Exposición Individualsept 2008 - dic 2008· Por Manuel Álvarez Lezama

Adriana Mangual

Galería Botello

La cerámica, aceptada como una forma de arte, adquirió una nueva dimensión en Puerto Rico cuando dos argentinos, Susana Espinosa y su esposo Bernardo Hogan, junto con el puertorriqueño, Jaime Suárez, el mexicano, Toni Hableton, y la cubana Aileen Castaneda, establecieron uno de los más creativos y exitosos proyectos de arte que haya presenciado la isla. Se trata de Casa Candina, literalmente una fuente de energía para los futuros ceramistas y escultores. En la actualidad Casa Candina está desmantelada y se le echa de menos enormemente; fue una verdadera experiencia estética que duró más de dos décadas y que, junto a los maestros ceramistas de la Liga de Arte de San Juan, John Balossi y Sylvia Blanco, es responsable de la educación y desarrollo de extraordinarios ceramistas/escultores locales de la estatura de Christina Cordova, REDO del Olmo y Adriana Mangual.

Mangual (quien nació en Mayagüez, Puerto Rico, y está rozando los sesenta años de edad) es una de las más originales e inquietantes ceramistas/escultoras de Puerto Rico hoy en día, pero desafortunadamente, por razones complejas, nunca ha tenido el reconocimiento que merece. De hecho, con frecuencia la comparo —por su energía e imaginación— con la pintora, ya fallecida, Marta Pérez Morales, cuya insaciable creatividad surrealista en el campo de la pintura naïf hace de ella una de las artistas más importantes de Puerto Rico en la segunda mitad del siglo XX.

Exposición Individual: Adriana Mangual — imagen 1
Adriana Mangual. Libros del mar, 2008.Cerámica, esmaltes y óxidos.

Con estudios en Casa Candina y cursos en la Escuela de Artes Plásticas de Puerto Rico y en Japón, Mangual siempre ha reconocido que sus más importantes influencias locales son Susana Espinosa y Bernardo Hogan. No obstante, desarrolló rápidamente un discurso propio, con el que logró reinventarse constantemente dentro del ámbito del arte naïve/surrealista. Aquellos de nosotros que hemos seguido su carrera de tres décadas hemos sido testigos de las transiciones desde sus adorables “casitas” hasta sus fascinantes “retratos”, desde sus impactantes bestiarios hasta sus delicados ángeles y sus soberbias figuras humanas alargadas. Cada uno de sus períodos —desde los más formales, donde el cubismo y la abstracción desempeñaron importantes roles en sus manifestaciones existencialistas— ha sido un desafío estético que combina elementos de tres fuentes básicas: su riqueza de experiencias personales, la cultura puertorriqueña y los grandes temas con los que el arte ha tenido que lidiar a lo largo de su historia.

Sin embargo, creo que la mejor obra de Mangual se puede describir como el producto de sus diferentes momentos de libertad. A veces su obra viene de un “niño de las flores” de la década de 1960 (aquí encontramos sus “flores”, “follajes”, “estrellas”, “corazones”, sus “indios” taínos). En otras ocasiones revela los años que invirtió estudiando en un colegio de monjas de Madrid desde los 10 años de edad (aquí encontramos sus “confesionarios”, sus “cruces” y sus “altares”. Luego vinieron sus momentos existencialistas cuando produjo sus fenomenales “sillas” (exquisitas sillas de amor, sillas de paciencia, sillas de ensueño, sillas de poesía, sillas de duelo), sus impactantes ángeles (de una sola ala, ángeles que recuerdan al espectador de la gente común, ángeles viejos y cansados, ángeles eróticos) o sus muy poéticos personajes alargados que recuerdan a los conocedores el arte de El Greco y de Giacometti (una serie de más de 30 esculturas verdaderamente magníficas de hombres y mujeres que revelan la belleza y el temor de estar vivos).

Mangual, quien afirma que “la arcilla y nuestra carne son hermanos y por lo tanto pueden capturar todo sentimiento humano acerca de nuestra condición frágil y acerca de la Madre Naturaleza”, es poseedora de una imaginación privilegiada que libremente puede traducir a la arcilla a partir de íconos folclóricos (como las arriba mencionadas “casitas” decorativas —las humildes casitas de madera donde vivían los campesinos— o las flores y las setas locales) y darles su propia interpretación de “lo real maravilloso”, desde todo tipo de personajes cotidianos hasta profundas experiencias existencialistas o místicas personificadas en sus criaturas más espirituales.

Esta creadora incansable ha concebido muchas obras que, a mi juicio, están al mismo nivel de las mejores de Susana Espinosa o Cristina Córdova (dos ceramistas/escultoras de Puerto Rico aclamadas internacionalmente).

Para su reciente exposición colectiva en Galería Botello del Viejo San Juan, titulada Cuatro mujeres artistas: Adriana Mangual, Masaro Torres, Roxana Jordan y Chezelle Torres, Mangual escogió el mar como elemento unificador de las esculturas que presentó: el mar como fuerza estética, el mar como fuente primigenia de vida, el mar como inicio de la filosofía (Tales de Mileto), la mar, señalada por ella como “la gran maestra, que nos enseña que aun cuando esté hecha de gotas de agua que son diferentes unas de otras, es una sola, una totalidad, la esencia de la vida y las armonías”.

Según Mangual, el amor por el mar, nuestro océano Atlántico y el Caribe, “me guiaron para crear “metáforas” simples pero profundas sobre los secretos y la magia de este buen Amigo y excepcional Maestro”. Y es por ello que los amantes del arte vieron en esta muestra espectaculares “sirenas” pariendo peces, encantadoras “pescadoras”, seductores “guardianes marinos”, atractivos “libros del mar”, ángeles y diosas de los mares, etc., todos dentro del cautivador eclecticismo de Adriana Mangual.

MANUEL ÁLVAREZ LEZAMA

Adriana Mangual, por Manuel Álvarez Lezama | artnexus