La
violencia se ha vuelto parte de nuestra vida; para muchos de nosotros,
fundamentalmente a través de los medios, para otros, en la vida real. La
segunda alternativa es habitual en los países del Tercer Mundo, por lo cual no
es de sorprender que se refleje tan vívidamente en el arte que producen. Un
buen ejemplo de esta afirmación es la obra de Ronald Morán, que aborda la
realidad de su país, tan marcado por la violencia. Los efectos de una
prolongada y cruda guerra civil han plagado la historia de su patria, El
Salvador.
Morán es conocido principalmente por sus objetos envueltos en algodón blanco, que componen una imagen premeditada. Tradicionalmente, el blanco ha sido asociado con pureza e inocencia; en este caso, el artista contó con esa decodificación y, por lo tanto, disparó el interés. Empleó el algodón blanco como “cojín” para su tema: la violencia creciente de El Salvador.
Blanco intenso era el título de su última exposición individual en la Galería Kevin Bruk. La carrera de Morán está despegando a ritmo constante. Hace poco representó a su país en la última Bienal de Venecia, donde exhibió una instalación y un video. En Miami su obra puede encontrarse en varias colecciones privadas, incluida la prestigiosa Colección Margulies.

Blanco Intenso consistía en una selección de piezas en diferentes medios: pinturas, fotografías, instalaciones, objetos y un video. Esto representó un cambio con relación a sus presentaciones usuales, en su mayoría objetos y fotografías. Sin embargo, pudimos ver la conexión entre todas las obras, a pesar de la diferencia en las técnicas.
Morán está considerando sus pinturas con una imaginería similar a la de sus fotografías y objetos. En general, continuando con la línea de trabajo de objetos envueltos en fibra blanca, reprodujo el mismo efecto en sus tres lienzos. Con una especie de resultado nebuloso, las llamativas pinturas fueron resueltas en una paleta neutra en la que predominaban los grises. Las composiciones fueron estructuradas a partir de pinceladas intencionalmente visibles que imitaban en cierta forma la fibra que utiliza para envolver sus objetos.
El video Terapia para un dulce sueño fue resuelto casi como una instalación. El artista aparecía colocando una almohada contra la pared, y encima, donde supuestamente debería estar su cabeza, estaba proyectando la imagen. En esta obra, Morán estaba parafraseando el remedio tradicional de contar ovejas para conciliar el sueño, pero en lugar de ovejas había Maras Salvatruchas (miembros de pandillas) saltando sobre las cercas. Lo que debería ser una técnica relajante para inducir al sueño se convertía en una pesadilla. Las imágenes eran en blanco y negro, lo que ayudaba a reforzar la idea de un trance onírico.
Mi dulce niñez I y II eran dos montajes de sus tradicionales objetos blancos. Pistolas de juguete envueltas estaban exhibidas en estantes, casi como fetiches. El artista estaba empleando estos juguetes y el inocente juego de guerra como símbolos para ilustrar la proximidad e instigación de la violencia desde temprana edad.
Una de las instalaciones, Entre las flores, mostraba un jardín de flores de papel que crecían entre una cama de piedras. La pieza era su tributo al grupo de indígenas masacrados en Rabinal, Guatemala, en 1982. Las flores estaban hechas de papel de documentos y libros en los que estaban impresos los testimonios de los sobrevivientes. Morán empleó como material para la obra las palabras de esta gente; fue su forma de decir: el sufrimiento no ha desaparecido, todavía sigue ahí, muy vívido.
Había otra pieza sobre este tema titulada Indígenas, formada por cuatro cajas. El motivo central de éstas eran también flores de papel. En este caso, lo que estaba escrito en ellas fue tomado de los testimonios que el artista recolectó entre las familias de las víctimas. Cada caja tenía el nombre de una de ellas, con lo cual la masacre dejó de ser anónima. La atrocidad de estos actos es imposible de reflejar, y mucho menos en una obra de arte. No obstante, el artista transmitió todas estas emociones en las piezas; habló de la fragilidad de la vida y, al mismo tiempo, de cuán preciosa es. Estaba cuestionando por qué algo como esto sucedió tan solo hace un tiempo y por qué quedó impune.
Morán emplea fragmentos de su realidad para hacer una declaración. Habla sobre la violencia y la forma en que se ha convertido en parte de la vida cotidiana de su país. Una violencia que ha alcanzado todos los niveles y lugares de El Salvador, desde el ambiente doméstico hasta el espacio social; desde la niñez hasta la adultez, proyectando la sensación de no estar a salvo nunca. Esto es precisamente lo que trata de transmitir en sus obras. Ocultar el objeto bajo un suave manto de algodón es justamente el mismo truco que ve en su país a diario: la gente está escondiendo su temor bajo las apariencias de una falsa normalidad.
IRINA LEYVA
