No
hay nada particularmente sofisticado con relación a los objetos producidos por
Jarbas Lopes, quizás porque no son tanto arte, son más bien manifestaciones de
deseo, creencia y acciones en el mundo, un mundo diferente y, en cierta forma,
aunque de manera vaga, mejor que cualquier cosa que haya aquí y ahora. Una
contradicción: él es un anuncio ambulante para todo el que quiera ser artista,
y al mismo tiempo es tan egocéntrico que sus imaginarios y fluidos ambientes
llevan su nombre: Jarbalopolis. Pero
Renato Poggioli anotó el infantilismo como uno de los aspectos principales de
la vanguardia sofisticada.
Por ejemplo, el proyecto de arte de Lopes para el Carnaval de Río consistió en reunir amigos (¿creyentes?) para tallar y pegar piezas de espuma de poliestireno, a fin de formar algo vago aunque con el suficiente aspecto arquitectónico como para traer a la mente algunas de las blancas estructuras modernistas de la ciudad. Su protesta ecológica, igualmente vaga, consistió en escribir a través de las estructuras, en tamaño muy grande y en color rojo, CO2 y HFC, símbolos de dos de los gases invernadero. Después de cubrirse de barro los cuerpos casi desnudos al fin y al cabo, estaban en Carnaval, el grupo llevó por las calles su arca de alianza terrenal, luego la volvieron añicos frente a las tribunas y se lavaron el barro.

¿El mundo se volvió mejor después de esto? Probablemente no, en términos de lo que se puede medir. Sin embargo, se lograron muchos de los objetivos del artista: el arte fue una acción común y participativa, un poco utópica pero desde luego idealista y festiva, y quién sabe cuántos de los asistentes al Carnaval se inspiraron o reafirmaron sus creencias ecológicas. Además, si eso es arte, entonces me apunto, porque, definitivamente, fue divertido. La vida dentro del espectáculo exige espectáculo; el teatro se derivó de rituales de ebrios que celebraban las estaciones, las cosechas y las historias.
Sus objetos son más reflexivos, quizás demasiado. Son rudimentarios porque son elaborados pensando y creyendo más en la función y el significado simbólico de los materiales que en la apariencia de éstos, en una forma muy similar a como se ven y funcionan los íconos religiosos. El arte, en este sentido, se convierte en el lugar del significado, un lugar marcado por los atributos atribuidos al objeto, mientras que, al mismo tiempo, todos los aspectos de los materiales llevan algún significado. Por ejemplo, la arcilla que Lopes dejó en el piso y que provenía de una escultura sin título de una forma humana abierta que uno se encontraba a la entrada de la galería, una pieza hecha en el sitio, se quedaba adherida a los pies, de modo que uno llevaba por toda la galería la frugalidad de su creación bíblica. Allí no había nada accidental, únicamente un despreocupado aunque bien concebido desorden que se fundía sutilmente en los rituales de la cotidianidad.
Algunas piezas son más simbólicas que otras, pero su función es ver, transmitir y convencer. Esto hace que el artista sea un poco chamán o ritualista, que nos guía si queremos dar el salto hacia la fe. Al mismo tiempo, existe una creencia igual y en apariencia contradictoria en el artista como alguien especial y no especial, una creencia en el gran potencial de cada persona. Se nos viene a la mente alguien como Joseph Beuys, el artista alemán que influyó en dos generaciones. Beuys creía en las formas en que los artistas y los materiales transmiten diversos temas, en especial la espiritualidad y las energías psíquicas de la historia; en consecuencia, el arte era una economía y una política que vinculaba a los individuos a fuerzas ampliamente definidas.
En la obra de Lopes se le da forma a una de las metáforas favoritas de Beuys, el transmisor, y se le vio en la galería como objeto escultórico independiente (Antenna) y como forma dibujada. Cuando se integra a sus dibujos sigue siendo una señal de faro, pero también se inserta de una manera más clara en el amplio y recurrente debate del artista sobre la espada de doble filo de la tecnología, junto con pantallas de computadora y pedazos de escombros industriales.
En oposición a la tecnología, su obra Short Environment estaba hecha de fibras vegetales toscamente talladas que cubrían y aislaban al espectador en un capullo pero le permitían ver a través del tejido abierto y transmitir. Lopes quería que uno se desvistiera antes de meterse en el capullo — ¡Buena suerte!, y había que ser tan delgado como él para caber allí— y que se viera ridículo, porque uno se reía y los demás también, y la risa es liberadora.
Aunque el artista cuestiona nuestra relación con la tecnología, es claro que cree que lo que la salva es la bicicleta. La que él montó durante el tiempo que estuvo en Nueva York mientras instalaba la exposición está exhibida —se informa el precio a quien lo solicite— pero su serie de 15 dibujos hechos con bolígrafos comerciales sobre papel de construcción se titulaba Bicycle Airway Drawing Series. En Río y Nueva York tuvo la idea de emplear la libertad, la comunidad y los beneficios ecológicos de montar en bicicleta como metáfora para una comunidad o lugar, su Jarbalopolis, en la misma forma en que los neoyorquinos imaginaron la vía Hi-Line, que pronto serpenteará por encima del suelo del distrito artístico de Chelsea. Un dibujo en particular mostraba bicicletas y una estructura general para esta ciclovía en el cielo. Con todo, aunque parte de Lopes está, en efecto, ubicada por encima de todo, él sigue conectado a tierra en muchas formas, ya sea haciendo que sus hijos le ayuden con sus dibujos o mediante reuniones y acciones comunitarias en Galería A Gentil Carioca, de Río. Estar en los dos mundos al mismo tiempo parece ser algo muy maduro para un niño, ¿no creen?
RICHARD LESLIE
