Pequeños “soldaditos de plomo”, sin casco ni uniforme, más bien niños
portadores de armas; instrucciones precisas para construir con pedazos de
madera “bien bacanos”, un arma que puede resultar mortal; imágenes de lápidas
escritas con una letra torpe e irregular; armas punzantes y de fuego, cuyo uso
se justifica con palabras escritas con visibles errores ortográficos; diplomas
que acreditan la idoneidad de un sujeto que con violencia sabe defenderse de la
violencia de la calle, son las piezas que conforman AMENAZA Y RESISTENCIA, Residentes
Comuna 5, Cartagena de Indias, la primera muestra individual de Wilger
Sotelo, que tuvo lugar en la Galería Casas Riegner.
A propósito de su temática dice Wilger Sotelo: “El interés en investigar la violencia urbana nace de un modo particular de ver, sentir, caminar, y percibir dos tipos de ciudad. Una ciudad que vive en carne propia la necesidad del pan nuestro de cada día, de nacer y crecer en los paisajes de la marginalidad violenta”. Wilger Sotelo, quien hasta hace poco era un estudiante de la escuela de Artes de Cartagena, viene realizando un trabajo sobre las condiciones de la vida de los jóvenes que habitan esa Cartagena marginal que convive con la “ciudad histórica”, hermoso y reconocido destino turístico, que rechaza todo acto delictivo. Las fachadas llenas de color, las plazas con sus cafés y sus calles empedradas contrastan violentamente con esa ciudad marginal, gris, opaca, que es la “otra Cartagena”, según Sotelo, “llena de calles inseguras, pasos aterradores, lugares ocultos y deshabitados que nos convierten en una lastimosa víctima de la urbe”.

Esta muestra me hace recordar la famosa frase de Paul Klee, citada por Herbert Read, donde dice que la intención del arte no es reflejar lo visible, sino “hacer visible”. Esta enunciación, que tuvo tanto sentido para comprender los cambios de la pintura moderna, sigue teniendo vigencia. Los artistas contemporáneos se han encargado de hacer señalamientos sobre el mundo, con el fin de hacer visibles circunstancias, hechos que nos circundan. Los artistas de hoy nos muestran el mundo, y también éste es el caso de Wilger Sotelo. Las piezas que conforman su exposición señalan a través de una estrategia de reproducción, las condiciones y el imaginario, de los jóvenes habitantes de esta lastimosa urbe, donde la amenaza es constante, donde ante el miedo se reacciona con violencia, y la violencia a su vez se vuelve amenaza, y así se va conformando un círculo infinito donde la palabra resistencia parece marcar un corte: ante la violencia, el miedo y la amenaza, hay que resistir.
Una de las características del trabajo de Wilger Sotelo ha sido la utilización del recurso verbal. Frecuentemente trae palabras, términos que sólo circulan en ese medio marginal, como lo hizo en la obra que realizó con Rafael Ortiz en el evento Cart(ajena), donde convirtieron los muros de la ciudad en un diccionario donde se explica el significado de los términos utilizados por los habitantes de la otra Cartagena. En las obras expuestas en esta muestra, además de los términos, preserva su particular forma de escritura, su caligrafía y ortografía, como lo hace en Los vivos del Olaya. Ésta es una serie de fotografías impresas sobre metal que traen la imagen de las lápidas donde yacen algunos jóvenes que un día fueron “los vivos”, los “avispados” jóvenes de ese barrio marginal, el Olaya, y que hoy yacen en paz: “the yonky”, “the cacho”, “chawua 1980 – 1998” “el machete 1981 – 2001”. Esta escritura también está presente en una serie de relieves, superficies de yeso que traen las huellas de esas armas reales que circulan en las calles, y al lado de ellas encontramos frases como, “Solo pa los calsetos y faltones El propio Mailonllaison”, escritas con una caligrafía torpe que apunta a ser precisa y que a través de la palabra designa a las posibles víctimas. Hacer visible este lenguaje, traerlo ante nuestros ojos, nos permite ver otra faceta de un mundo del que tenemos noticia a través de los medios, puntos de vista más cercanos a la Cartagena turística que se siente amenazada por la violencia urbana. La preservación de cada uno de los rasgos de este lenguaje marginal nos acerca de otra forma más humana, más directa, a este mundo donde la violencia es una forma de habitar, un mundo en el que persiste la amenaza, donde los idiomas se mezclan y donde la muerte llega pronto. La caligrafía nos remite a una escritura primitiva que preserva algo de nuestras primeras letras, sobre todo, hay una carencia, seguramente carencia de educación, enajenación y presencia de pobreza que convive con la violencia.
Los soldaditos de plomo están exentos de la palabra, su título nos retrotrae al viejo y triste cuento infantil de Christian Andersen. Los soldaditos de Wilger Sotelo no llevan el uniforme rojo, ni su postura tiene la rigidez de las paradas militares, tampoco hay una bailarina que los haga morir de amor. A pesar de que tienen en su rostro y en su cuerpo el aire de las porcelanas que recrean dulces niños pastores, niños inocentes, son miniaturas de niños que apuntan con su “armas bacanas”, son niños violentos que resisten con sus armas manufacturadas con ingenio y de forma artesanal. En resumen, estos soldaditos pueden ser una amenaza y con el tiempo serán “los vivos del Olaya”.
MARTA RODRÍGUEZ
