Schweiz über alles es Suiza sobre todo, por encima de todo, de todos,
en primera fila, mejor que ninguna otra nación. Así reza el título de la
exposición que en esta ocasión Michel Blancsubé seleccionó para la
Fundación/Colección Jumex. Seis artistas cuya única relación entre ellos es la
nacionalidad y cierta contemporaneidad, se reúnen en la amplísima sala de la
bodega principal de exhibición, con resultados disímiles y poco convincentes en
su conjunto, aunque se rescate la individualidad de cada artista. Ahora más que
nunca, tanto el crítico y el curador como el artista y su coleccionista gozan
de una libertad aparentemente sin límites; pareciera que la soltura en la que
se desenvuelven los participantes de la producción plástica en el ámbito
internacional, los rescatara de ataduras que inhibieran alguna tara de antaño.
Es a partir de los años noventa cuando ya no es el crítico de arte sino el
curador quien parte de preceptos absolutamente subjetivos para imponer una
lectura sobre los espectadores, quienes constatan que deben replegarse ante los
imperativos conceptuales del teórico en jefe. En la presente ocasión, el
espacio y el montaje museográfico no ayudan a la plenitud de la muestra, pues
se asigna un recorrido lineal que no da opciones para contemplar las obras
exhibidas desde una perspectiva distinta a la programada.
Ugo Rondinone, el pilar de la muestra, da la bienvenida con el ya conocido letrero luminoso que reza Love Invents Us, 1999, que se proyecta frente a un límpido, claro, luminoso y extrañamente azul cielo mexiquense. Bajo el letrero, antes de entrar a la sala principal, una monumental escultura —reminiscencia del new-found object ochentero— de Urs Fischer, Bad Timing, Lamb Chop!, 2004-2005, se posa sobre el escaso jardín de la fábrica y parece sugerir el acoplamiento surrealista entre una silla gigante de madera que envuelve casi copulando a una cajetilla de cigarros igualmente grande.

Una vez dentro de la sala, da la bienvenida el logotipo de la muestra en vinil impreso sobre el muro, y a propósito, sin que venga al caso, una serie de máscaras rituales suizas de principios del siglo XX, que poco tienen que ver con el resto de la exposición y nada con la totalidad de la visión contemporánea de la apropiación, reconstrucción o simulación de la realidad, evidente en las demás obras presentadas. La única aproximación podría darse con el molde en poliuretano negro de una máscara canina por Rondinone, titulada Moonrise, 2003, la cual cuelga del muro sin referencia de conectividad alguna con la habitación contigua donde se presenta el video en loop Ever Is Over All, 1997, de Pipilotti Rist. La artista, poética y sublime en sus anteriores obras, ahora se autorretrata como una hooligan que pasea en cámara lenta por las pacíficas aceras de alguna ciudad primermundista que podría ser Zurich o Ginebra, para irrumpir ilegalmente y atizarle sendos golpes a las ventanillas de los coches estacionados con lo que semeja ser un fortísimo mazo, cuando en realidad es una flor de tallo largo que logra que los cristales vuelen estruendosamente. Al video fusionado se sobreponen imágenes de campos floridos que hacen más irreal la escena de la chica buena vuelta mala en su summer dress, quien amenaza la paz helvética, mientras una mujer policía le extiende un saludo sin percatarse de las acciones terroristas de la paseante.

La sala principal se encuentra ocupada casi en su totalidad por más de ochenta fotografías de la pareja formada por Peter Fischli y David Weiss, quienes tapizan los muros de fotografías que en su mayoría conforman la serie Equilibre de principios y mediados de los años ochenta. Imágenes de artículos caseros se apilan cual naturaleza muerta posmoderna y lucen para ser retratados con intenciones clásicas, en donde la luz y la sombra, el contraste de líneas y curvas, la simetría y los juegos de planos y espacios, son la constante, convirtiendo el ochenta por ciento de la visita en una monótona y tediosa aventura. Fotografías en blanco y negro y muy pocas en color recuerdan las pinturas de Giorgio Morandi y el Ésprit Nouveau de la primera posguerra del siglo XX. Interrumpe el recorrido otra escultura de Fischer: Addict, 2006, en la que dos mesas antiguas se apilan con una silla, confirmando que la vuelta al clasicismo está de moda entre los postposmodernos. La otra pieza es una modestísima muestra de las enormes instalaciones noventeras de Thomas Hirschhorn, que se explaya con sus característicos materiales reciclados sobre el piso de la sala. Materiales de desperdicio de una cultura urbana, fragmentos de detritus dispuestos en aparente descuido, desperdigados por el espacio de exhibición conforman el cuerpo de obra de uno de los artistas más significativos de las dos últimas décadas.

Las piezas que más llaman la atención de la muestra son las instalaciones de Rondinone: en In the Sweet Years Remaining, 1998, un muro formado por tablones de madera sostiene decenas de fotografías en blanco y negro de un bosque arbolado y cubierto por nieve. En algunas fotos se logra divisar el lento paso de una mujer que se detiene, observa, se planta en el terreno nevado y deambula entre los troncos. Detrás de los tablones, luces de colores iluminan el paisaje, mientras unas bocinas permiten el sonido de exhalaciones y suspiros humanos. Frente a esta instalación, dos muros adyacentes se cubren como tapizados por un bosque con tinta china negra sobre estuco blanco. Nuevamente se trata de la representación de un bosque solitario y forma parte de Where Do We Go From Here?, 1996. Los patrones se interrumpen con una puerta que permite la entrada a un túnel construido igualmente en madera e iluminado con luces de neón, para dar acceso a una sala en cuyos muros se proyectan videos monumentales de cuatro payasos que yacen sedentes frente a las cámaras. Rondinone ya había dado a conocer las esculturas en fibra de vidrio de estas grotescas figuras vestidas y adornadas, aunque ahora son seres humanos quienes personifican a los caricaturescos bufones que no actúan para los espectadores, solamente posan y se mueven de manera casi imperceptible por casi cuarenta minutos. Si las esculturas asombran al espectador por lo inoportuno de su presencia sobre el piso de un museo, las grabaciones presentadas aquí provocan una inusitada sensación entre miedo y vergüenza por la burla de la que es objeto directo.

Como conclusión, el mérito de las piezas individuales subyace en sí mismas, sin la forzosa necesidad de encuadrarlas en un marco teórico que se postula como dictatorial. El curador y su texto dan señales de su intencionalidad, aunque no deben imponerse como una línea de lectura unifocal. El tema del nomadismo de los artistas se ha tratado en la teoría del arte desde los años setenta y las fronteras nacionales se han difuminado a lo largo de toda la historia del ser humano, con mayor fuerza después de la Segunda Guerra Mundial, después, durante el auge de la economía neoliberal de los años ochenta, y todavía hoy en día, cuando casi cotidianamente el mapa geográfico se transforma y nos descubre un nuevo mundo que se subdivide en parcelas políticas impuestas por discursos de poder subjetivos.
LUZ SEPÚLVEDA

