Exposición Individualjun 2008 - ago 2008· Por Tania Turner

Pedro Friedeberg

Galería Enrique Guerrero

 El acercamiento a la obra de Pedro Friedeberg (Florencia, Italia, 1937) genera la sensación de ser víctima de una invasión. La obra aborda al individuo, y no al revés. La realidad construida por el artista trastoca la realidad propia y la transforma, la vuelve al revés, la inserta en el mundo onírico, donde todo es posible.

Como en un viaje alquímico, el artista logra que el tiempo cambie con cada pieza. El pensamiento queda fijado, se hace volátil lo que antes se creía certeza. La capacidad creativa de Friedeberg logra abarcarnos en su pensamiento, pues el solo contacto con cualquiera de sus dibujos, pinturas o esculturas nos inserta en la obra. Las figuras parecen hablarnos, los dibujos invitan a descubrir el mensaje críptico, único para cada uno de nosotros. Entonces también somos la obra. Nuestra reacción ante las 24 meditaciones sefiróticas o el Gran Ensayo General ya fue pensada por el artista. Nos hemos convertido en una de sus criaturas.

Exposición Individual: Pedro Friedeberg — imagen 1
Pedro Friedeberg. Silla mariposa. Madera policromada. 93 x 55 x 60 cm. (36 1/2 x 21 1/2 x 23 1/2 pulgadas).

La Galería Enrique Guerrero de la ciudad de México parece agrandarse y encontrar nuevas profundidades laberínticas con la obra del artista. Imágenes oníricas nos saltan al encuentro y, como la esfinge de la mitología griega, nos abordan con acertijos para permitirnos entrar a la realidad transformada.

El recorrido esotérico a través de las cinco esculturas, veinte pinturas, once muebles y dos objetos que nos muestra el artista nos hace dudar sobre el mundo que encontraremos al salir de ella. De hecho, volver a la realidad cotidiana se hace imposible después de haber sido tocado, aparentemente elegido, por alguna de las piezas de Pedro Friedeberg.

Definir la obra de este artista es prácticamente imposible. Sería como intentar definir la esencia misma del individuo que observa. Cada pieza parece haber adquirido vida y contener tantos mensajes codificados como posibles espectadores interactúen con ella. Los visitantes pueden maravillarse con una pintura, o tal vez con un objeto. La sensación es la de haber sido elegido por la pieza, hipnotizado por ella para atraernos. No seremos nosotros los que seleccionemos Las tecnologías esquizofrénicas o La familia en armonía para entenderlas. Sólo si ellas quieren descubrirnos su mensaje seremos capaces de entrar a ese mundo insondable.

Pero una vez adentro, no nos sorprende la hora indicada por las manos de un reloj de tres pies, hablar con un hombre-serpiente, convertirnos en lagartijas para vivir en un kindergarten o imaginar la manera que escogeríamos para habitar las Vills oximorónicas. Una vez dentro, podemos vivir un jet-lag al viajar a través de los dibujos, perdernos eternamente dentro de Circulópolis cuadrangular, tomar café en una mesa de ocho manos y ocho pies, o sentarnos en la mano de un gigante que nos ha prestado sus dedos como respaldo.

El universo paralelo al que nos transportamos en la exposición de la obra de Friedeberg hace posible que reverenciemos seres supremos desde el ateísmo o seamos escépticos mientras oramos devotamente. El artista bromea y nosotros quedamos insertos en el juego, como si cada uno de los símbolos cabalísticos que emanan de sus piezas fueran parte del hechizo que trastocará para siempre la concepción que teníamos de la realidad.

La interacción con la obra de Friedeberg nos hará dudar del lado del espejo en el que nos encontramos. Después de haber sido tocados por alguna pieza, es posible que exista un cancerbero que nunca más nos permita salir de la realidad que, una vez presentada ante nosotros, nos abraza, nos nutre, se convierte en el elixir de la vida, en la posibilidad del entendimiento más allá de la razón.

Pedro Friedeberg emigró a México en 1939, donde vive hasta la fecha. En 1961 se convirtió en integrante del grupo denominado Los Hartos, cuyo líder fue Mathias Goeritz, que buscaba ser una alternativa al movimiento realista preponderante en México.

Las técnicas de Friedeberg en sus pinturas se basan principalmente en la utilización de acrílico y tinta sobre museum board, papel, triplay y cartulina. Usa madera tallada, a veces recubierta con hoja de oro o policromada en sus esculturas y muebles, entre los cuales se ha destacado la Silla-mano como obra que lo identifica desde hace varias décadas.

En esta exposición, la famosa Silla-mano del artista se presenta en color blanco y es sostenida por un pie. El complemento de este mueble fantástico es una mesa cuya base son cinco pies que, transformados en cinco manos respectivamente, sostienen un vidrio circular.

Pero la creatividad del artista ha hecho posible sentarse en diversas manos gigantes, pues las hay con base de campana, de tres o cuatro pies, con respaldo o en forma de banca, color madera o con hoja de oro. Las manos gigantes están dispuestas a acogernos en su palma pero, de no quererlo, también podemos elegir una forma más sutil y acomodarnos en las alas de una mariposa que, convertida en silla, ha de quedarse fija, como parte de un proceso alquímico.

Sin duda, el recorrido por esta exposición es una actividad obligada si se desea acceder a la realidad desde el otro lado del espejo. Pero cuidado, en el proceso de transformación de la materia en vida, y de la vida en arte, se vive una metamorfosis de la percepción.

TANIA TURNER

Pedro Friedeberg, por Tania Turner | artnexus