Exposición Individualjun 2008 - ago 2008· Por Margarita Sánchez

Mónica Girón

MALBA - Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires

La obra de Mónica Girón (Bariloche, 1959) aporta un tema latente en el imaginario argentino: la conformación del yo individual y colectivo. Desde un vocabulario que destaca por su desentendimiento de los lugares comunes, corporeiza persistentes interrogantes en torno a lo fundacional, la transformación de los seres y la imbricación del yo en el contexto formativo.

El conocimiento de la finitud de las certezas derivado de una historia familiar de inmigración, las tensiones entre la tendencia prevaleciente en su medio a exaltar el sustrato europeo y las contradicciones que ello supone frente a una historia de dominación, el saberse patagónica y sensibilizarse ante una fascinante geografía, el encuentro con una desarrollada Europa más su posterior vida en Buenos Aires, motivaron el trasvase a la actividad creadora de su propia (re)estructuración existencial y a prestar especial atención al aspecto procesal del arte.

Exposición Individual: Mónica Girón — imagen 1
Mónica Girón. Neocriollo, 2002-2006. Cera, resina de retamo y parafina, pigmento, mdf, metal y tela. Diámetro: 220 x 125 cm. Base circular policromada.

Neocriollo, su más reciente exposición exhibida entre octubre y noviembre de 2007 en el MALBA, enmarca un nuevo período de su indagación. Curada por Gustavo Buntinx —quien hace gala de erudición en su enjundioso texto de catálogo— la muestra hace ostensible la incursión de Girón en dos campos: la literatura y el psicoanálisis.

El psicoanálisis no es un capítulo nuevo en su obra; toda ella está atravesada por una constante interrogación sobre la conducta humana. Esta exposición posee un grupo de piezas que alegorizan procesos de conformación y reconformación no sólo de la personalidad sino de las mentalidades.

La muestra estuvo presidida por un huemul, ciervo petizo de la Patagonia reproducido a escala real, realizado en cera, resina de retama y parafina. Girón, de modo consciente, conjugó nacimiento y muerte, umbral y consumo postrimero de la piel del ciervo como saco de dormir. Y además homologó la piel del huemul con la oruga que deviene mariposa y, a partir del ícono “envoltura”, llamó la atención sobre la mutación del ser, sobre el fenómeno constitutivo. Ésa fue la idea central, pero también recrear la imprimación en nosotros de determinado contexto y reafirmarlo.

El espacio anexo está dedicado a la exploración de la psiquis pero, al igual que en el huemul, su abordaje es susceptible a una simbiosis de registros: historia colectiva e introspección psicoanalítica. Grupos de cabezas despersonalizadas en varias vitrinas llevan implícito una alusión a las decapitaciones y genocidios perpetrados a lo largo de la historia. Bajo igual presentación museográfica, un segundo grupo de cabezas con otras menores adosadas, intitulado Ósmosis, propone una lectura de espejo acerca de las deformaciones mentales de la dominación y la dependencia. Las Cabezas reducidas de la tercera vitrina alegorizan las perturbaciones y búsquedas de equilibrio más frecuentes: la histeria, el masoquismo-autocompasión y la fusión compensatoria.

Mientras trabajaba las cabezas, paralelamente comenzó la obra devenida apoteosis de este ciclo creativo: el Neocriollo.

Inspirada en la novela de Leopoldo Marechal de igual nombre, Neocriollo constituye una metáfora sobre la conformación del ser nacional. La escala del conjunto escultórico informe, donde despuntan en desigual altura supuestos vástagos y progenitores de un centro común —el suelo patrio— se corresponde con la magnitud de la alegoría que representa. Una vez más cera, parafina y resina de retama se confabulan con la indefinición de los rasgos para ratificar el carácter genésico, formativo e inconcluso del símbolo fundacional que encarna esa masa humana, aún amorfa. La obra literaria de Marechal está plena de esas figuras de transmutaciones, que antes fueron una cosa y luego pasan a ser una distinta, o subvierten una parte de su identidad por contingencias de la vida. Frankensteins de los viejos y nuevos tiempos, personajes de orígenes diversos transformados tras su éxodo a la nación sureña, la mitologización del errante, Adán nacido en Buenos Aires, un tronco babélico en tierras de Latinoamérica.

Pupilas minúsculas centellean en los rostros vagos revelando un germen de vida y, quizás, la aparición de la conciencia. Aparecen también en la Laguna, que, a diferencia del Neocriollo no se afinca en tierra. Suspendida del techo para indicar la ausencia de gravedad en torno a su meteórico cuerpo, la Laguna parodia la génesis de nuestro planeta.

La idea de agrupar estas piezas fue de Gustavo Buntinx. Más allá de la excelente museografía —dominada por el tono púrpura del espacio para potenciar el aura de las piezas— su selección posee la singularidad de remedar la estructura narrativa de los caminos de héroes de Marechal. Caminos de iniciación, de aprendizaje, de construcción y reconstrucción de individualidades, iniciado en la Laguna (génesis anterior a la existencia humana); luego, el cuerpo del ciervo (contexto homologado con el yo formativo), pasando por las cabezas (el estudio de uno mismo), hasta el cuerpo emocional colectivo: el Neocriollo.

La vuelta a lo ancestral, al recuento de nuestra experiencia y de la historia, a lo más interno de nosotros, para explicarnos el yo del presente. Un tema que nunca perderá vigencia.

MARGARITA SÁNCHEZ PRIETO

Mónica Girón, por Margarita Sánchez | artnexus