Manchuria: visión periférica es una exposición retrospectiva que revisa (y da fe de) la trayectoria de Felipe Ehrenberg como artista en los últimos cuarenta años. Fue inaugurada el pasado 15 de noviembre en el Centro Cultural Universitario, localizado en el Colegio Civil de la Universidad Autónoma de Nuevo León, en Monterrey. Con planes de itinerancia, está programada su exhibición en el Museo de Arte Moderno de la ciudad de México; con apoyo de la promotora regional La Máquina -Arte Contemporáneo, y otras más en el extranjero, y de Conaculta y la Secretaría de Relaciones Exteriores.
La exposición supone una revisión casi personal —íntima si se quiere— de un artista definido por la acción pública. Restos de un proceso de afirmación y resistencia expuestos en mamparas que muestran contrastes entre lo rigurosamente convencional y esquemático del dibujo (a pesar de lugares posibles), en contraste, con la violencia primaria que arrastran sus serigrafías, collages, impresiones manipuladas y xerox, síntomas de una guerrilla sufrida (y celebrada) con fortuna desigual (a partir de términos y postulados ideológicos, vivenciales y plásticos) durante los años setenta.

Preparada por Fernando Llanos (originalmente, para Sol Henaro en la Celda Contemporánea, espacio hoy cerrado), la exposición se apoya, precisamente, en la precariedad de los elementos, vocación transitoria y exigencia documental de la obra y proyección de Felipe Ehrenberg. Llanos se apoya en vestigios y lugares, el tránsito vivido por Ehrenberg entre México y Londres, la experiencia en el barrio de Tepito (en la ciudad de México), su estancia en Xico y su exilio reciente en Brasil. Todo lo que hace a Ehrenberg es lo que dice Ehrenberg. El camino histórico-geográfico deja sentirse, si se quiere, como una evolución, como un destino manifiesto.
La mayoría de las piezas en exhibición fueron préstamo de la colección que tiene Mattias Ehrenberg del artista. Unas cuantas piezas más (esculturas recientes en materiales diversos) fueron cortesía de Lourdes Hernández Fuentes, y destaca la colección de fotomontajes, The 7th Day Chicken, propiedad de Cuauhtémoc Medina, hechos a partir de las fotos de Rodolfo Alcaraz que documentan una acción y muestra de Richard Kriege en la Sigi Krauss Gallery. Los elementos de fragmentación y superposición que constituyen The 7th Day Chicken (y que con el subtítulo “cinco reflexiones sobre la basura” queda sobrepuesta, más que clarificada, una nueva clave de interpretación) son admonitorios del proceso que ha determinado un Ehrenberg. Sus valores formales suponen una invasión: una revaloración transgresiva. Hace intervención de la intervención como mago político en performance. Invade territorios y convenciones en un ansia que aspira tanto a sinéresis como a dominio. Un ejemplo obvio de esta necesidad de asimilación (tan cultural como orgánica) es señalado en los carteles y fotografías que documentan su campaña para el Partido Socialista Unificado de México, de 1982. Los límites entre acción y campaña política se confunden en cuanto rol e intención última, proyección de una militancia per se. Esta confusión de elementos y finalidades es clave de un cuadro sintomático. El artista como enfermedad: reflejo de una megalomanía cultural que no sabe sino hacer crónica de sus acontecimientos.
La gesta de Ehrenberg funciona según criterios de descubrimiento y conquista. Tal vez por lo mismos se ha inventado (postulado) como neólogo. No hay mucho por conquistar o descubrir (no lo ha habido en la segunda mitad del siglo pasado, dado en su portento a remedos de lo antiguo). En sus atentados, Ehrenberg se delata revisionista. Aun, desde los rudimentos modernos que la definen, su finalidad necia es histórica.
Fernando Llanos se ha ido por las ramas, en todo lo alternativo y marginal que define a Felipe Ehrenberg, en el catálogo de exhibición. Ehrenberg resulta casi inasible en su permanencia: todo es seña de su peculiaridad en la exposición, prueba de su salto al agotamiento. Hay casi un desdén por la pintura dentro de los límites que definieron esta retrospectiva. Según declaración de Fernando Llanos: “sí hay pintura, no mucha, sólo la necesaria para ilustrar ciertos intereses y algunos períodos de su producción”. Los contados ejemplos en la exposición no resultan convencionales. Luna y sol es un acrílico sobre tela pero también, según se describe en la ficha, un “catre militar reciclado”. Realizado en 1980 durante su estancia en Xico, supone conciliación y contraste entre tema y material. Es conjura y puesta en evidencia. El catre queda desposeído de su significado esencial con la intervención, tanto como para tener que señalar el origen desde su título. No quiere que se olvide de qué están hechas sus piezas, cuál supone su origen y proceso. No es que el manual de instrucciones se haga necesario, pero las directrices formales de Ehrenberg, de vocación tan transgresiva como lúdica, apelan a una complicidad semejante a la tenida con un caricaturista político. Nombre, situación y actualidad son necesarios para entender el chiste. Su obra es efeméride: momento presente que se agota, para ser resto histórico.
RICARDO POHLENZ
