La exposición titulada El papel
aguanta todo, del artista
colombiano Miler Lagos, abierta durante marzo y abril en la Galería Nueveochenta
de Bogotá, es sin lugar a duda una de las más interesantes que se han
registrado en las galerías capitalinas durante 2008. Conformada por siete
piezas y diferentes soportes —escultura, instalación y video—, responde a la
manera como el artista enfrenta un mismo tema bajo diferentes niveles de
literalidad.
La vida personal de Miler Lagos acaba de atravesar por uno de los episodios que probablemente fue y será de los más difíciles que haya tenido que enfrentar. Su madre, mujer íntegra, bondadosa y entregada a las causas nobles, es acusada sin justa causa por un hecho que nada tuvo que ver con ella. La familia entera inicia un doloroso recorrido enfrentando una condena que se paga por una falsa culpa, la cual desencadena en Lagos un sinnúmero de situaciones y vivencias que jamás pensó que tendría que afrontar: juzgados, códigos penales, leyes, abogados entre otros.

Esta infame situación arranca a Miler Lagos de su mundo, lo aleja de la situación de su país, olvidando el contacto con periódicos y noticieros y lo sumerge en una realidad dolorosa y, sobre todo, difícil porque implica adicionalmente aprender un nuevo lenguaje a los golpes. Como popularmente se dice, Dios sabe cómo hace sus cosas, y afortunadamente reúne este drama de complicada solución con una persona de moral tan positiva que es capaz de transformar toda la energía a su alrededor en pura vida.
El papel aguanta todo es testigo y resultado de este proceso, manifestándose en tres cuerpos de obra que reflejan el saber vivir de este artista. Se abre la exposición con tres esculturas formadas por una acumulación de libros, a manera de pilar, a las cuales se les moldea por sustracción la mitad de su contenido. Se asemejan a una columna o a un tronco de un árbol, adquiriendo formalmente una autonomía que cosifica al libro y, por ende, a la palabra. Su potencia formal se ve ensombrecida por la fuerte dosis de opinión bajo tres tristes títulos: Sin título (55 libros de arte), Sin título (134 libros de jurisprudencia) y Sin título (72 libros de religión).
Afectar los libros implica, además de un acto de carácter subversivo, un fuerte riesgo frente a determinados sectores sociales. No son gratuitos los tres temas, y Miler Lagos es consciente del efecto producido; sabe que al intervenirlos se está además inmiscuyendo con la palabra, fuente primaria del poder. Leyes y religión son el punto de partida, y las razones, fundamentalmente dos: primero, porque comparten una misma raíz que son los tratados filosóficos, y segundo, porque se basan en el uso continuado de dos palabras increíblemente poderosas: juez y culpa. El arte, siendo su oficio diario, curiosamente, es lo que menos afectos y contradicciones le genera.
El proceso de selección y recopilación de los libros le exige implementar una estrategia; lo resuelve definiendo diferentes niveles de proximidad y de relación con los textos. Algunos de ellos los ha leído y estudiado; otros, siendo enciclopedias o tratados de filosofía, los conoce por referencia desde el colegio; algunos otros, como The gospel of the flying spaghetti monster de Bobby Henderson, es recomendación de María de la Paz Gaviria. Muchos de ellos forman parte de las estanterías de las compraventas de libros, especialmente aquellos como los catequismos católicos, las biblias cristianas, entre otros y finalmente remata con la relación más impersonal, pedirlos a través de internet. Este tinglado que se arma Lagos lo lleva a producir una cuarta columna —por así llamarla—, el comunismo, que se vislumbra como un desarrollo al incorporar un espejo, determinante en la estética de la instalación, como artefacto necesario para poderla ver.
El segundo cuerpo de obras es una instalación titulada Fragmentos del tiempo, la cual, adicionalmente, al sugerir una imagen onírica y romántica de los troncos que trae consigo el río y que yacen en las orillas cuando el agua se retira, es sin duda alguna, el postulado más franco y determinado que tiene este grupo de trabajos. Su aspecto de objetos orgánicos que se parecen de manera pavorosa a un animal rastrero, manejan un valor estético grotesco muy distinto al de las otras obras presentadas en la exposición.
Construidos a partir de miles de hojas de papel periódico, reposan en el suelo como serpientes mutiladas, contorsionándose en el piso de la galería. Su fuente, el periódico El Tiempo el diario más antiguo de nuestro país, juega un papel determinante para esta serie. ¿Las razones? Varias, en el nivel estructural y formal de las obras; otras de opinión frente al periodismo y una personal; publican una noticia pobremente investigada que afecta y empeora la situación personal de este artista y su familia. Esta serie no solamente desafía altos estratos de poder, sino que además es coherente con la intención del artista de hurgar un tema con diferentes niveles de literalidad.
Por último, resta por destacar la imagen tan sutil y poética del tronco desvaneciéndose lentamente al ritmo involuntario del viento a portas del museo de Durero. Sin duda, este video demuestra que, a pesar de las desavenencias, la obra de este artista está soportada por un gran ser humano capaz de dejar ir lo que no sirve y de construir con lo que se proyecta hacia adelante.
ESTEFANÍA SOKOLOFF
