Exposición Individualmar 2008 - may 2008· Por Amalina Bomnin

Santiago Rodríguez Olazábal

Galería La Casona

Santiago Rodríguez Olazábal es un artista que impresiona porque convence, y así lo evidencia una vez más con la exposición Pequeñas cosas que inauguró el 16 de noviembre en Galería La Casona. Hablo a partir del convencimiento derivado de su erudición y de la capacidad expresiva que ha desarrollado al vivir al unísono religiosidad y creación. Su iniciación en el campo religioso, específicamente, en el culto de Ifá, ocurrió cuando era muy joven, hace treinta años, y desde entonces es Babaláwo. Con esta muestra de ahora hace gala de sus habilidades como dibujante en veintidós cartulinas de mediano formato trabajadas con la técnica mixta, además de incluir una instalación que concibió como una ofrenda a la Tierra. La línea argumental de esta propuesta gira alrededor del Ebó (hijo de la unión de Orúnmílá y Aiyé, regalo que hizo Olodùmarè para resolver los problemas en la Tierra), que en lengua yoruba significa sacrificio. Por ello la ha denominado Pequeñas cosas, porque a través de éstas, que pueden resultar aparentemente intrascendentes para muchas personas, el hombre puede alcanzar la solución de sus conflictos.

Exposición Individual: Santiago Rodríguez Olazábal — imagen 1
Santiago Rodríguez Olazábal. El otro cazador, 2007. Técnica mixta sobre cartulina. 76 x 110 cm. (30 x 43,3 pulgadas).

 En la muestra resalta la calidad del dibujo, que en opinión del autor posee una naturaleza más racional y menos emotiva que la pintura, para los efectos que busca en el espectador. Le interesa comentar sobre asuntos puntuales del ser humano, sin regodearse en efectos plásticos que distraigan del mensaje principal: llamar la atención sobre la necesidad de cultivar la voluntad. Lo que más atrae en Rodríguez Olazábal es precisamente su energía, que en esta ocasión supo traducir con elocuencia a partir de trabajos con un nivel de síntesis propio de un artista consagrado. Su carrera comienza a darse a conocer, sobre todo, a partir de la década de los ochenta, período de renovación en las artes plásticas cubanas, donde la tradición afrocubana fue refuncionalizada a través de discursos que mixturaban lo “culto” y lo “popular”.

 Para este creador, la religión es un modo de vida; se crió al calor de la misma porque sus padres eran iniciados. Por esta razón domina con profundidad cada resquicio de la tradición. Le preocupa la suerte que corrieron los iniciadores de estas prácticas religiosas en tierra africana, al ser obligados mediante la violencia a abandonar su lugar de origen, y comenta sobre sus ancestros con una mezcla de melancolía por el lastre de la colonización, e inconformidad por no estar satisfecho con la manera en que muchos sacerdotes manejan el culto. Cada pieza dialoga con las sentencias del Oráculo de Ifá. Es recurrente en ellas la aparición de puntos que simbolizan concentración de energía. Cuando el artista los sitúa junto a la boca, por ejemplo, están asociados a las palabras que permiten accionar el conjuro.

 La sobriedad del color y la economía formal convierten a Pequeñas cosas en una muestra que consigue énfasis en el discurso. En su mayoría, las obras quedan resueltas a partir de dos o tres elementos compositivos, incluida siempre la figura humana; pero consiguen, sin embargo, un impacto visual y reflexivo que nos interpela sobre nuestra actitud con el prójimo. En La fuerza del hacha, donde aparece un personaje de piel negra agachado y, a su lado, un hacha que lo disminuye, el autor juega con la representación del poder. El instrumento de trabajo se torna elemento ambivalente, al poder usarlo como herramienta para laborar o como arma de combate para agredir. Son situaciones que pueden ocurrir a diario; pero vistas a través de la perspectiva del artista, nos hacen pensar en su dimensión real.

 El artista recapacita sobre la violencia que se aprecia en las sociedades actuales, y en Ésta no puede ser la única forma de partir la diferencia vuelve sobre el tema, pensando incluso en las manifestaciones de violencia familiar. Aquí el personaje lleva un cuchillo en la mano, porque ha perdido el control de sus emociones.

 En otra cuerda está El otro cazador, pieza que nos trae a la calma. La figura humana aflora aquí como si poseyera un halo divino, con una especie de quietud creativa, al decir del pensamiento oriental. Un hombre, con mirada absorta, apunta con su lanza a un punto de energía. Este resulta ser uno de los trabajos con mayor carga mística de la exposición.

 Toda persona joven debe venerar a los ancianos, porque en ellos está depositada la experiencia; sin embargo, muchas veces sucede lo contrario; son menospreciados. Ningún paño de la cabeza puede ser más ancho que aquellos utilizados por los ancianos de la noche, sentencia una de las obras. Es una manera de rendir homenaje a las personas que alcanzan la mayoría de edad, por la utilidad de su sabiduría. La reflexión alcanza trascendencia en el contexto cubano, donde a menudo los abuelos son tratados despectivamente.

 Con esta muestra, el artista quiere poner el dedo en la llaga respecto a actitudes que pueden emerger tanto dentro como fuera del culto que profesa. Al final, el hombre es el mismo, al margen de su origen, y las miserias humanas alcanzan todo el planeta. La solución de nuestros problemas depende en gran medida de los sacrificios que estemos dispuestos a tributar: ¿Ebó sobre Ebó ad infinitum? 

AMALINA BOMNÍN

Santiago Rodríguez Olazábal, por Amalina Bomnin | artnexus