La
exposición Negro y blanco del venezolano Julio Pacheco Rivas, presentada en la
Galería D’Museo en septiembre, fue muy relevante en varios sentidos. En primer
término, por la revaloración de la estampa como recurso esencial de esta
muestra; y en segundo lugar, porque apreciamos los resultados de un proceso
creativo que el artista ha consolidado a lo largo de su trayectoria.
Estos resultados parecen sorpresivos con respecto a su obra pictórica anterior, que se destaca, entre otras cosas, por el tratamiento del color (léase el artículo de Federica Palomero, publicado en la edición 35 de Art Nexus, donde señala los procesos de cambio en la trayectoria del artista de 1972 a 1999). Durante varios años, Pacheco Rivas pintó con impecable geometría espacios arquitectónicos y formas irreales, concebidos con colores tenues, generalmente fríos. Estos espacios, muy solitarios, daban la impresión de asepsia, por la ausencia de un hombre que ocupe un lugar. En esta aparente austeridad radicaba el reclamo por un poco de humanidad. Esta afirmación aparentemente absurda tiene una razón de ser. Varios artistas que emergieron en la década de los setenta, entre ellos Julio Pacheco Rivas, reaccionaron frente a la experimentación cinética, buscando de alguna manera los valores humanos que consideraban cercenados por esa tendencia artística. Algunos lo hicieron creando una geometría flexible y amorfa; otros, mediante obras con contenidos simbólicos tomados de la cultura mediática consumista, mientras que este artista, paradójicamente, investigaba en la naturaleza humana, sin necesidad de representar al hombre en sus escenas ficticias. En su lugar, creó ámbitos irreales y ficcionales, condición inmanente en el estilo del artista.

En los últimos años, el color ha ido desapareciendo gradualmente de este mundo ficcional. Vimos cómo este proceso se iniciaba en la muestra Fugas, que presentó en la Fundación Provincial en el año 2000, junto con la escultora Sydia Reyes. El artista entonces ya neutralizaba su paleta cromática con el uso de grises. Asimismo, comenzaba a dar importancia a los objetos (cafetera, plato y taza, cepillo de dientes, etc.) frente a los espacios arquitectónicos, al pintarlos en gran escala. La obra actual recoge estas investigaciones sobre la forma, el color, la escala, y vemos cómo desaparecen los espacios palaciegos, las columnatas y los mundos creados como “máquinas del futuro”, para dar importancia protagónica a objetos cotidianos (sillas, cepillos de dientes, escaleras y otros utensilios), que adquieren carácter estructural —e incluso espacial— al ser concebidos en primer plano en una escala fuera de proporción.
Otro gran cambio con respecto a la pintura cromática anterior es la supresión de la ilusión de volumen y profundidad. En el año 2000 la perspectiva lineal y los cambios tonales en el tratamiento de los grises todavía daban ilusión de tridimensionalidad. Hoy estos objetos son siluetas negras sobre fondos blancos. Son formas planas creadas de manera múltiple y sistemática, gracias a los medios digitales, que le permiten crear composiciones infinitas e inusitadas. Una silla puede ser combinada con otras, de múltiples maneras. Se trata de un proceso compositivo en el que la reducción o síntesis de las figuras puede desembocar en multiplicidad de imágenes así como en lecturas ambiguas sobre la identificación del objeto, como en Mínimo-mínimo, pieza en la que hace alusión indistinta a las patas de las sillas, a postes o a una imagen abstracta minimalista. Por otra parte, la representación de la tridimensionalidad es aludida en algunas piezas mediante otro recurso novedoso: la impresión digital, que permite que unas piezas se “instalen” en las paredes y creen falsas perspectivas. Siendo obras fundamentalmente lineales, se integran plenamente a la arquitectura del espacio expositivo. Para ello, el artista aprovecha los ángulos o esquinas de las paredes, tal como vimos recientemente en la muestra Extrapictórico, y en las paredes de la Galería D’Museo.
En resumen, el objeto es el que identifica al hombre. Pacheco Rivas vuelve a omitir la presencia humana en su obra, pero la trae de vuelta mediante la representación de sus objetos íntimos. Estos objetos fijan una temporalidad. Mientras que en su obra anterior la atemporalidad predominaba, ahora las imágenes son actuales, muy de los siglos XX y XXI. Esta sensación de contemporaneidad se asocia al design, por la representación del objeto en sí (el objeto utilitario) y por el uso de nuevos medios tecnológicos y digitales, que redimensionan a la estampa contemporánea. Esta exposición estuvo conformada por serigrafías y aguatintas impresas en el TAGA (Taller de Artistas Gráficos), impresiones digitales hechas con tinta de curado ultravioleta; una obra realizada con un trompo multi-direccional (router) sobre plexiglás y un biombo de lámina de hierro trabajado con una punzadora computarizada y pintada. Con estas obras, la obra de Julio Pacheco Rivas cobra un nuevo impulso y la gráfica y la tecnología digital se insertan con fuerza como medios válidos en el panorama artístico contemporáneo.
SUSANA BENKO
