Exposición Individualjun 2008 - ago 2008· Por Jesús Rosado

Carlos Luna

AU Museum, Katzen Arts Center

Hay tres aspectos que inmediatamente destacan cuando se aprecia el montaje de El Gran Mambo, la bien articulada exposición de Carlos Luna en el Katzen Arts Center del American University Museum. El primero de ellos se relaciona con su significación axiológica en el campo de la estética actual, considerando que estamos en presencia de un contenido pictórico que puede funcionar como contrapartida a predestinaciones establecidas sobre la pintura dentro del fenómeno postmodernista. Esta preconización fatalista relativa a la longevidad del arte bidimensional proviene del pesimismo hegeliano en relación con la vigencia de las expresiones “puristas” del arte, lo cual ha sido contrarrestado a lo largo de dos siglos por los cultores que con perseverancia las han ido filtrando o fusionando en el seno de las últimas tendencias. Dedicados, particularmente, a los que con el avance del postmodernismo pusieron en duda la continuidad del pincel y la paleta entregándoles credo ciego a la tecnología y al predominio del concepto, es que se aglutinan estos diecisiete cuadros de Luna con los que estratégicamente la curadora Cynthia McMullin no sólo proclama vida para la genética pictórica, sino que se rebela contra la casi condición de “topos” que intenta imponer cierto segmento de teóricos a los pintores.

Exposición Individual: Carlos Luna — imagen 1
Carlos Luna. Bruca Manigua, 2004. Óleo sobre lienzo. 112 x 214,6 cm. (48 x 84 1/2 pulgadas).

Otra faceta relevante de la exposición es precisamente su curaduría. La McMullin saca partido de una estructura espacial rodeada de blanquísimas paredes que avanzan en sentido espiral, propiciando la posibilidad de que el guión expositivo, además de pulcro, le ceda protagonismo al cálido efectismo de las exuberancias cromáticas de Luna. Uno se deja llevar por la astuta conspiración entre asedio arquitectónico e intención museográfica, para de pronto hallarse emboscado en la intención del curador. Así lo sentíamos al caminar a través del entramado de exponentes como Árbol grande (2001), El rapto de la Catalina (2001), War- Hero (2003), Café Caliente Juliana (2004) o Tercer Mundo (2005), hasta llegar a la monumentalidad de El Gran Mambo (2006), recorrido donde subyugaba la persistente contundencia de la iconografía inherente al imaginario latinoamericano. Como si la pintura de Luna se hubiese erigido objetante a las ya conocidas incertidumbres de Baudrillard sobre la supuesta precariedad del género ante tanta sofisticación reciente en el arte. No hay simulación, ni desilusión en estos cuadros, ni se advierte reciclaje encartonado de algún clasicismo ancestral. Es una obra irradiante de energía, matizada por la innovación, que tras la maniobra de una academia sólida y eficaz logra encauzar, sin prejuicios intelectuales, motivaciones apegadas a lo popular.

De modo que Cinthya bordeó el afilado debate con un caso bien armado. La curadora asumió el proyecto, diseñado originalmente para el Museum of Latin American Art (MOLAA) de California, como parte de una plataforma de estudio que agrupa a artistas de origen hispano cuya creatividad asume métodos tradicionales, y que manifiestan el influjo vibrante de las autoctonías. La obra del pintor cubano radicado en Miami resultó ser un ejemplo compacto de esa sinergia. Desde entonces, se planificó incluso el posterior itinerario de El Gran Mambo hasta la sede del Katzen en Washington, cuya solicitud institucional para exhibir también a Luna evidenciaba interés afín hacia los criterios de McMullin.

Ahora bien, la cualidad culminante de la exposición reside justamente en la fuerza medular de la producción del pintor. La secuencia, que agrupa más de un lustro de trabajo, incluyendo piezas provenientes de la experimentación híbrida durante su residencia en México, da testimonio de una acabada ejecutoria que ha ido reservando nicho propio entre las generaciones más recientes del arte continental. Su cosecha suscita la mirada avezada hacia signos de pintura casta, plena en provisiones semióticas, en minuciosidad y peso sensorial y que brota de ese personalísimo repertorio lúdico que Luna apertrecha de acontecer vernáculo, comentarios antropológicos, reminiscencias culturalistas, sarcasmo y evocaciones neopop y kitsch que cuajan novedosamente en una narrativa de refinamiento rústico. Esa argamasa de fresca singularidad formal es la que ha ido despertando rápidamente la atención del circuito académico y de la crítica en Norteamérica.

Debo precisar que si hay una pieza que corona el espíritu de la exposición es aquella que le da nombre, o sea, El Gran Mambo, trabajo colosal sobre extensa superficie de lienzo compuesta de seis porciones estéticamente autónomas, que al acoplarse en espléndido ensamblaje mural, develan una condensación bastante completa de la muy personal codificación discursiva de Luna. Esta gran “descarga” —como el artista la define— viene a ser una especie de catarsis representativa que, además de compendiar la peripecia vital, contiene mucho de crónica del acervo contextual de origen. Ya un crítico de la talla de Enrique García Gutiérrez la ha calificado como antológica, y es que la misma pertenece a ese tipo de obra sinóptica que augura presencia y permanencia museística. Una posibilidad ya extensible, en mi opinión, al resto del taller de Luna. 

JESÚS ROSADO

Carlos Luna, por Jesús Rosado | artnexus