Luis Camnitzer expuso su obra más reciente, Last Words (2008), en Alexander Gray Associates, en Chelsea, del 19
de marzo al 26 de abril de este año. El proyecto, una serie de seis impresiones
digitales de archivo, de texto sobre papel, cada una de sesenta y seis pulgadas
de alto por cuarenta y cuatro de ancho, parecía a primera vista las hojas de un
libro, ampliadas y colgadas en la pared. Cada impresión tenía número de página,
del 1 al 6, en un tono negro que desentonaba con el marrón del texto escrito
sobre ellas. El efecto cumulativo de la obra crecía a medida que uno leía de
izquierda a derecha.
El texto empezaba en una posición ligeramente baja en la primera impresión, como si el espectador estuviera físicamente situado al comienzo de un libro: “Mom have no fear. Mommy I will be home when I get there. I love you all. I just want you to know that. To my family and my mother and my three precious daughters, I love you all. I love you, all of you…” (“Mami, no temas. Mami, estaré en casa cuando llegue allá. Los amo. Quiero que lo sepan. A mi familia, a mi madre y a mis tres queridas hijas, los amo a todos, los amo, a todos…”) Estos fragmentos constituían un collage textual de las últimas declaraciones de los condenados del corredor de la muerte de Texas antes de ser ejecutados. Por medio del sitio web del Departamento de Justicia Penal de Texas, el artista seleccionó y reimprimió todos los fragmentos de texto que tenían la palabra love y agregó frases que contribuyeran a su lexicón de reacciones comunes a la perspectiva de la propia muerte inminente, entre ellas, pensamientos de familiares y amigos, oraciones y reflexiones filosóficas, como “Espero que todo el mundo tenga paz. Hoy tengo la mía”. Referencias a diferentes culturas (evidentes en los nombres de los seres queridos y las peticiones en español) y religiones (tanto Jesús como Alá aparecían mencionados en la copia 3) daban una idea del amplio espectro de los condenados.

La sencillez y similitud de las declaraciones generaban una cadencia staccato. Tomada como un todo, la narrativa que Camnitzer reconstruyó equivalía a una especie de voz colectiva, plena de amor y arrepentimiento, cuyos destinatarios originales no estaban. En su lugar, esta declaración fue redirigida hacia el espectador. La obra misma era también una referencia a las investigaciones de aporías de lenguaje y representación que el artista ha explorado a lo largo de sus más de cuarenta años de carrera. En la segunda impresión se encontraba este comentario: “Cuando uno aborda la realidad, lo real no es siempre lo que uno quisiera que fuese”, lo que podría interpretarse como una sumatoria del eterno empeño de Camnitzer: infundirle realidad política al hermético y árido arte conceptual, y viceversa. Viviseccionadas y reensambladas en una anónima corriente de lenguaje, con sus autores textual y literalmente ausentes, estas declaraciones conservaban, sin embargo, rastros de voces individuales y demasiado reales. En la impresión 6, casi al final, una frase decía: “I have no last words” (“No tengo últimas palabras”); ésta era una paradoja tautológica en la que las últimas palabras eran “no last words” (“no últimas palabras”), lo que recordaba sus obras de los años sesenta y setenta, basadas en el lenguaje, como This is a Mirror: You are a Written Sentence (1966-68). Camnitzer le dio visibilidad y dignidad incluso al hecho de negarse a hablar. El texto concluía con esta frase: “No puedo pensar en nada más”, imaginando la tragedia de la pena de muerte como la pérdida no sólo del tema sino también del lenguaje: la parte de abajo de la página estaba en blanco.
Last Words fue exhibida junto con una obra de 1978, Sifter (The Mechanism for Killing a Spectator). Una placa de bronce colocada sobre la pared de la galería, frente a la obra más reciente, contenía un texto que describía un complejo mecanismo para matar disidentes o espectadores que no respondieran a la obra de manera positiva. “Matar al espectador”, decía el texto, “es convertirse en genio”, aunque la opción también se planteaba como “entrenar, antes que matar” Esta modesta propuesta para las relaciones entre artista y espectador ingrato anticipaba el texto del Manifesto del artista (1982), en el que empezó por describir su identidad como un “artista revolucionario” y terminó con una discusión sobre cómo eliminar a los rivales para lograr el éxito artístico. Para leer el texto uno tenía que pararse sobre un tapete que estaba conectado a la placa mediante un cable de metal que parecía alambre eléctrico revestido, lo que sugería, de manera inquietante, que la placa, el tapete, o los dos, estaban electrificados y eran potencialmente mortales. El implacable escrutinio del lenguaje por parte de Camnitzer lucha por alcanzar la situación extrema, donde el artista de izquierda se vuelve dictador de derecha y donde las palabras de los individuos despojados de todos sus derechos son develadas como discurso familiar.
DANIEL R. QUILES
