Con curaduría de Claudia
Laudanno, el Centro Cultural Parque de España de la ciudad de Rosario,
provincia de Santa Fe, presentó La espiral de Moebius o los límites de la
pintura. La muestra estuvo integrada por artistas argentinos (Fernando
O´Connor, Elsa Soibelman, Gonzalo Sojo, Silvia Gurfein, Fernando Canovas,
Agustín Soilbelman, Daniel García, Pablo Siquier, Fabián Marcaccio, Carolina
Antoniadis, Daniel Scheimberg y Rosalía Maguid) y brasileños (Osmar Pinheiro,
Paulo Almeida, Tatiana Blass, Manoel Veiga, Enrique Oliveira, Hildebrando de
Castro y Mariana Palma).
La exposición, que ocupará próximamente espacios institucionales en Porto Alegre, São Paulo, Rio de Janeiro (2008 y 2009), y en Madrid (2010), gira en torno a la pintura y sus cruces con otros lenguajes. Superando lo estrictamente bidimensional, debe ser vista en el marco de sus actuales límites difusos: la pintura en la intersección con la fotografía, con los medios digitales, con el objeto o la pintura devenida instalación, muchas veces site-specific. Así como una espiral de Moebius, la pintura vuelve sobre sí misma pero enriquecida desde esos otros lenguajes y desde nuevas posibilidades de producción.

En épocas de masiva reproductividad, recordar la cualidad “aurática” de la pintura puede resultarnos añejo, pero lo cierto es que las obras site-specific confirman aquella cualidad no sólo por el montaje de las obras en sala sino también por la modificación del espacio expositivo en sí.
Realizada en los túneles históricos de desembarco de trigo de la ciudad de Rosario, la forma casi laberíntica de esas galerías acompañó el espíritu barroco de muchas de las obras presentadas. Con un acertado criterio curatorial en torno a la idea “laberíntica”, o de “espiral de Moebius”, también se sacó provecho de las cualidades arquitectónicas del lugar, que potenciaban el planteo originario.
A los mencionados nuevos cruces con otros lenguajes, se agregaron otras formas de producción, como en el caso de Almeida, Veiga y Siquier. Sin duda alguna, el tríptico de Almeida resultó ser la obra más innovadora en este punto, ubicada en el cruce de la pintura con la instalación site-specific. El artista se trasladó al lugar de exposición y pintó directamente la sala montada con sus obras, haciendo que ellas funcionaran como espejo sobre el cual se reflejaba el entorno. Pero esto no es todo: Almeida pinta sobre lienzos ya pintados, es decir, sobre cuadros que formaron parte de instalaciones anteriores. A modo de palimpsesto, su obra titulada Do ateliê 157 para o CCPE posee huellas de la pintura que la precedió, actitud que lo aleja del tradicional ilusionismo pictórico y del mito de la obra “original”.
Entre las nuevas formas de producción de obras a ser instaladas en sitios específicos se encuentran los enormes diseños geométricos de Siquier. El primer paso para la elaboración de sus murales lo realiza con un programa de computación. En el caso de la obra incluida en esta exposición -un mural en vinilo negro de 600 x 200 cm. especialmente diseñado para el lugar- desarrolla formas laberínticas y rizomáticas, dentro del estilo bien conocido del artista.


En el caso de Veiga, ingeniero de profesión, el punto de partida es la selección precisa de pigmentos, según sus propiedades físicas. Paso seguido, arroja acrílico sobre la tela, y con la ayuda de un vaporizador, busca la “dispersión” del color. Así, crea formas abstractas, junto a efectos de “derrames” provocados por el agua.
Ya fuera de los límites de la pintura propiamente dicha, la instalación pictórico objetual El rapto, concebida por Marcaccio, nos remite a un acontecimiento histórico de la Argentina de los años setenta: el secuestro de los hermanos Born, importantes empresarios argentinos secuestrados por un grupo armado de la organización Montoneros, por quienes se pagó un rescate de 60 millones de dólares. El artista plantea la instalación como una paintant story, un relato “pintante”, a partir de objetos con suficiente carga histórica, como lo fue, por ejemplo, el dinero que se pagó por el rescate. Los elementos que integraron la instalación tienen la particularidad de encontrarse en un estado de “derretimiento” conseguido por la transferencia de la imagen digital sobre vinílico y por la mezcla del óleo con silicona.
En la instalación pictórica de Agustín Soibelman se plasma, a través de tres paneles relacionados temáticamente entre sí, un mundo grotesco con claras alusiones al universo de Dalí y Velázquez. Una obra plagada de citas, como el retrato de Felipe III, la hace portadora de un eclecticismo de estilos, donde la referencia a la psicodelia es un elemento más.
Esta misma referencia a la psicodelia también se encuentra en la obra de Antoniadis aunque en la intersección de elementos del pop. En su obra Modos interrumpidos, cita directa de Discursos interrumpidos de Walter Benjamin, el espacio barroco y la insistencia en círculos concéntricos son elaborados como huida del horror vacuis. El subrayado contorno de las figuras remite obligadamente a la poética nabi y a su paleta característica.

