La exposición de Carlos Motta, The Good Life (La buena vida), en el ICA de Filadelfia, consiste de una instalación con video y fotografía en la que se examina la percepción pública de conceptos como democracia, liderazgo, desigualdad social, y los efectos de la política intervencionista de Estados Unidos en Latinoamérica. El proyecto tuvo lugar en 12 ciudades latinoamericanas donde el artista condujo entrevistas en la calle, grabadas en video, en las que se hace referencia a un ideal clásico de la democracia que toma forma por medio del diálogo como ejercicio directo de la ciudadanía, algo que la mayoría de nosotros sólo ha conocido a través de los libros de historia.
La buena vida (2008) sigue una aproximación de corte documental y con final abierto que es común a otras de sus obras en video, como en Memory of a Protest (Recuerdo de una protesta, 2007): un video grabado durante una protesta que realizó una organización chilena pro-derechos humanos, contra la Escuela de las Américas, conocida por entrenar soldados latinoamericanos en técnicas de tortura. De manera similar, The Leningrad Trilogy (La trilogía de Leningrado, 2006) muestra entrevistas y conversaciones académicas acerca de un libro de fotografías de 1954 de San Petersburgo, Rusia, en las que el monumento histórico es un modelo remozado para un pasado socialista políticamente correcto. Estos tres proyectos de video destacan el rol del compromiso civil con la producción de una memoria colectiva en las sociedades que han tenido gobiernos totalitarios.

Motta extiende el concepto del
compromiso civil a su aproximación documental mostrando sólo a los
entrevistados y no a él mismo como entrevistador. Los entrevistados hablan
apasionadamente sobre sus vivencias, guiados por una pregunta central formulada
por el artista: “¿Cuál es su opinión de la democracia como forma de gobierno?”
Motta enfatiza en el discurso como acción, muestra así que el compromiso civil
es un elemento vital en un proceso democrático saludable. Hace referencia al
Cinéma Vérité, una aproximación documental a la influencia fílmica que hubo
entre los cineastas suramericanos desde la década de 1960, cuando muchos países
del continente pasaban por dictaduras militares. La influencia de Cinéma Vérité llevó al arribo de Cinema Novo; un movimiento asociado con los cineastas
brasileños Glauber Rocha y Nelson Pereira dos Santos. Cinema Novo, un medio político por excelencia,
creaba narrativas basadas en situaciones reales de pobreza, hambruna y
opresión.
Para La buena vida, Motta adopta muchas de las características del Cinema Novo, como utilizar gente y conflictos reales para propiciar una conciencia social. Las entrevistas de Motta se hicieron al aire libre, en plazas, parques y aceras. Una entrevista contundente, por ejemplo, muestra a Andrés Cruz Vázquez, un comerciante hondureño de 62 años, que afirma que para que haya democracia debe haber amor, trabajo y paz, y que los países más poderosos hacen uso de la democracia para sostener sus propios sistemas. La idea de incluir amor en una sociedad civil actual es novedosa; el amor, como parte de cualquier gobierno opresor totalitario o fundamentalista parece risible.
En otra entrevista, un artista colombiano afirma que el concepto de democracia está viciado desde los griegos, porque intenta aglutinar un sentido de igualdad, que no es representativo. La participación social no puede ser democrática, pues el conocimiento no lo es. Para muchos latinoamericanos, la lucha activa por los derechos democráticos está fuertemente arraigada en la memoria tras décadas de represión militar. Estas vivencias no se han olvidado e incluso en un mundo aparentemente globalizado, donde las generaciones más jóvenes parecen olvidadizas y cínicas, a muchos aún los conmueve el compromiso político pasado y presente.
La buena vida, como instalación, está centrada en
el espacio para fomentar la interacción y el movimiento. La videoinstalación
con 9 canales de video está montada sobre una estructura de madera de cuatro
partes con dos neumáticos, adaptada a partir del Priene, el espacio público
teatral del Ágora ateniense, donde los ciudadanos hacían negocios y
participaban en las decisiones legales y judiciales de la ciudad. Motta
simbólicamente transforma los monitores que muestran las declaraciones de los
apasionados entrevistados, en individuos activos de la ciudad, proyectados
sobre el foro ampliado donde los visitantes de la galería estaban sentados y de
pie para interactuar con las obras. Una serie de fotografías dispuestas de
manera asimétrica sobre los muros que envuelven la sala crea una especie de
ambiente de cerramiento. Cientos de imágenes congeladas de los videos,
organizadas en diferentes categorías, incluidos graffiti político, procesiones
religiosas y monumentos públicos, demarcan una relación activa entre las
iconografías religiosas, culturales e ideológicas.
Repensar el concepto de la democracia comprometiéndose física e intelectualmente da un viraje a todo lo demás; la equidad social, la política exterior y el liderazgo son todos parte de una democracia que funciona bien. Aunque el título de Motta, La buena vida, sugiere un ideal democrático, él tiene plena conciencia de los problemas de este modelo en una sociedad pluralista, especialmente debido al trajín del cambio constante en las estructuras de poder. Su referencia a los postulados de las teóricas Hannah Arendt y Chantal Mouffe como premisas que influyeron en su conceptualización, es una afirmación de cómo el lenguaje y la participación son fundamentales para repensar constantemente el significado de la democracia. Lo que es más productivo tal vez, aunque menos ideal, es concebir la democracia como un mero ejercicio de potencialidades, no como una meta en sí misma. La exposición de Motta justamente logra eso.
DENISE CARVALHO
