figura humana, los temas como Vanitas, Triunfos, diversas alegorías y alusiones. El desnudo femenino, no tratado de la forma renacentista sino con la constante fórmula de la madre, de la tierra, del origen, de la dadora de vida, de la exuberancia de la fertilidad, del alimento, de la carne prolífica.
Erik Castillo, en el texto del catálogo que acompaña la exposición afirma que la propuesta de Lezama contradice el tipo de identidad nacionalista que produjo, en la primera mitad del siglo XX, la Escuela Mexicana y se ve descalificada por la aspiración antinacionalista de la escena postvanguardista globalizada. Incluso cuando se ha querido vincular la práctica pictórica de Daniel Lezama con la poética del Neomexicanismo, aparece un mundo de diferencia entre ambas producciones.
Quizá la síntesis de estos últimos diez años de trabajo pueda verse en La madre pródiga, obra inmensa que fue creada específicamente para el Museo de la Ciudad de México y donde se resumen todos los símbolos y obsesiones temáticas del artista, esta concepción de lo mexicano y de lo propio sin llegar a ser nacionalista ni localista. Sus referentes históricos, sus leyendas y mitos como los volcanes al fondo, el manto donde aparece plasmada la Virgen de Guadalupe, la casa blanca de la extrema derecha como homenaje a José Clemente Orozco. La obra pareciera ser una síntesis de toda la historia, desde lo prehispánico, lo mestizo, lo moderno. Es una obra vertiginosa, contundente, que va de la ensoñación mítica a la crudeza de un realismo patente en la cotidianidad, en la modernización trunca del México contemporáneo, en todas sus contradicciones, en todas sus flaquezas. La obra de Lezama envuelve, no tiene concesiones, puede resultar que su fuerza expresiva y las temáticas causen cierta aversión, o por el contrario, sucederá que el espectador se atreva a sumergirse en su iconografía, en la seducción de sus composiciones, en la misticidad confusa de sus personajes polivalentes, en la representación de una tragicomedia incesante, donde convergen los siglos y apenas el instante presente.
ISAURA RUIZ
