Exposición Individualjun 2008 - ago 2008· Por Darío Ruiz Gómez

Mario Vélez

Museo de Arte Moderno de Medellín (MAMM)

 Palabras como deconstrucción han perdido entre nosotros su verdadera connotación y se han prestado para toda clase de justificaciones retóricas. Porque una cosa es replantear desde dentro de un proceso plástico el alcance de la pintura como soporte, tal como lo hizo Bran Van Velde, y otra, releer la obra de un artista para plantear un metalenguaje o una contextualidad. De éstas abundan los ejemplos, Picasso en primer lugar. ¿Por qué me refiero a esto? Por una razón muy sencilla: la última exposición de Mario Vélez, con su extrema austeridad colorística y estructural, es ante todo un ejemplar balance autocrítico del proceso seguido por su obra, al considerar que se habían cumplido unos objetivos y era necesario conocer hacia dónde se deben proseguir las nuevas búsquedas formales.

El despliegue creativo demostrado durante la última década , los hitos alcanzados, le han servido para darse claridad a este respecto, logrando rápidamente escapar de esa oscura clasificación de “artista joven”, “arte joven” , pernicioso calificativo utilizado para no reconocer una temprana madurez. Centrarse de partida en las premisas del color, en las propiedades y cualidades sin adjetivos del color, es eludir el histrionismo gestual, las caídas en el telurismo al uso. El color, como lo puso de presente Morris Louis, está simplemente en el espacio, autónomamente respecto a la prisión que le imponen lo táctil, lo cromático como escala a seguir, incluso como posibilidad de significación. Los círculos de color de Sonia Delaunay logran superar esas servidumbres. El círculo impone a la mirada una pureza absoluta en la visión del color. Esta superación de lo táctil, de lo matérico, es, a la vez, el camino que señala en el arte moderno el sendero hacia una nueva espiritualidad.

Exposición Individual: Mario Vélez — imagen 1
Mario Vélez. De la serie los caminos dorados, 2007. Técnica mixta sobre papel. 151 x 101 cm. (59 1/32 x 39 3/4 pulgadas).

Un color que desde el trazo, las ondulaciones, la simplicidad, la negación a cualquier escala cromática, pasa a convertirse en el posible umbral de un orden puro, despojado de cualquier asomo de sospechosa sentimentalidad: blanco sobre blanco, negro sobre negro, lo que supone el abrir una instancia hacia otra posible realidad visual. ¿Es abstracto el color? o ¿es, éste, una realidad en sí que debe ser presupuestada como tal? En esta exposición, basada en la supuesta metáfora de “las tierras de la leyenda”, es clara, sin embargo, la contradicción entre un enunciado enfáticamente literario y lo que supone la presencia de este balance autocrítico —puesto de presente, precisamente, en su ascesis cromática— como determinación de partir hacia otras premisas e instancias determinadas por su indagatoria plástica. En los dominios del color es claro hoy que el mito telúrico, que las antiguas leyendas, no constituyen ya un comienzo, una epifanía: el límite verificado mediante el proceso personal es un cruce de caminos sin límites precisos, la oportunidad de escuchar los primigenios rumores y voces, de rescatar el color cuando aún era significación de las cosas. Recordemos que Jean Arp patentó esta metodología de buscar las formas primigenias colocando el color y la forma latente en una perspectiva poética que no se reduce al experimentalismo sino que trata de conceder a cualquier geometría instrumentada por una función cualquiera, el pálpito de la vida misma.

No es que lo espiritual nos remita a un mundo aséptico sino que esta ascesis supone, como lo señala Michel Seuphor al referirse a Arp:” Es allí, en el sosiego de la inocencia, donde se ocultan las riquezas naturales de las que finalmente toda vida depende, a la que todo ser humano debe tarde o temprano recurrir y que se denominan la bondad, el desprendimiento, la paciencia atenta”.

Las crisis históricas exacerban la vida e imponen una crispación que conduce a muchos creadores a espurias decisiones. Aparece hoy el color enmarcado por la más grave complejidad: lo visual como un campo de acción aún indeterminado. ¿Sobrepasar lo plástico para llegar a lo visual? Lo plástico, herencia estética occidental, discurre, recordemos, entre leyes y normas que son el reconocimiento de una realidad inamovible. Dar, contemporáneamente, el salto a lo visual es darlo hacia un ciberespacio asaltado por luces y espectros mecánicos, reflejos a su vez de otros espectros, etc. Estamos situados aquí ante lo que Gaëtan Picon llamó “una sacudida captada y transmitida”, algo que el mismo Picon define como “la nostalgia del interlocutor, la necesidad de un color”. Estas aporías fueron enfrentadas por Mondrian y Kandinsky, por los constructivistas, por Dan Flavin, etc. Y a estas aporías se llega cuando racionalmente ha existido un proceso depurativo, como en el caso de Mario Vélez. La aporía, entonces, como la encrucijada de una conciencia capaz de racionalizar la búsqueda formal y renovar desde el sosiego de la inocencia los propósitos estéticos, repito, para fijarse nuevos rumbos creativos.

DARÍO RUIZ

Mario Vélez, por Darío Ruiz Gómez | artnexus