La exposición de los jóvenes artistas bogotanos Adriana Salazar y
Gabriel Antolínez en LA Galería ofrece una excelente oportunidad para
reflexionar sobre los rumbos que ha comenzado a explorar con mucha fuerza el
arte colombiano, a través de dos propuestas que, sin proponérselo, mantienen un
diálogo intenso, del que se pueden extraer significativas claridades.
En sus obras estos dos artistas, como otros de su generación, sin deliberaciones de discurso, dan la espalda a la temática de la violencia, que por años dominó la producción artística colombiana. Los dos artistas responden a la exploración de lo tecnológico que en la actualidad marca un importante porcentaje de la escena en el mundo, con miradas muy particulares, que de distintas maneras no dejan de ser hijas de su propio contexto.
Si bien es perceptible que los dos artistas trabajan en la sonoridad de su momento y conectados con referencias sin fronteras, es de resaltar que sus miradas se nutren y articulan en un lugar en el que la vida como afirmación es un argumento muy presente, al igual que lo es el de la necesidad de independencia creativa con respecto a los parámetros de la moda intelectual.

No es de extrañar entonces, que la mecanicidad en el trabajo de ambos artistas este dominada por la fuerza de lo orgánico y de lo humano, lo cual, más allá de un aparente juego con los materiales y la mecánica, supone una elucidación renovada sobre las muy complejas significaciones de las contradicciones, tanto en el mundo natural como en el creado por el hombre.
El conjunto de cuerpos mecánicos con el que generalmente Adriana Salazar crea una escena poética de diversos gestos humanos se enfoca en esta oportunidad en una sola acción en cadena, que representa una alegre intención que culmina en un acto fallido.
Esto ocurre cuando en un delicado grupo de máquinas unidas por una conversación, la primera de ellas trata de servir una copa de vino a la segunda, que se aproxima a la primera para recibirlo y sin embargo, queda por fuera del alcance de la botella, provocando de esta forma la caída del licor al piso. Este fracaso relacional genera una intensa mancha roja que se amplía en cada oportunidad en que la acción se repite. La vuelta a comenzar la incentiva el hecho de que la tercera máquina cierra el gesto y abre así paso al siguiente ensayo, limpiando la boca de la botella de vino para que ella renueve su voluntad sin el trazo que le dejó en su cuerpo el anterior percance. Hay en todo caso marcas que permanecen.

De esta manera la artista construye una metáfora sobre la articulación de los hechos en el mundo, y con ella, sobre las consecuencias que inevitablemente conllevan los encuentros y los desencuentros, así como las fallas que se pueden presentar a pesar de las grandes y ceremoniosas intenciones.
Son conclusiones armónicas con la propuesta de Gabriel Antolínez, quien aunque también trabaja pautas del movimiento en la creación de engranajes, en esta oportunidad ha edificado un llamado al gesto desde la apariencia de la quietud.
Esparcidos por la sala de la galería y encerrados en la estrechez de cajas pequeñas, el artista organizo caracoles sintéticos blancos y negros (creados por el), que hacen la metáfora del silente trabajo de ascender lenta e imperceptiblemente desde diferentes puntos, a veces entre la intensa visibilidad del material que secretan, el cual el artista representa, también a través de materiales sintéticos.
Esta invasión de caracoles negros y blancos, a veces encerrados en continentes que pueden semejar abstracciones constructivistas, de igual manera remite a un mundo vital comprensible, pero no por ello controlable ni organizable entre formatos, y en tanto tampoco entre mecanismos.
Como lo hace también a través del hongo diseñado con millaré, que desde el techo de la sala amenaza con invadir el espacio, Gabriel Antolinez piensa con optimismo y apoyado en la gracia del recurso decorativo, en el carácter dominante de las fuerzas vitales y naturales y así propone reconsiderar su sometimiento.
MARÍA A. IOVINO
