Una
exposición impostergable devuelve a la escena neoyorquina la presencia de Mathias
Goeritz. Un Artista Plural, un hombre que se anticipó a su tiempo, un artista
de ideas más que de obras, Mathias Goeritz es uno más de los europeos que
llegan a latino américa como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial. Al
espectador que pudo ver la exposición y a aquel que no, les corresponde saber
de una experiencia singular: en la actualidad, Goeritz tiene cada vez más
presencia en Nueva York: en subastas, en galerías, y por pedido de coleccionistas.
También fue en Nueva York donde, hace casi medio siglo, Mathias Goeritz tuvo
que pagar a un camión que recogía la basura para que se llevara algunas piezas
que no se habían vendido, que el galerista no podía guardar porque cerraba
(Carstairs Gallery), y que Goeritz no tenía manera de llevar consigo. Dicho
esto, es evidente que la reciente exposición en Chelsea ofrece varias
confirmaciones (aunque ahora se señalen sólo tres correlativas): una, en
palabras del propio artista, “la historia dirá lo que es arte”. Agrego las
otras dos premisas, la persistencia es imprescindible, y la inversión en arte
da sus frutos.

Habiendo abandonado la Alemania nazi, Goeritz residirá por un tiempo en España, país que lo marca intelectualmente y le depara encuentros clave. Ante la rígida y solemne formación de su niñez, el descubrimiento de las Cuevas de Altamira expande su ya existente admiración por la ingenuidad del hombre en estado salvaje. Nucleado con artistas españoles progresistas, comenzó a impartir cursos. Luego conoció al arquitecto mexicano Ignacio Díaz Morales –quien estaba fundando una escuela de Arquitectura en Guadalajara–, e invita a Mathias Goeritz para impartir clases allí. Será el inicio del período más amplio de enseñanza con métodos propios, acerca de Educación Visual. En los tres períodos universitarios a los que estuvo más ligado –Guadalajara, Universidad Iberoamericana y UNAM, Ciudad de México–, Mathias Goeritz formó a la mayor pléyade de arquitectos, artistas visuales y diseñadores de su nuevo país, en el que viviría hasta su muerte, en 1990. En la exposición se observa el uso del oro, del blanco y de rojo-naranjas, lo que introduce una muy breve e imprescindible mención de la influencia ejercida por México en su obra, en equilibrio con los vectores europeos que él introdujo en la cultura mexicana.
Artista visual que, ya en México, también fue el editor de una revista fundamental dedicada a arquitectura, y donde ejerció como crítico de arte, Mathias Goeritz organizó numerosos eventos, conferencias y proyectos, entre los que se destaca el haber sido el creador y realizador del Programa Cultural de las Olimpíadas de 1968. Esta exposición de obras de quien había llegado a México siendo pintor presenta gran mayoría de esculturas. Es lo que hacía falta cuando llegó a su país de adopción. Goeritz siempre agradeció y reconoció a los maestros y artesanos que le enseñaron y lo apoyaron. El carnicero, Ciudad sin fin, el modelo para la escultura de AMT y su versión en negativo, el modelo para el Laberinto de Jerusalém y para las Torres de Automex, son todas maquetas que recuerdan la diversidad del autor.
La exposición de 2007 en Nueva York permitió entender la mencionada diversidad de ideas del artista y lo temprano de su des-imagen (aún por entonces se consideraba que había que reconocer la obra de un artista porque tratara temas cercanos, por su paleta y la adscripción a uno, o unos pocos movimientos). Por ejemplo, la mayoría registra a Goeritz: expresionista al principio, luego geométrico. En la actualidad, un artista no perdura en uno o tres movimientos, asume todo lo que le interesa, cambia de formato, materiales, soporte, trabaja diversas disciplinas simultáneamente, no crea en pos de la perdurabilidad de la obra, cuestiona y critica, adscribe al marketing o se le rebela, lo desafía, se desafía y nos desafía. Mathias Goeritz hacía todo eso. Lo vemos en Salvador de Auschwitz tallado en madera. Goeritz realizó innumerables obras para las diversas religiones, como se observa en Salvador…, en Custoria, los Mensajes, en Modelo para una Capilla Exterior, Jardines del Bosque de Guadalajara, y en obras en sinagogas. Todo eso se enlaza con la Arquitectura Emocional, tema en el que ha sido un creador singular.
Mathias Goeritz se anticipó estéticamente a su tiempo, con su voluntad de desarticular la solemnidad y al admirar profundamente el medio fotográfico. Aunque muchas de las cuarenta y cinco obras expuestas —fechadas entre 1958 a 1998—, son maquetas, el conjunto orienta a entender que Goeritz realizó gran cantidad de obra urbana y monumental, áreas en las que, asimismo, fue organizador y jurado internacional. También fue premonitorio autor de obras Minimalistas, de poesía concreta, de Instalaciones, de performances y de Intervenciones.
GRACIELA KARTOFEL
