Hernan Bas es un enfant terrible: excéntrico, desenfadado,
controvertido, a veces soez. Con sólo 28 años, Bas se ha convertido en una de
las figuras más mimadas del panorama artístico de Miami, una especie de enfant
gâté, de niño malcriado.
The Rubell Family Collection, institución que posee la colección más vasta de la obra de este artista, ofrece una mirada cabal a toda la trayectoria de Bas, marcada por una prolífica producción donde se destaca la experimentación desprejuiciada. La muestra, titulada Hernan Bas, obras de la Colección de la Familia Rubell, conformada por 38 obras, ofrece en su conjunto un panorama completo de la obra de Bas durante la presente década.
La gama de la producción de Bas va desde el dibujo, pasando por la pintura, la fotografía y la instalación, hasta la incursión en nuevos medios, donde la fabulación y el pastiche alcanzan una profusión notable. Bas adora el coqueteo y tiene un especial don para hacernos cómplices —si no partícipes— de un flirteo que nos burla. Y digo esto porque, si bien Bas nos incita hasta seducirnos durante su viaje escabroso y a la vez fascinante, al final nunca se compromete, dejándonos en el mero enunciado pero ya inmersos en el viaje y a la deriva.

La obra de Bas es una amalgama de estilos, medios y temas que logran coexistir en armonía. Su propuesta, a ratos nostálgica, a ratos idílica, nos lleva de la mano a la fabulación y al ensueño. Las obras agrupadas bajo el rótulo Once upon a time son exponente de ello. La atmósfera bucólica lograda en las secuencias fotográficas que conforman A Fairy Tale y Fleeting moments induce a la idea de la inocencia. El hecho de que sea un adulto –en este caso, el mismo artista— quien protagoniza la historia conjuntamente con el tratamiento formal de la serie fotográfica, hace aflorar un nuevo nivel de lectura: la inocencia perdida, la infancia ida, el idilio abandonado. Idea reafirmada por el elemento lúdico-infantil de del papalote (Fleeting Moments) o la corona de papel (A Fairy Tale).
Si un término tuviera que sintetizar al unísono la producción artística de Bas sería, a mi juicio, el pastiche en su sentido inclusionista. Bas reconoce que durante su formación como artista devoraba todo lo que se presentaba a su alcance. Permanecía en la biblioteca pública junto a un amigo escudriñando aquí y allá; con el afán de un taxidermista descomponía cuanto libro de arte cayera en sus manos, lo desmembraba, lo deglutía, lo digería hasta asimilarlo, a un punto en el que ya el concepto original o el estilo prístino no eran más patrimonio del artista recién descubierto sino del mismo Hernan Bas. Creo que este pasaje es vital para comprender el estilo que conformaría más tarde la obra más distintiva de Bas, tanto desde el punto de vista formal como conceptual. Bas es un prestidigitador, una suerte de duende caprichoso que sabe fascinar. En su obra, desprejuiciada ante las influencias y heteróclita por excelencia, aflora todo tipo de personajes: bufones, arlequines, cisnes, sirenas, Mefistófeles, púberos en soledad magnificada, beatos en soliloquio, puritanos patéticos. Estos personajes aparecen asociados a atmósferas enrarecidas donde la aparente calma externa es exponente de una tormenta interior contenida pero a flor de piel. The burden (I shall leave no memories) 2006, es colofón ineludible. En este autorretrato, Bas yace exhausto, todavía agobiado por los atuendos cortesanos de rígida apariencia. El abuso de la gorguera resalta esta idea de asfixia y rigidez que aniquila al individuo en pos del monigote.
La instalación Ocean's Synphony (Dirge for the Fiji Mermaid), 2007, marca la madurez del artista, al tiempo que resume su propuesta. Curiosamente, es una de las raras obras de Bas donde aparece como protagonista la figura femenina. La instalación oscila entre la fabulación y la arqueología. La sala en penumbra proyecta el cadencioso zigzagueo de sirenas que danzan en el fondo del océano entre conchas, castillos y burbujas. Al centro de la sala, y como apoyo ineludible, la presencia física de objetos, supuestos hallazgos en el fondo del océano, pruebas contundentes que procuran insuflar de realidad las míticas figuras. Como parte del tesoro, ahora expuesto a consideración del espectador, encontramos instrumentos musicales medievales construidos a base de cobre y caracolas; muestras de las profundidades marinas contenidas en traslúcidos receptáculos; libros y manuscritos que probablemente apoyaron o incitaron al artista en su investigación, y hasta la prueba fehaciente de que estas criaturas son seres tangibles, vivientes: el fósil delicado de una sirena. Desde esta obra, Bas pareciera invocar todos sus personajes a la vida, como si la ya endeble decantación entre realidad y ficción fuera echada para siempre por tierra. Sin embargo, Bas, este siempre inquieto personaje, no procura escondernos la artimaña, y a intervalos sus sirenas se cargan gracias a tanques de oxígeno.
JANET BATET
