A sus 36 años, Aby Ruiz no sólo se ha convertido en uno de los mejores y más respetados pintores de su generación sino que es, sin lugar a dudas, uno de los máximos exponentes de la Nueva Figuración pictórica en Puerto Rico, generación que incluye también a artistas del calibre de Rabindranat Díaz, Camilo Carrión, Eliezer Pagan (SKE), Carlos Santiago y Fernando Villanueva. Además, Aby Ruiz es reconocido —a través de sus ingeniosos snapshots— como un honesto, poderoso y profundo intérprete/creador/poeta de nuestras realidades —específicamente, las marcadas desigualdades—, que dividen y continúan destruyendo a nuestra sociedad.
Aunque su obra es sumamente variada, los que hemos seguido su trayectoria, tanto en sus exposiciones como en sus estudios, hemos visto cómo cada una de sus pinturas, cada uno de sus dibujos/pinturas en papel, cada uno de sus laberintos compuestos de decenas de sus extraordinarios “retazos” que al final componen un todo (parejas, bombillas encendidas en espacios desolados o habitados por la desesperación —a la Guernica de Picasso—, moscas, seres vivos que ya “cargan su osamenta”, “juguetones” elefantes rosa, caras con hambre de todo, hombres a punto de suicidarse), sabemos que cada uno de sus sujetos u objetos son intensas/punzantes “radiografías” estéticas y éticas de nuestro momento existencial, ya que en sus creaciones siempre existe un constante contrapunteo entre “los que tienen”, “los que se divierten dentro de vacíos”, “los que derrochan” y las brutales pobrezas, soledades y desesperaciones de “LOS OTROS” (¿nosotros?); entre las soledades y las esperanzas; entre los que los han obligado a rendirse y los que todavía creen en la Humanidad y en la Vida.

Y aunque se conoce en Puerto Rico al Aby Ruiz (Arecibo, l971) maestro de los espacios arquitectónicos, existenciales, de desesperación, al de “Gracias a la vida, y al de las distintas presencias del hombre y la mujer, durante esta 'Montaña rusa' que es la Vida", en esta exposición en la Galería 356 vemos, con enorme dramatismo y poesía a la vez, una nueva dimensión de su enorme poder de capturar/recrear/traducir tanto las oscuridades del sufrimiento donde ya no hay esperanza, de la soledad aplastante y de la desesperación desgarradora, como los coloridos momentos de euforia donde entramos en efímeras explosiones de placer y falsas felicidades.
En esta exposición estos contrates se ven más marcados que nunca, por un lado, tenemos magistrales pinturas como La vida que sigue, donde Aby Ruiz “narra” el sufrimiento y la muerte (de su amigo, el pintor Henry Ortiz, quien murió muy sólo, a los cuarenta y pico de años); como Hazme un chiste (pintura donde la muerte “se está llevando” al artista pero él nos deja sus múltiples corazones), Carga su carne (sobre los verdaderos sacrificios) y Oro negro (una crítica al capitalismo muy bien pensada), haciendo muy presentes las injusticias demoledoras que acompañaron este proceso; y también presenta, a modo de instalación, los personajes (puertorriqueños, latinoamericanos, tercermundistas —algunos producto del impacto que le causó la película sobre el viaje del Che Guevara por Latino América, Diarios de motocicleta, de 2004)— pintados en platos de aluminio, donde el brillo redondo del metal actúa como halo de santidad (“Bienaventurados los Pobres de Espíritu porque de Ellos será el Reino de los Cielos”), y por otro lado, en genial contrapunteo, vemos la grotesca “vida” (llena de colores) de los personajes que aparecen en Monkey See, Monkey Do y El sanwish (“el sanguichote”), donde esta gente, sin saberlo, se acerca a las lecturas más ignorantes de Maquiavelo, Hobbes, Darwin, Nietzsche y Freud. En fin, Aby Ruiz nos hace muy claro en estos lienzos la dualidad de la vida entre los que tienen hambre y los que comen, entre “los que ganan el juego y los que lo pierden”.
Tanto los protagonistas de Aby Ruiz —siempre parecidos a nosotros en algún momento de nuestras vigilias o de nuestros sueños, fantásticamente distantes de nuestras “seguridades” siempre— como sus espacios, espacios siempre cotidianamente lejanos, misteriosamente cercanos siempre, hacen que inmediatamente nos convirtamos en parte del “cuento” que el autor se propone presentar en cada una de sus composiciones, no importa el tamaño.
Las variantes dentro de la Nueva Figuración que se han venido desarrollando en Puerto Rico y todo el mundo durante los últimos 20 años son verdaderamente sorprendentes, debido a su originalidad y fuerza. Pero hay que reconocer que ya se ve claramente quiénes son las apuestas más claras. Y aquí está Aby Ruiz, quien no le teme a plasmar tanto experiencias de LUZ —sus sensuales desnudos de mujer como su fenomenal bestiario— como sus OSCURIDADES y las que lo rodean. Porque sus cuerpos y sus espacios expresan necesidades secretas y deseos nunca expresados, creando relaciones ambiguas y enigmáticas para nosotros, el público, que siempre parecemos personajes ordinarios en tiempos de guerra. Y algunas de sus pinturas (o dibujos) nos recordarán a Conrad (The Heart of Darkness) o a Camus (El extranjero), y otras, a los nuevos juegos de la Posmodernidad y las nuevas avenidas de la Revolución Informática.
MANUEL ALVAREZ-LEZAMA
