En la Bogotá actual, a pesar de los evidentes avances
en la participación de sus habitantes en lo concerniente la construcción de
ciudad en sus distintas dimensiones, existen en realidad pocas posibilidades
“otras” de socialidad y articulación efectivas entre la producción y circuitos
del gran arte y los espacios habitados por este fragmentado cuerpo ciudadano.
La creación de nuevos espacios públicos capaces de atender y cobijar las
necesidades sentidas de todos sus usuarios se imposibilita cada vez más, por cuenta
de un robusto e imparable mercado global: es extremadamente difícil notar los
espacios de producción de sentido en la cotidianidad de las gentes, pues la
sensación generalizada es que ya todo está definido, que el paisaje que se
extiende ante nosotros es plano y que, además, no tiene relieves. En medio de
esta situación, común a numerosas urbes del mundo, varios eventos de arte
público que han aparecido en el último tiempo en las calles de la ciudad son
recordados por sus éxitos en ventas y en visibilidad mediática, éxitos
inversamente proporcionales a las arbitrariedades que han cometido con respecto
al uso de los espacios públicos y a sus infortunados resultados en términos
artísticos.

Hay que agregar que, sin duda, en el campo cultural, a través de sus agentes e instancias, también se ha ensayado la apertura de espacios novedosos de circulación artística y de construcción de públicos; espacios que han señalado otras estrategias y retos para artistas, gestores, curadores, instituciones y espectadores en general.

En la dirección anteriormente descrita se han venido instituyendo dos iniciativas que se relevaron casi a lo largo del año anterior en comunes lugares de exhibición y espacios públicos en la ciudad de Bogotá, pues el primer evento inició su ciclo de exposiciones a finales de julio y se extendió hasta septiembre, mientras que el segundo se desarrolló entre octubre y noviembre. Uno de ellos llegó ya a su quinta versión anual; el otro presentó su segunda versión de frecuencia bianual. En ambos casos, la activación de la capacidad cultural instalada de la ciudad los hace llamativos: megabibliotecas públicas, numerosas galerías especializadas en temas disímiles, museos históricos y de arte moderno, fundaciones culturales, espacios universitarios. Además, sus ambiciosas estrategias de exhibición y aparente cobertura, resultado de una ardua y agresiva gestión, no dejan de ser ejemplares.

Denominados como “festival” uno y “encuentro” el otro, presentaron una oferta inmensa de trabajos de artistas y fotógrafos internacionales y locales que pese a las evidentes diferencias entre cada uno, en términos de calidad, actualidad y pertinencia, en sus dimensiones académica, curatorial y museográfica hacían difícil seguir un hilo conductor, en todo caso no dejaron de ser llamativos y útiles para los agentes y las dinámicas habituales del campo cultural de la ciudad al estimular y confrontar los supuestos, las prácticas y las lógicas de circulación de la producción artística de la ciudad.


Contaron ambos con espacios académicos y de diálogo del público por medio de presentaciones y ponencias a cargo de algunos artistas, teóricos de la imagen y curadores. Con distintos cubrimientos e intereses, estos eventos presentaron diversas pretensiones y alcances: el presentado por el encuentro era más un evento académico tipo seminario, dadas su densidad teórica y su extensión en el tiempo, mientras que lo propuesto en este sentido por el festival fue, digámoslo así, más informal y tuvo formato de conversatorios con algunos de los artistas invitados.

Después de haber descrito grosso modo las estrategias de exhibición y difusión de estas dos grandes muestras fotográficas, quiero detallar algunos acontecimientos de las muestras más relevantes en cada uno de los proyectos. De Fotología 5. Festival Internacional de fotografía de Bogotá —www.fotologia.org— es importante señalar que en esta última versión logró abrirse paso a una esfera más internacional que las primeras versiones, que se centraron, sobre todo, en la divulgación de artistas nacionales de todas las generaciones. En este sentido, se hace obligado resaltar el trabajo del Artista Invitado Especial, que en esta ocasión fue Andrés Serrano, un importante fotógrafo norteamericano, de quien vimos algunas piezas de la serie Fluidos, exhibidas en la Universidad de los Andes en el Salón Marta Traba, y de la serie Morgue, presentada en el Museo Iglesia de Santa Clara, pertenecientes al conjunto Cuerpo sagrado. En este último lugar, al instaurar las imágenes fotográficas de Serrano en un sitio arquitectónico representativo del barroco americano, repleto de imágenes religiosas y de diversas cargas simbólicas, resultó un texto sugerente y potente, complejo, nada ligero, dada la experiencia social de la muerte, abordada por el fotógrafo en este conjunto.

Dentro de las figuras diseñadas por el evento, para enriquecer su estructura y alcance, está como País Invitado Argentina, y Medellín, como Ciudad Colombiana Invitada, de donde proviene la artista Libia Posada, que presentó la segunda versión de su proyecto Evidencia clínica —la primera la había presentado meses atrás en el Museo de Antioquia en el marco del Encuentro Internacional MDE07—, interviniendo una sala del Museo Nacional de Colombia con retratos fotográficos de cincuenta mujeres víctimas de violencia doméstica. Tales retratos se realizaron después de que los ataques sufridos por las mujeres fotografiadas fueran reconstruidos por medio de maquillaje, para posteriormente ubicarlos junto a otros retratos ilustres de la historia del país. Cabe resaltar, por último, las muestras Caminando la ciudad, en la que participaron Carolina Belén Martínez, Bernardo M’ba Abuy, Carina Moreira, Elena Quintana y Fernando Rubio; Circuitos Naturales, de la joven fotógrafa argentina Andrea Padilla, y Ficción/Fricción, que recogía trabajos de Paola Caroca, Andrea de Simona, Andrea Josch, Francisca García, Cristian Maturana, Norton Maza, Rodrigo Opazo, Bernardo Oyarzún, Alonso Yáñez, Paloma Villalobos y Patricio Vogel.


