Hoy en día, el arte invade todos los lugares. Esta libertad le permite
una ósmosis en la que, algunas veces, el sentido puede ganar en intensidad. La
artista argentina Marcela Gómez (Rosario, 1963), instalada en Francia desde
1980, escogió un lugar excepcional para presentar una serie de obras reunidas
bajo el título Vanidad…, refiriéndose
al texto de la Biblia, Eclesiastés 1:2, en el que está escrito: “Vanidad de
vanidades, todo es vanidad y perseguir al viento”. El alma del lugar, un
convento dominicano contiguo a una iglesia, influyó mucho sin duda en la
artista pues las siete obras expuestas están lejos de verse anacrónicas o
anecdóticas. Por el contrario, en su sobriedad y pertinencia, insinúan un
diálogo no sólo visual sino espacial con el lugar que se les ofrece —una
pequeña salita blanca y un largo corredor del mismo color que se abre al jardín
de un claustro—, sin por ello dejar de lado la exigencia de un lenguaje cuya
objetivación es totalmente contemporánea.
La relación con el arte de los dominicos se remonta a una tradición de acompañamiento del arte contemporáneo en la que encontramos, en el siglo XX, a Georges Rouault (con sus Cristos), Fernand Léger (la Iglesia del Sacré-Cœur de Audincourt), Le Corbusier (el convento de La Tourette), Alfred Manessier e Yves Klein. En el centro cultural creado hace veinte años por estos religiosos, al interior mismo de su convento, se organizan exposiciones de jóvenes artistas y se dictan conferencias. Su objetivo es crear un diálogo que pone el tema de la fe frente a las problemáticas contemporáneas, abordando tanto la filosofía como la teología, la poesía y la literatura contemporánea, en temas tan variados como la relación con el cuerpo, el desarme, el desarrollo sostenible, el placer o internet.

Así, pues, se trata de un lugar abierto sin preconcepto intelectual ni visual, el que Marcela Gómez parece no sólo haber disfrutado al invadir, sino al cual se adaptó y en donde añadió sensibilidad y sentido. Son raras las ocasiones que tenemos de ver los trabajos de esta artista cuyo discurso estético parece seguir, en sus variaciones, una lógica que tiene que ver directamente tanto con la vida como con una reflexión profunda que interroga su imperiosa fugacidad. Luego del cuestionamiento del espacio mediante la tensión de las líneas de la geometría; después de la relación con la naturaleza, en donde se ponen en escena raíces y ramas, la artista aborda hoy una cuestión existencial y esencial —la del paso inexorable del tiempo— que siempre ha atravesado su relación con lo real y traduce una necesidad interior que nunca ha estado separada de una preocupación concomitante por la forma.
Para las siete obras presentadas, Marcela Gómez se vuelve más minimalista, prefiriendo el binomio negro/blanco que domina sobre casi toda la exposición. A la entrada, un afiche electrónico hace desfilar ante nosotros el texto sobre la vanidad, mientras que en un video en continuo (Sin título, 50 segundos) una mano iluminada, abierta, se destaca sola, en la oscuridad. Luego, una pequeña hoja vegetal alcanza a verse en la palma de la mano que se abre, se cierra y desaparece. Metáfora de la aparición y desaparición, para mostrar que nada dura, que todo es ilusión, paso fugaz, instante; que todo es efímero. La geometría sensible que caracteriza el enfoque de Gómez reaparece en un conjunto de pequeñas construcciones de hilo negro suspendidas por una puntilla sobre fondo blanco, las cuales representan formas simples, esas que nos vinculan sin cesar con la naturaleza (Sin título, 20 x 20 cm, caucho, madera, puntillas, pintura). La sombra que soporta cada estructura, cambiante bajo el efecto de la luz, añade un toque delicado a este concepto de lo incierto e inestable.
Luego entramos en el corredor en donde, deslumbrados por la blancura de los muros y la bóveda que se ve acentuada por la luz proveniente del patio, encontramos las cuatro instalaciones de la exposición. Esta temática de la vanidad, que conjuga fuga del tiempo y presencia de la muerte, interpeló antes a varios artistas contemporáneos en representaciones rayanas con lo espectacular para la más ostentosa de las vanidades —Damian Hirst o Jan Fabre— que hace del discurso sobre la vanidad algo paradójico, puesto que la vanidad, que es el tema del mismo, se destaca excesivamente para criticarse mejor, y puede llegar a anularse.
Por el contrario, Marcela Gómez, que redujo al mínimo su vocabulario visual y escogió formas simples, propone un giro hacia lo evanescente y a la esencia de las cosas, combinando oposición entre los vacíos y los llenos. En su caso, no hay esqueleto, no hay cráneos cubiertos de pedrería, no hay reloj de arena ni representación mortífera, no hay color. La relatividad del tiempo es convocada en el silencio, la sobriedad y la neutralidad. La luz que ilumina con violencia y casi quema las mariposas suspendidas mediante hilos invisibles (Sin título, linterna recargable, mariposas, 250 x 150 cm, 2007) podría hacer de esta instalación una metáfora de la seducción deslumbrante que amenaza y atrapa a veces la compleja fragilidad de lo vivo. Aquí no hay azar sino un destino que otra instalación, tan simbólica como la anterior, viene a confirmar: lo pesado frente a lo ligero, la curva frente a la recta, la redondez frente a la geometría plana. Las cuatro “perlas” o “gotas” de yeso blanco (Sin título, yeso, polea, cable de acero, 250 x 40 cm) suspendidas a un cable que pasa por la polea, evocan un tiempo contenido o detenido, que se resiste a la decisión del hombre. En el centro de esta dialéctica inherente a lo humano, una tensión permite el equilibrio. Otra instalación (Sin título, yeso, dimensiones variables) hace eco a la anterior: compuesta de múltiples “perlas” o “gotas” de yeso blanco que parecen colocadas sobre la superficie de la pared como un desafío a la estabilidad por su forma y su peso, invoca ese mismo principio de ingravidez que tanto ama Marcela Gómez. La ingravidez, en estas obras máximas donde actúan fuerzas contrarias, se convierte en el resorte esencial, la clavija maestra de su discurso interior y estético. Pero si Marcela Gómez se deshace de lo superfluo, no por eso se vuelve austera.
Protegido por la tranquilidad del lugar, el visitante se sumerge en la contemplación como si compartiera con la artista una experiencia a la vez íntima y universal. Esta obra no habla, murmura. No ríe, sonríe. Hace caso omiso de los ruidos del mundo y nos incita a estar un tiempo en retiro. Para Marcela Gómez, la exigencia de lo esencial se traduce en metáforas suaves, en un minimalismo poético y sensible.
Una experiencia poco común, en los tiempos que corren, en los que muchas obras son “ruidosas”, incluso estrepitosas y molestas. Un prejuicio provocador que incita a la trasgresión o a la subversión, lejos de la propuesta de Marcela Gómez, que se basa en una meditación activa.
CHRISTINE FRÈROT
