Exposición Individualmar 2008 - may 2008· Por Rafael López-Ramos

Rubén Torres Llorca y Liliam Domínguez

Centro Cultural Español (CCEMiami)

Las referencias literarias han sido frecuentes en la obra de Rubén Torres Llorca desde finales de los años 80, cuando tituló con un memorable verso de Pere Gimferrer una de sus piezas plásticas: Si pierdo la memoria, qué pureza. En julio pasado Torres Llorca y Liliam Domínguez inauguraron en el Centro Cultural Español de Miami la exposición Un cuento para niños basado en un crimen real, que es “una pieza narrativa, parte ‘thriller’, parte obra de intervención, parte cuento de hadas tridimensional. Narra dos historias paralelas, una masculina y otra femenina, que a veces son disonantes, otras veces armónicas y en un punto es la misma historia”.

El proyecto es una puesta en escena de algunos cuentos de hadas —o de todos, que son en esencia uno y el mismo—, un tema al que Torres Llorca ha recurrido con frecuencia en su obra más reciente, enfatizando esa cualidad de reservorio del alma colectiva, que ha servido durante siglos para transmitir ciertas enseñanzas, de generación en generación, a través de imágenes que sobreviven por más tiempo que lo que hubiera podido hacerlo su mera repetición conceptual. A este poder del mito y la metáfora Torres Llorca le insufla ahora, en su doble papel de artista y curador, un sentido mucho más personal, derivado del diálogo que establece con la obra de Liliam Domínguez, que a su vez se deriva de una estrecha relación personal y profesional entre ambos artistas, quienes han analizado con frecuencia sus respectivas poéticas y colaborado en la realización de diversas obras; y entre ellas está una de la colección permanente del Bass Museum, de Miami.

Exposición Individual: Rubén Torres Llorca y Liliam Domínguez — imagen 1
Rubén Torres Llorca. La verdad o se atreve, 2006. Técnica mixta. 132 x 86,3 cm. (52 x 34 pulgadas).

Este diálogo entre la obra de ambos artistas se lleva a cabo bajo una poco ortodoxa media luz, que evoca la atmósfera en que usualmente les son leídos o narrados los cuentos de hadas a los niños, antes de dormir. En ese ambiente misterioso e íntimo, las piezas de Torres Llorca y Domínguez conversan en voz baja y, de hecho, logran desplazar nuestra condición de espectador a la de voyeur, haciéndonos sentir como que hemos vulnerado un espacio privado, donde se ventilan asuntos que no nos incumben pero que, al mismo tiempo, nos resultan muy atractivos. Cinco textos de pared guían este recorrido visual y cobran un cierto carácter borgiano al enterarnos de que, excepto uno, todos son apócrifos: otra vuelta de tuerca literaria.

El supuestamente firmado por Clarice Lispector nos advierte que “es en la oscuridad donde debemos mirar”, aportando un indicio sobre el punto en que las respectivas obras de ambos artistas se intersecan para hacer coincidir las luces y sombras captadas por la fotografía, y la luz y la sombra proyectada por las lámparas de noche que reposan junto a las piezas tridimensionales, algunas de las cuales poseen una sombra adicional, pintada sobre el piso. Por otro lado, también se cruzan la belleza de la entropía contemporánea, que Liliam Domínguez fusiona armónicamente con imágenes de cierta nostalgia clásica, en el discurso esencialmente visual de sus fotos digitales, y por último, los objetos icónicos y arquetípicos de Rubén Torres Llorca, que descansan sobre —o son cubiertos por— un tapiz de palabras, que a veces puede adoptar la forma de una red, una telaraña o un mosaico, subrayando el lugar central que ha ocupado el texto en la cultura occidental.

Exposición Individual: Rubén Torres Llorca y Liliam Domínguez — imagen 2
Liliam Domínguez. Virgen, 2007. Foto digital impresa. 53, 3 x 71,1 cm. (21 x 28 pulgadas).

Un hombre extraviado en un laberinto pudiera ser Teseo en busca del Minotauro pero, como todo hombre, es al mismo tiempo Teseo y el Minotauro. En la pared adyacente, el único texto no apócrifo, firmado por Enrique Vila-Matas, sugiere que Dante escribió la Divina Comedia sólo para poder incluir escenas de sus encuentros con la irrecuperable Beatriz. Otra fábula importante en esta muestra es La Bella y la Bestia, y emerge en otro texto de pared que Torres Llorca atribuye a Rene Clement, diciendo que Jean Cocteau tenía un guión alternativo para su película, en el cual la Bella no sólo transforma a la Bestia sino también a sí misma, pierde su pureza y abandona su misión inconclusa. La Bestia no sabe cómo lidiar con su recién descubierta humanidad y ambos dejan de ser perfectos arquetipos del bien y el mal. Al pie de este texto, una instalación muestra a un hombre que transporta un pesado fardo y una niña, representada a una escala mayor, al otro extremo de una suerte de puente formado por siete pequeñas pizarras que contienen dibujos esquemáticos y pedagógicos hechos con tiza.

Definitivamente, ésta no es sólo una exposición de arte. Además de un excelente proyecto curatorial, es también, o sobre todo, una obra terapéutica, curativa, en la mejor tradición del arte antropológico de los 80 cubanos, además de ser la sublimación de un deseo y la estetización de un sentimiento, mediante la cita de unos pocos cuentos de hadas para lograr evocar al mismo tiempo todos sus arquetipos. 

RAFAEL LÓPEZ-RAMOS

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