Exposición Individualsept 2008 - dic 2008· Por Ivonne Pini

Catalina Mejía

Galería El Museo

En el catálogo de una exposición que realizó en 1996, Catalina Mejía sostenía:

‘‘La pintura al igual que todas las artes tiene como virtud la sorpresa. […]La vida termina por volverse costumbre y de tanto ver las cosas, éstas pierden su magia; dejan de sorprendernos. El arte nos devuelve la sorpresa, nos transforma las cosas, nos cambia el mundo, nos lo re-crea. El arte, a fuerza de modificar las cosas, repite la vida pero la inventa nuevamente; y el viejo refrán de no importa qué se dice, sino cómo se dice, adquiere toda su vigencia”.

En esas aseveraciones hay un par de elementos que siguen muy presentes en el trabajo de Mejía. Por una parte valorar la importancia que tiene la sorpresa que se genera en el espectador y por otra, la posibilidad de reinventar reflexiones opera como un significativo mecanismo de creación.

Exposición Individual: Catalina Mejía — imagen 1
Catalina Mejía. Jazz libre, 2008. Técnica mixta sobre tela. Díptico de 235 x 90 cm. (92 ½ x 35 ½ pulgadas) c/u.

¿Por qué esta afirmación? Al visitar la muestra Los otros se produce un reencuentro con dos elementos que la artista trabajó y vuelve a retomar desde otra perspectiva. El tema de la identidad lo exploró cuando realizó en 1986 su Serie Postales, acrílicos en los que se daba la información de lo que aparece el reverso de una postal, es decir: autor de la obra, época, dimensiones, título, empresa tipográfica que la imprimió, de manera que la obra en sí no era visible, sólo estaba la referencia jugando como evocación. Quien observaba esa imagen debía poner a jugar su imaginación y su memoria para recordar a qué realidad correspondía lo que allí estaba enunciado, sólo por una denominación y unos códigos de ubicación.

En la muestra actual hay una serie de más de treinta fotografías a color que registran personas de espalda. Los patrones habituales para identificar el retrato estaban quebrados. Pese a que el formato de los retratos es el mismo que se utiliza en la cédula de identidad, con el mismo fondo blanco, al mostrarlos de espalda, el espectador es invitado a observar y construir múltiples lecturas. Además se convierte en quien observa a alguien que tiene adelante, hay una información presente que igual habla de la persona, de su lenguaje corporal, de su vestimenta, su peinado. Pero aquí el retrato fotográfico identificado tradicionalmente con la posibilidad de “conocer”, de acercarse sin mediaciones a la realidad del personaje tal cual es, se enfrenta a la posibilidad de la libre interpretación, de tener que poner rostros, inventarlos y jugar a descubrir unas identidades que surgieron de las vivencias y experiencias de quien observa, no directamente de la foto.

El otro espacio de la muestra estaba integrado por un elemento que retornaba de un pasado ya investigado por la artista: la biblioteca. En sus bibliotecas de 1989 ya aparecía el uso de la fotocopia pegada a la tela e intervenida con pintura, buscando generar la atmósfera de ese espacio. Pero si el tema reaparece, el sentido cambia: mientras que en las primeras la pintura, el acto de pintar, eran protagónicos, aquí los títulos de los libros son claves, se vuelven muy visibles.

Parecería que en ese recorrido por textos que asumen posibles relatos de la historia del arte, la artista pone a reflexionar sobre la diversidad de lecturas que el hecho artístico permite. Nos recuerda además que la biblioteca es un espacio de saber pero también físico, es un espacio donde se produce investigación, pero también ocio.

Las bibliotecas ponen además en evidencia el peso que tiene para Mejía la fotografía. Como ella misma lo confirma, esa inserción de la fotografía en sus propuestas está ligada a su educación visual inicial, que fue a través de la foto de laboratorio, en blanco y negro. Proceso que implica toma, revelado, ampliación, pero fundamentalmente, el manejo y comprensión del rol que cumple la luz. Esa presencia fotográfica está también en el color, en los negros, blancos, sepias, grises, tan frecuentes en su paleta.

Fotografía y pintura actúan siempre en paralelo, sin olvidar otro protagonista, el collage que a su juicio libera a la pintura de su carga representativa permitiendo jugar con lo real.

Sus once paneles de pintura-collage son una armónica relación entre manejo de expresivos brochazos y un mundo simbólico que le permite relacionarse con la realidad, una realidad particular: la que relatan los libros de historia del arte. Esta preocupación ya se había reflejado en otros trabajos de Catalina Mejía: la obra es una especie de sugerente superposición de imágenes, será la mirada de quien observa la que descubra qué hay allí. Esas enormes bibliotecas de arte, mezclan épocas, artistas, corrientes, y suscitan en el espectador la posibilidad de diversas lecturas, mediadas por su experiencia, sensibilidad, y el tener que apelar al sugerente mundo de la memoria, memoria que puede jugar a ser fantasía pura o intentar convertirse en fragmentos de realidad filtrados a través de la información que la imagen le brinda.

IVONNE PINI

Catalina Mejía, por Ivonne Pini | artnexus