Exposición Individualjun 2008 - ago 2008· Por Susana Benko

Francisco Salazar

Museo Acarigua-Araure

 Por más de treinta años, Francisco Salazar no realizaba una muestra individual en Venezuela. Su obra fue ampliamente conocida entre los años 50 y 70, cuando la abstracción geométrica cobró fuerte auge en el país. Una vez residenciado en París, en 1967, Salazar continuó exponiendo en galerías y museos en diversos países como Argentina, Colombia, España, Brasil, además de Francia y Venezuela, entre otros. En tal sentido, es sumamente significativo que una muestra antológica de este artista se realice en el marco de la celebración de sus 50 años de labor artística y sus 70 años de vida. El lugar: un hermoso museo, ejemplo de la modernidad arquitectónica venezolana de la década de los 50, situado en una zona llanera, al oeste de Venezuela: el estado Portuguesa. Es importante resaltar este hecho: esta muestra antológica fue concebida desde un museo regional y desde allí partirá a Caracas, donde se mostrará en la Sala Mendoza. Generalmente sucede el caso inverso, que de la capital se generan los recursos para realizar exposiciones en el interior del país. Este esfuerzo fue realizado por su director, Alí Cordero Casal, quien junto a Bélgica Rodríguez y Perán Erminy conformaron el equipo curatorial. El resultado fue reunir 31 obras, la mayor parte desconocidas para el público venezolano. Complementó la exposición una selección de cuadernos de apuntes, importante documentación del proceso de investigación del artista.

Exposición Individual: Francisco Salazar — imagen 1
Francisco Salazar. Número 811, 2002. Cartón corrugado, madera y acrílico. 153 x 153 x 6 cm. (60 3/4 x 60 3/4 x 2 3/4 pulgadas).

El título de la muestra alude directamente a dos aspectos puntuales en la obra de Salazar: la luz y el espacio. La primera implica al segundo. Veamos el proceso: luego de una breve etapa informalista, Salazar indaga a principios de los años 60 en fenómenos ópticos, en obras de carácter constructivo y geométrico. Para entonces, el cinetismo cobraba auge en Venezuela y en Europa, y, si bien la indagación en el movimiento como efecto óptico en una obra de arte era una inquietud común en muchos artistas del momento, Salazar lo asumió partiendo de un punto de vista muy personal: el de la luz. Ésta interviene en la obra de dos maneras: por el uso del blanco puro como soporte y como “argumentación” de la obra y segundo, por las consecuencias que la luz natural –o artificial, en el espacio expositivo– ocasiona al incidir sobre la superficie pictórica. Las dos maneras a su vez se implican: una obra blanca pero en relieve –gracias al uso del cartón corrugado finamente intervenido– genera por la luz diversas lecturas y apreciaciones estéticas. A su vez, un cambio en la dirección de los focos de luz transforma la visión de la pieza creando nuevas composiciones. La obra de Salazar es, en este sentido, plurisensorial, pues se “dinamiza” según las fluctuaciones lumínicas, generando interesantes y cambiantes juegos de luz y sombra, que a su vez varían según el desplazamiento del espectador. El relieve, asimismo, produce una cualidad táctil, que apreciamos sin necesidad de tocar las piezas.

Estas cualidades lumínicas y, en consecuencia, cinéticas de la pieza cobran una dimensión de mayor trascendencia cuando involucra al espacio, rompiendo el formato tradicional del soporte. Como señala Bélgica Rodríguez, ello es resultado de “una larga investigación sobre el comportamiento del espacio lleno en relación al espacio vacío”. La ruptura del formato tiene importantes implicaciones: se produce una extensión de la pieza más allá de su soporte. Esta extensión se da en los recuadros vacíos propiamente dichos pero, asimismo, en el ambiente donde la obra se manifiesta –o se revela–. El juego sutil de luces y sombras cobra otra dimensión cuando se extiende más allá del plano pictórico e involucra al espacio en su totalidad. Interviene la atmósfera que la rodea. De allí que es imperativo que cada una de estas obras sea montada separada de la pared: las sombras generan otras obras –o extensiones de ella misma– sobre la pared. Por esta multiplicidad sensorial es que Perán Erminy señala que no hay método analítico pertinente en la obra de Salazar y que el mejor modo para apreciarla es la meditación zen. Ciertamente, se trata de una obra para ser contemplada, en el sentido más profundo del término, pues no se trata de una contemplación cualquiera, sino de aquella que permite un reconocimiento de nuestra existencia en una dimensión más amplia. Esto es posible a través de una experiencia estética suscitada por una obra que apela a la máxima pureza y, en cierto modo, al silencio: al blanco.

Francisco Salazar nació en 1937 en Quiriquire, estado Monagas. Estudió en la Escuela de Artes Plásticas Cristóbal Rojas y tuvo como maestros a artistas de la talla de Alejandro Otero, Ramón Vásquez Brito, Mateo Manaure y Carlos González Bogen. Realizó varias individuales y expuso en los principales salones del país, hasta que en 1967 viaja a Francia, donde actualmente reside. 

SUSANA BENKO

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