De Fotográfica Bogotá. II Encuentro Internacional de Fotografía. Desbordando la Objetividad —www.fotomuseo.org—, en la misma tónica de Fotología, nos permitió contar en Bogotá con la presencia de obras de fotógrafos de primera línea en el circuito internacional como Anthony Goicolea, Gottefried Helnwein, Katrin Freisager o Candida Höfer aunque en el caso de esta última no hayamos podido ver sus fotografías. El trabajo de estos artistas alternó en la Galería Santa Fe con el de artistas locales de reconocida trayectoria como Juan Fernando Herrán, y otros más jóvenes, como Ana María Millán y Nicolás Consuegra.

En la Biblioteca Luis Ángel Arango se presentó una colectiva muy interesante de tres artistas de tres nacionalidades y generaciones distintas: Alexánder Apostol, Óscar Muñoz y Andrés Serrano, que exploraban en los conjuntos fotográficos presentados distintas relaciones y representaciones del cuerpo y del espacio. Sin embargo, una de las muestras más consistentes de este encuentro, que era además la imagen del país invitado de honor, fue la que curó la española Rosa Olivares, titulada Cazadores de sombras, exhibida en el Museo de Arte Moderno de Bogotá, con la participación de Alicia Martín, Amparo Garrido, Anna Malagrida, Begoña Montalbán, Concha Pérez, Dionisio González, Germán Gómez, Xavier Ribas, Pere Formiguera, Javier Codesal, Manuel Esclusa, Juan Urrios, Mario de Ayguavives, Rafael Navarro, Tomy Ceballos y Sergio Belinchón. Fue, sin duda, una exposición consistente, sólida y sugerente que, sin ser homogénea, ofreció diversas salidas y posibilidades de lo anunciado con su título y reflexión curatorial.

Quiero resaltar la presencia de trabajos de distintas épocas del emblemático fotógrafo norteamericano Joel Peter Witkin, que, junto a la serie Transforma de Jim Fannkugen y a la serie Desórdenes del sueño de Adriana Duque, se presentaron en la galería Alonso Garcés, bajo el título La imagen del cuerpo. Al igual que Fotología, este evento ha venido apoyando a los jóvenes artistas del país, permitiendo una circulación y visibilidad de muchos trabajos que, de otro modo, no aparecerían tan fácilmente en la esfera pública; prueba de ello es la muestra que se hace en El Callejón de la Fotografía de obras de Guillermo Marín, Diana Gómez y Beatriz Grau, al igual que la presencia de las fotografías de Laura Ribero, Santiago Monge y Liliana Angulo en el Centro Cultural Universidad de Salamanca, artistas jóvenes que en los últimos años han tenido una participación sostenida en el ámbito local.

Sin duda, son importantes ambos eventos, y lo son por las múltiples dimensiones del campo cultural que involucran en su actividad, y que intenté esbozar aquí; por el uso de espacios públicos —no siempre acertado—; por la implementación de otras dinámicas y relaciones entre los espacios que desde su condición privada o pública se encargan de visibilizar las prácticas artísticas contemporáneas en la capital del país; por la impresionante labor de gestión que exhiben; y sobre todo, por la interesante tensión que proponen entre prácticas sociales, prácticas culturales, prácticas artísticas y prácticas curatoriales. Pero, a pesar de que Fotología llega a su quinta versión, y Fotográfica a su segunda, todavía faltan muchos asuntos importantes por cubrir, por ejemplo, un seguimiento más cuidadoso y riguroso al trabajo de los artistas jóvenes, pues en muchos casos se han venido presentando trabajos que hemos visto una y otra y otra vez en la ciudad, en distintas curadurías, concursos y lugares de exhibición, o por el contrario, han quedado por fuera de las respectivas apuestas trabajos interesantes y sólidos, que al compararlos con obras de algunos de los artistas participantes dejan vacíos y generan confusión. Por otro lado, ver artistas comunes en uno y otro evento, en algunos casos de forma acertada, pero en otros con salidas desconcertantes y ya vistas durante mucho tiempo, hace pensar dos cosas: o que se está implementando en cada una de estas iniciativas una medida descomunal en la lógica de que “más grande es mejor”, lejana en algún modo a la realidad local, lo cual hace improbable que la producción artística del país pueda cubrirlas, o que, por su cercanía en el tiempo y en los espacios en los que se han presentado, no permitan una distancia que garantice una diversidad y consistencia mínimas que hagan comprensible y necesaria la presencia simultánea de dos eventos de arte contemporáneo centrales en el arte en Colombia hoy.
FERNANDO ESCOBAR NEIRA
Artista y curador independiente. Actualmente dirige la Licenciatura en Artes Visuales de la Universidad Pedagógica Nacional.

