Exposición Individualjun 2008 - ago 2008· Por Caridad Blanco de la Cruz

Douglas Pérez Castro

Galería Servando

Un museo de ciencias naturales, una pecera pueden resultar lecturas posibles de la apariencia de la galería Servando, condicionantes arquitectónicas mediante, que la distinguen del resto de los sitios de exhibición de la capital. Esa naturaleza sui géneris del espacio tuvo un singular protagonismo en la reciente exposición personal de Douglas Pérez Castro, que bajo el título El tiburón y la sardina se presentó allí desde el 26 de octubre al 26 de noviembre de 2007. La herrería decorativa externa, a modo de límite, y las dos paredes acristaladas definieron los sentidos de ascenso de la mencionada exposición, en particular, el parecido que el artista halló entre la galería y un museo de ciencias naturales; institución que tuvo en el mundo su florecimiento a partir del siglo XIX. El encerramiento permitió plantearse el lugar también a modo de zoológico, equiparándolo con un momento de la historia de esos lugares en que los animales “peligrosos” eran encerrados usando barrotes, estableciendo prudente distancia con los hombres. La sugerida pecera se equiparaba también con el cautiverio, la prisión; idea que atenaza la mente de los isleños.

Esos muchos textos que son las obras de Douglas Pérez referían la animalidad como sensibilidad contemporánea. Su propósito se concretó a partir de un conjunto de trece piezas, ocho telas realizadas al óleo, entre medianos formatos y obras de mayor tamaño como Ahorrative y Evaporador; completándose con grabados y témperas pertenecientes al Atlas del Caribe que viene realizando, isla por isla, equiparando formas geográficas con miembros del reino animal que recuerden especies de esa región. Su trayectoria nos ha hecho verlo como apropiador y (re)evaluador de las artes plásticas decimonónicas de la isla, pero es mucho más un asimilador de lenguajes y narraciones de diversa índole. Su discurso dispone capa sobre capa de historia, saberes, tiempos; modo a partir del cual arribó a una auténtica y desafiante intertextualidad.

Exposición Individual: Douglas Pérez Castro — imagen 1
Douglas Pérez. Banda sonora, 2007. Óleo sobre lienzo. 150 x 130 cm. (59 x 51 pulgadas).

El tiburón y la sardina, nombre apropiado para una publicación humorística de la década del sesenta, le dio un carácter preciso al hecho de construir otras fábulas a partir de las situaciones de aquellos animales “colocados” tras las rejas. Si el título, en su origen prístino, representó la contraposición de la isla en relación con el imperio, en un sentido estrictamente político, ahora le permitió a Douglas Pérez conferirle protagonismo a la metáfora acerca del poder, (re)crearla a partir de las situaciones absurdas del nuevo bestiario.

La confrontación de fuerzas —de dominaciones— que son protagónicas en la exposición refleja al poder como gran devorador en sí mismo, arrasando con todo a su paso. Contrastes peculiares revelan las peligrosas relaciones entre lo gigantesco y lo mínimo como jerarquías que destacan ciertos pares: dominador/dominado, riqueza/pobreza, fuerte/débil, grande/pequeño; coherente secuencia de equivalencias para el trato entre tiburones y sardinas.

Un reflejo sutil dispuso en Sound Track, en ese viaje o peregrinación, de pequeños hombrecitos en busca de alimentos a través del esqueleto de un dinosaurio. El referente se hallaba en la naturaleza y en la denominada cadena alimentaria; sin embargo, era mucho más tremendo el planteo del artista en ese tropo, al expresar la certidumbre de una sucesión de devoradores en la implacable reiteración de un proceso: alimentarse y ser devorado.

Douglas Pérez caviló sobre la condición humana, hasta distinguir nuevas formas de barbarie en un mundo en extremo “mediático” y tecnologizado, dándonos detalles de la metamorfosis como ese desprecio a la presencia del Sur, según lo siente el Norte, pese a lo cual el hombre del mundo menos favorecido no ceja en la búsqueda de una alternativa de ventura en el Primer Mundo. Del precio que está dispuesto a pagar por ello, de ese drama escalofriante y de la fragilidad humana da cuenta El trencito mexicano, que sintetiza el cruce de la frontera hacia Estados Unidos en trenes de carga, vía que comporta los mayores riesgos para la vida de los emigrantes. Cada segmento de una Escolopendra (ciempiés), es una mujer mestiza comprimida junto a otras, de manera que todas reproducen la extrema circunstancia. El cuerpo del invertebrado simula el desplazamiento del viaje suicida, viaje que también está en Polinización, con una apariencia que vela lo tremendo del planteo temático.

Las obras de este artista se valen del pasado como un ardid para remitirnos a la actualidad, regodeándose en el sentido circular de la historia. El tiburón, cuya mandíbula quedó dispuesta para la mordida, en aquel teatro de apariencia naturalista —que por momentos fue este proyecto en su alusión al poder— no sólo puso los ojos sobre un entorno asediado, sino que apuntó enfáticamente la fuerza definitoria de lo económico, el violento empuje de lo político; dominios que conducen a la humanidad por el despeñadero hacia el que va con ferocidad extrema, en tanto la voz de Douglas Pérez críticamente lo precisa desde su metáfora en contra de la violencia.

CARIDAD BLANCO DE LA CRUZ

Douglas Pérez Castro, por Caridad Blanco de la Cruz | artnexus