Tres arenas, el título de la reciente exposición de Ricardo Wiesse (Lima, 1954),
revela la naturaleza múltiple del lenguaje plástico del autor: ensamblajes,
abstracciones y paisajes convergen en el propósito de articular un discurso
visual-matérico sobre el arenal costero del Perú y su devenir cultural.
Conocido por su lenguaje abstraccionista presidido por los ritmos lineales y
abierto a la incorporación de materias evocadoras de lo desértico, Wiesse
retomó desde fines de la década de los noventa el ejercicio de la pintura de
caballete, utilizando medios tradicionales como el óleo. En efecto, desde la
exposición Pachacámac pintado (Lima,
2001), el artista mostró los resultados de su ejercicio pictórico in situ
orientado a la documentación del conjunto arqueológico de Pachacámac, santuario
y oráculo mayor de autoridad sostenida a lo largo de quince siglos de
desarrollo prehispánico. A partir de dicha muestra, Wiesse ha persistido en la
empresa de llamar la atención de sus compatriotas respecto de la necesaria
restauración material y simbólica de un legado milenario amenazado por la
incuria oficial y la minusvaloración social, derivadas del desconocimiento y la
exclusión. El ejercicio figurativo, no obstante, ha coexistido con la
indagación abstraccionista, la cual, como se aprecia, involucra el uso de
materiales diversos (óleo, temple, pigmentos, marmolina) y soportes tanto
bidimensionales como ensamblajes anclados a la pared.

El recorrido del amplio espacio galerístico confronta al espectador, en primer término, con la producción abstracta sobre lienzo. Se trata, en general, de piezas de gran formato cuadrangular, más de una veintena, donde Wiesse interviene el soporte con el trazado de líneas e incisiones, la superposición de planos, el contraste de texturas, la gradación o el contrapunto de colores. Entre estos últimos prevalecen los tonos ocres-tierras y los azules, que refieren a la paradójica vecindad entre la radical sequedad de la franja costeña y el mar. La propuesta abstracta parece debida a una mirada desde lo alto, es decir, a una vista aérea, cenital, del paisaje. La línea describe curvas o ángulos; recorridos estables o quebrados por severas inflexiones; trayectorias elongadas o breves segmentos. Sugiere cotas de altitud, caminos, cursos de agua, huellas paralelas del viento que sopla sobre la arena quemante. Y ésta es trasladada físicamente a las obras, densamente texturadas: el desierto resulta así contenido metafóricamente en un plano bidimensional.
Esta inscripción de la esencia del paisaje en rectángulos (o en el notable tono en gama de azules) se complementa con la investigación de formatos irregulares, es decir, ensamblajes o recortes. De esta manera, la segunda sección muestra al artista en una faceta aún más experimental, de cuestionamiento de la oposición entre el plano y la volumetría; de independización de la forma, que ya no se circunscribe a los bordes del formato, sino que invade libremente los muros de la sala. Texturados al igual que las obras bidimensionales, estos ensamblajes acentúan el empleo de colores intensos, en consonancia con el tenor de libertad e incluso el sentido lúdico de este intermezzo entre los dos capítulos principales de la exposición.
Finalmente, Tres arenas presenta una selección representativa de lo actuado por Wiesse en la referida labor de observación directa de Pachacámac, empresa en proceso, sin plazo definido. El artista maduro, sólidamente formado en el oficio de pintor, hinca ahora el caballete en la arena, de modo que la visión desde lo alto se reemplaza por la confrontación horizontal, focalizada en un aspecto de la edificación o abarcadora de un amplio panorama. Cambia la perspectiva, el punto de vista, pero la muestra resulta coherente: la unicidad temática, el “bajo continuo”, es capaz de avalar el giro retórico de la abstracción a la figuración. Asimismo, el rigor de la representación no implica el sacrificio de la gestualidad o de la contundencia matérica: la pincelada libre y el empaste generoso (de óleo, acrílico o pastel) conectan este homenaje al medio geográfico, en tanto escenario de cultura y misticismo, con la producción abstraccionista. Los vestigios arquitectónicos se yerguen con una dignidad que no sucumbe al olvido, ante la mirada del artista comprometido con su rescate y puesta en valor, como se aprecia en el autorretrato, uno de los trabajos con que concluye esta exhibición de casi medio centenar de obras realizadas, mayoritariamente, en 2007.
Consistente en el sustrato intencional que lo impele a crear (decididamente político, pero sin estridencias literales, a la par que cargado de subjetividad), fiel a la mantención del eje temático y solvente en tanto artífice dispuesto a poner a prueba materiales y soportes, Ricardo Wiesse redondea una muestra representativa de la vitalidad de su quehacer presente, y singularmente dotada de cierto aire antológico. Tres arenas constituye, en suma, una ocasión para apreciar, de manera global, los resultados del trabajo de una de las figuras centrales de la plástica peruana actual.
LUIS AUGUSTI