Realizado sobre papel de seda japonés, un políptico de Pinheiro muestra figuras “veladas” que imposibilitan el reconocimiento. De esta forma, pueden apreciarse imágenes que rozan “lo abstracto” en fotografía. No obstante, el artista no abandona el terreno de la pintura, ya que incluye el uso del acrílico y del óleo. En las antípodas de esta forma de “abstracción”, se encuentra la obra fotográfica de Maguid, impresa sobre tela engomada, que cuestiona la fiabilidad de lo que vemos, al utilizar Photoshop y al intervenir la imagen realista con círculos como forma de interrumpir nuestra visión directa.
Contrariamente a la propuesta de Maguid, un grupo de pinturas trabajadas desde el verosímil de la fotografía, indaga en esta cualidad del medio. Algunas son típicamente hiperrealistas, como las de O'Connor; otras simulan haber sido elaboradas desde lo digital, como las de Scheimberg y De Castro. En el primer caso, la reproducción del más mínimo detalle —los pliegues del mantel, por ejemplo— da un tono de virtuosismo a la pintura. En los otros dos, se presentan imágenes “fuera de foco”, como las de la fotografía, cuando en realidad el material es acrílico sobre tela.
En su Matzot (el pan judío), Scheimberg asocia el “fuera de foco” a la estructura laberíntica. Se trata de un pan agujereado, de entradas y salidas varias, similar a las obras de Palma, en cuyos pliegues y repliegues se vuelve sobre el mismo eje. En este grupo de obras también deben mencionarse las pinturas de Canovas; sus “arqueologías urbanas” dan cuenta de una estructura laberíntica que, gracias al punto de vista adoptado por el artista, ubica al espectador por encima de lo representado.

Por su parte, la obra de Oliveira se presenta como un ejercicio sobre la pintura como pura materialidad. Colocando capas sobre capas, logra una poderosa densidad matérica al cubrir la totalidad del espacio pictórico. Sus drippings acumulativos terminan por darle a la obra el peso de 10 kilos.
El virtuosismo que alcanza la obra de Gurfein sobresale ampliamente en el conjunto. Alcanzando el efecto óptico, ella compone a mano tramas de líneas verticales que, a medida que cambian sus distancias, mutan en su color, respetando el círculo cromático.
Blass se alinea dentro de un neoconstructivismo pictórico pero con una particularidad: sus óleos son realizados sobre curvim, un material similar a la cuerina. Sobre él incorpora distintos tejidos, otorgándole a la obra variedad lumínica y de texturas.

En su mural site-specific García retomó la idea de Moebius, bajo la imagen del pulpo. Contiguos al mural se ubicaron sus ya conocidas figuraciones fantasmagóricas, primeros planos de rostros realizados en acrílico sobre tela.
Continuando con el uso de técnicas tradicionales, como las empleadas por García, las pinturas de Sojo plasman el universo del cómic mientras que las de Elsa Soibelman muestran mujeres “pos-humanas”, cuyos cuerpos son objeto de transformaciones radicales posibilitadas por los avances tecnológicos.
En síntesis, la exposición muestra el estado de la pintura hoy desde la perspectiva argentina y brasileña, que, sabemos, tiene muchos puntos de contacto con el arte internacional. Cuestionando la ortodoxia de la pintura, los artistas seleccionados van más allá, buscando correr y tensar el límite de este lenguaje. Con la imagen de la espiral de Moebius como concepto vertebrador de la muestra, se ha encontrado una vía original para poner el tema en escena.
CECILIA FIEL

