Exposición Individualjun 2008 - ago 2008· Por Tatiana Flores

Guerra de la Paz

Galería Daneyal Mahmood

Describir la instalación The Green Zone, de Guerra de la Paz, exhibida hace poco en la galería Daneyal Mahmood, como susceptible de múltiples lecturas sería emplear un retruécano de mal gusto y subestimar su extraordinaria complejidad. Guerra de la Paz es la combinación de los apellidos de Alain Guerra y Neraldo de la Paz, un dúo de artistas cubano-estadounidenses residentes en Miami en la actualidad, que ha venido adquiriendo importancia gracias a su impactante obra, que obliga a reflexionar y que incluye esculturas, instalaciones y obras bidimensionales en medios mixtos.

The Green Zone era un ambiente que abarcaba todo, dividido en dos partes. La primera era una selva hecha de ropa reciclada: los troncos y hojas eran camisas, pantalones, medias, chaquetas y otras prendas unidas unas con otras mediante intrincados nudos. Los árboles subían desde el piso hasta el techo y estaban iluminados con luces verdes que creaban un efecto atmosférico que era acentuado por el aire proveniente de ventiladores y por misteriosos sonidos que evocaban el ritmo de la respiración y también sutiles gritos de dolor. La segunda parte de la instalación se revelaba cuando uno daba vuelta en una esquina. Visible más allá de los árboles estaba la representación de un recluta crucificado iluminado por un reflector rojo. Formado por capas de camuflaje del ejército, esta inquietante figura de brazos y piernas desproporcionadamente largos era un poético aunque escalofriante recordatorio de las consecuencias de la guerra.

Exposición Individual: Guerra de la Paz — imagen 1
Guerra de la Paz. La zona verde, 2008. Instalación en técnica mixta.

El título de la instalación hacía referencia al territorio ocupado por Estados Unidos en el centro de Bagdad, al que los militares llaman hogar. Es un oasis de vida estadounidense dentro de lo que puede ser la ciudad más peligrosa de la Tierra. Al crear dos espacios, la selva resguardada y la desolación más allá, habitada sólo por la figura martirizada, los artistas evocaron la ilusión de seguridad sólo para desmantelarla. La selva era un espejismo del desierto, y más allá estaba la realidad. La verdad era invocada por una escena de crucifixión, pero era una crucifixión sin promesas de redención.

Interpretar The Green Zone sólo como una protesta pacifista sería no captar la honda complejidad del proceso de los artistas. Guerra de la Paz lleva el medio de la escultura en direcciones sin precedente; y, lo que es más increíble, lo vuelve pictórico mediante su adaptación de lo ready-made. Una breve incursión por la historia del arte del siglo XX nos dará una mejor apreciación de sus logros.

El medio de la pintura se vio sitiado durante el último siglo por artistas que ponían de relieve su falta de importancia (Aleksandr Rodchenko, Marcel Duchamp) y también por críticos que buscaban imponerle límites estrictos (Clement Greenberg y sus muchos seguidores). Las innovaciones escultóricas (es decir, lo ready-made, el objeto cinético, la instalación) llamaron constantemente la atención sobre la naturaleza estática de la pintura y el vasto potencial de la escultura como medio. Sin embargo, entre las grandes limitaciones de esta última estaban el color y la narrativa; los artistas que trabajaban en tres dimensiones tenían una paleta restringida y a menudo afrontaban dificultades para emplear su medio, con el fin de contar historias. En The Green Zone, Guerra de la Paz resolvió problemas que parecían ser inherentes a la escultura.

El color era el principal elemento descriptivo de ésta y, en realidad, de toda su obra. La instalación selvática estaba hecha de tantos artículos discretos de vestuario que creaba una complejidad cromática más cercana a la pintura que a la escultura. Los artistas no se limitaron a emplear sólo monocromos para representar la realidad; los tableros a cuadros y las rayas también describían los troncos de los árboles como lo hacían una variedad de elementos y texturas, incluidos pompones y cuerdas que aumentaban el interés visual. La luz verde y el sonido contribuían al ambiente pero no eran menos importantes que la diáfana presencia de los árboles. Sin embargo, en la escena de la crucifixión la luz roja era parte integral del drama pictórico y creaba un halo etéreo alrededor de la figura, y contrastaba la uniformidad del camuflaje que describía su cuerpo.

La innovadora aproximación de Guerra de la Paz a la escultura también contribuyó al potencial narrativo del medio. Al moverse a través del espacio, los espectadores experimentaban una transición de la ilusión a la realidad. Aunque los sonidos de la selva podían dar a entender qué había más allá, la escena final era impactante, sobresaltaba a los espectadores como si salieran de un sueño. Además, la ropa real que componía los objetos escultóricos estaba, en sí misma, llena de historias. Aludía al pasado de muchas vidas y representaba ausencias que sólo quedaban aclaradas por completo en la segunda parte de la instalación. Allí, en lugar de emplear nudos, los artistas crearon la figura a partir de capas de ropa: pantalones colocados unos sobre otros para representar las piernas, chaquetas para el torso, y sombreros para la cabeza. Debido a que era una clara escena de muerte, servía para recordar a los ausentes usuarios de las otras prendas que formaban la selva. De esta forma, Guerra de la Paz también provocó una reflexión sobre los ciclos de vida y muerte, la pérdida de vidas civiles en la guerra de Irak y el potencial pictórico de la escultura.

TATIANA FLORES

Guerra de la Paz, por Tatiana Flores | artnexus