Paisagem Mínima (Paisaje mínimo) es la exposición de esculturas del brasileño Artur Lescher en la galería de Alejandra Von Hartz. Aunque ha participado en un extenso número de exposiciones colectivas como parte de las ferias Art Basel Miami Beach, Art Chicago, y Pinta, entre otras, Lescher presenta por primera vez una exposición personal en Estados Unidos. El artista usa diversos materiales para recrearse en el modelado de formas mentales abstractas que luego encuentran sitio dentro del mundo tridimensional. Las obras son emplazadas cuidadosamente en el espacio, dejando que la luz juegue con la mínima apariencia del paisaje, donde aparecen representados cometas, lagos, ríos, alas, y hasta caminos de agua independientes.
Una de las principales características del trabajo del artista radica en la estudiada articulación de la línea. Un trazo sobrio que crece o decrece, incrementa su volumen, se interrumpe a la captura de una forma aledaña, o desaparece hacia las puntas de la propia figura, dándole una apariencia etérea. Algunos diseños recuerdan modelos orgánicos y nos remiten al quehacer escultórico de Constantin Brancusi, cuyas piezas, compuestas en su mayoría de planos curvos, refieren al ciclo de la vida. De acuerdo con su teoría de trabajo, el artista rumano dijo alguna vez: “Lo que es real no es la forma externa sino la esencia de las cosas. Es imposible expresar algo esencialmente real si imitamos la superficie exterior”. Su obra abstracta Bird in Space, hecha toda de bronce, surge del proceso de observación de un ave a punto de echarse a volar. De la misma manera, Artur Lescher rechaza la literalidad de la representación, en busca de una escultura con contornos más indefinidos que reflejan la (irrevocable) capacidad sugestiva del material trabajado.

Aunque en el nivel visual se podría establecer una conexión formal entre la obra de Lescher y el arte minimalista de los 60, el poder alusivo de una gran parte de las piezas contradice un poco este criterio. Únicamente aquellas esculturas construidas de fragmentos de madera intercalados y que no llevan título nos hacen pensar en una estética objetual puramente condensada, como la de Donald Judd o Tony Smith. Ni siquiera Roda Quadrado (2006), una de las piezas que más sobresale en la exposición por su acentuado carácter geométrico, se encuentra dentro de los patrones formales entendidos por los minimalistas, en tanto que aún existe un énfasis marcado en elementos narrativos, como la movilidad ilusoria del cuadrado, que va a signar en buena medida la mente del espectador. Si bien la obra tiene una apariencia simple, escueta e incluso uniforme, por haber sido elaborada de un solo material, el concepto simbólico del movimiento pone en entredicho su intención minimalista.
O rio (2006) deviene una de las piezas que más llama la atención, ubicada en la pared opuesta a la puerta de entrada. El espectador descubre una sensualidad secreta escondida entre los pliegues de la lámina bicolor, torrente de agua que se desborda. ¿Es esta obra un objeto, una escultura abstracta instalativa? Dentro de la estructura paisajística re-creada por Lescher, O rio posee la ambigüedad que podríamos encontrar en Hang-Up de Eva Hesse, una combinación informal de unidades que aparecen conectadas en la pared o derramadas sobre el suelo y que transmiten la absurdidad, incoherencia y desatino de la vida moderna. Hecha de madera y monotipia, la obra evoca las sacudidas y oscilaciones de un río provocadas por la acción de una máquina giratoria. A pesar de no ser una escultura literalmente cinética, como aquellas realizadas por Jean Tinguely (el movimiento aquí surge como producto de la vibración mental), esta pieza, al igual que la socorrida Twittering Machine de Paul Klee, parte de un profundo análisis de los procesos de alteración y transformación que ocurren en la naturaleza.
El artista amansa la sustancia con la que va a edificar las formas objetuales: nótese que hay una ligera diferencia entre lo que llamamos objeto y el molde que imita o insinúa sus características. Las planchas ovales en el suelo, por ejemplo, nos hacen pensar en depósitos de agua, espejos, patinetas. Las figuras cónicas suspendidas de los cables pueden ser cometas, huellas que deja un avión de propulsión a chorro, estrellas fugaces. La pieza solitaria y alargada de color blanco que apunta hacia el techo da la impresión de haber sido hecha con goma de mascar en vez de resina. La silueta insertada en la pared nos recuerda un ala de ave, pero también un liquen, una aleta de tiburón, una oreja mutilada, o la mitad de un corazón hecho de papel.
Artur Lescher trabaja las formas con cierta ingenuidad, para esbozar, diseñar, una arquitectura otra que no tiene que ver necesariamente con ornamentos excesivos, conceptos utilitarios o recintos habitables sino con la sobria invención de volúmenes elípticos que desafían la gravedad y el equilibrio, mientras contribuyen a la transfiguración de los espacios.
DINORAH PÉREZ-REMENTERÍA
